Confesiones del realismo estoico !

Jueves ¿Qué tal?…

AQUEL DIA, CUANDO ERA FELIZ.

 

Por ALFONSO HAMBURGER

Se pasó mi mejor momento de la manera más extraña. No tuve la gran suerte que me anunció la pitonisa. Hoy jueves fue el desastre. Solo un triunfo deportivo o una mañana de sexo- En dia de pajaritos- o quizás un aguacero de mayo, cambiarían mi fatal destino. Los dos últimos días batallé contra el destino y contra la mediocridad de la gente. El tipo que vende las pólizas de seriedad me mantuvo en vilo. Ya faltando pocos minutos para cerrar sus oficinas para que fuera a firmarla. La habían aprobado en Bogotá al filo del colapso y sin ella no habría clasificado a una licitación de vida o muerte. Quedé exhausto después de dos días sin dormir, tras el editor de un Taser de TV. Llevamos el paquete al muchacho que iba a transportarlo a Barranquilla, después de un ruego que incluyó una buena paga y con propina a bordo. El jueves fue para revisar otros trabajos acumulados, porque al fin hubo un alargue en la agenda. Aun sabiendo que el tiempo ahora era cómodo, no dormí bien la noche del miércoles, porque hubo una reunión de junta directiva (una de las diez juntas en la que estoy) y al final nos despedimos como siempre, con ese sinsabor de las cosas que se hablan y que no se concretan. Abordé mi auto y fui a buscar a mi niña, que había estado donde una compañera en plan de tareas, pero el auto empezó a prender el bombillo de alarma. Iba recalentado y en cualquier momento podía colapsar. Fue cuando me di cuenta de que había dejado mi celular en el sitio de la reunión, en el norte profundo. Yo iba al lugar opuesto, atravesando la ciudad, mientras escuchaba música. Dudé en si regresar o llegar a donde me dirigía. Estaba en un dilema que se resolvió solo, porque en bajada dejaba el carro neutral o lo apagaba y así pude enfriar el motor, hasta llegar exhausto a mi residencia. Dormí poco anoche, porque el caso del celular y haberme quedado con una USB del profesor Vergara, me preocupaba. Había quedado a llevársela en la tarde, porque allí tenía los insumos para un trabajo y ahora veía la USB colgada en la cabecera de la cama que me recriminaba mi dejadez. ¡Pobre profesor! Y Tan buena persona que es el viejo.

Soñé con cosas que poco recuerdo bien. Solo que un tipo había penetrado a mi habitación, llevándose mi billetera, que había dejado debajo de la cama, para que ella( el personaje de mis novelas) no me la rebuscara. Tenía doscientos mil pesos, con los que iba a viajar a Barranquilla. Me tiré como sonámbulo al despertar en medio del sueño, busqué bajo la cama y allí estaba mi dinero. Ella, que dormía a mi lado, se despertó y tras ver mis ojos exaltados, me preguntó que si estaba loco. Bajé el grado de temperatura en el aire acondicionado y pude dormir hasta las cuatro de la mañana, cuando me tiré de la cama, me metí al baño e hice el recorrido mental de mi agenda. Iría a la farmacia del pollo Isma, pues puy seguramente había descubierto mi celular y lo tendría en sus manos. La farmacia quedaba a mitad de camino a su casa, de modo que sería bueno explorar por allí. Y después, tendría el tiempo justo para llegar al noticiero ( 6 AM) pasaría por donde el profesor Vergara, a reparar lo de la USB.

Por la noche dejé la USB revuelta con las llaves del carro para que no se me olvidaran, pero olvidé reponer el agua en el auto, que dejé en la puerta del condominio, contradiciendo al administrador, que amenazaba con multa ante esta infracción de urbanidad. No soy chacho, hay caballero, pero también ciertas preferencias en el parqueo, que no estoy dispuesto a tolerar.

Me lancé a la calle a las cinco de la mañana y a mitad de camino, rumbo al norte donde dejé mi celular, descubro que el automóvil se iba recalentando, específicamente a mitad de camino, el mismo camino de anoche. Hice la misma estratagema de apagar el motor en las bajadas, hasta que entré en una bomba de gasolina, donde un operario somnoliento y un usuario de camión, parlaban. Sus rostros parecían resucitar de una noche como la mía, sin pegar pestaña. Los saludé con afabilidad y ellos permitieron que cambiara el agua al vehículo. No había un recipiente de modo que usé una botella y con tres botellas el tanque quedó lleno. Igual le eché al agua del limpia brisas. Di las gracias, di marcha y enrumbé al norte, bajando por el zapatico rojo. El celador cara dura me recibió. Me confirmó la sospecha de que el Pollo Ismi había salido, porque el desperfecto del carro me hizo variar el camino pensado anoche. Timbré dos veces, imprudentemente. Al fin asomó su bella mujer, que recién levantada no tenía una sola arruga, cuando abrió una ventana lateral. Le dije apenado, después de saludarla, que anoche había dejado el celular cargando su batería en el corredor. Ni siquiera se habían percatado. Fue a buscarlo con diligencia a través de un perfumado pasillo. Cuando me lo entregaba empezó a timbrar por los centenares de mensajes que recibo. Le dije que era un loco desordenado y con pena me despedí. Me pareció que la bella mujer dejó escapar una leve mueca de decepción hacia mí una vez cerraba la ventanilla. Mi jueves había comenzado mal. Enrumbé el vehículo a la vieja Ford, para llevarle la USB al profesor. Estuve aturdido un poco con la dirección, pero al fin descubrí su tienda cerrada. Le llamé a su celular y al otro lado escuché su voz somnolienta. No era tan madrugador como creía. Cuando le saludaba y le anunciaba mi presencia, el ayudante, el muchacho brioso que ayer había estado en mi oficina reclamándola, asomó con una escoba en la puerta lateral. Le entregué la USB y le pregunté si iba en contra vía. Le dije que debía estar en la emisora. Dobla a la derecha, me aconsejó. Miré mi celular, eran los 5 y 38 minutos. Tenía el tiempo justo para llevar mi auto a un parqueadero seguro y caminar a mi oficina. Le pisé fuerte la chancleta, me volé semáforos en rojo hasta parquear seguro. En ese trayecto boté mis gafas medicinales. Me di cuenta dos cuadras abajo, mientras caminaba a la oficina. Regresé al auto, pero no hallé nada. No había más que leer las noticias adivinando en el computador.

Pero faltaban dos cosas que me aterraron antes de llegar a la oficina en este jueves extraño. Mientras caminaba al frente del restaurante de las cinco ventanas una moto me sobrepasó. Era un joven y una joven. Cuando pasé al frente, desde la otra acera, vi como la muchacha que me vende los desayunos, a la que le escribí el cuento de Leila no quiere conmigo, la que no quiso ser mi novia, estaba besándose apasionadamente con el mototaxista que la llevaba al trabajo. El aún sequia encaballado en la moto y ella, de espaldas, con su culito de avispa, se le colgaba del cuello, con un beso de gata apasionada. El joven se notaba como incómodo. No tenía casco ni chaleco y estaba pies descalzos. Es un joven fornido, cara de ternero bien criado y de brazos de pilón. Vestía sencillo, de overol y suéter amansa loco. Debía ser su novio o su marido, porque me dijo, la primera vez que me le lancé, que era casada. Creía que era mentira y que lo decía para alejarme. Sentí profunda pena por mí y seguí caminando hacia la esquina como si no la hubiese visto, pero en realidad la vi toda, apasionada como una monja. Y ella, por supuesto que vio mi palidez, porque yo subía la acera caminando y ella pudo verme a plenitud. Pensé que había hecho aquel teatro de madrugada adrede, para amargarme la vida. Dos días antes no había ido al trabajo de mesera y pensé que la habían despedido. Allí las meseras no duran, las cambian con frecuencia. Estuve tentado a preguntarle a la administradora por ella, pero me contuve, hasta ayer cuando la vi nuevamente. Estabas como perdida, le dije. Si, dijo ella, llevando los platos. Estaba engripada, agregó. Cuídate, que esas gripas son muy malas, le dije y salí contento, porque había regresado y mis esperanzas seguían intactas. O si no la buscaría como Calixto, hasta en el fondo del mar.

Ahora subía el último repechito de la calle del comercio con este dolor. Doblé en medio de las camas improvisada de los mendigos de la antigua Caja Agraria. Uno de ellos devoraba una caja de comida sustraída de la basura y lo hacía con cierto deleite que contrastaba con mi bajo estado de ánimo.

Fujimori repartía tintos mañaneros en la última esquina. Me sirvió uno que recibí incómodo, porque llevaba un paquete en la mano izquierda, el celular en la otra y el cargador. No quiso fiarme porque apenas había bajado bandera y no quería salarse el día. Conmovido por su negativa, puse el vaso de café caliente sobre el celular y cuando traté de sacar doscientos pesos de la relojera el vaso se resbaló y el café caliente mojó mi camisa y mi pantalón, derramándose todo.

Así, quemado, sin probar el primer tinto, sin gafas y con un amor frustrado, inicié este jueves. Pero más allá de esto, tenía que levantar cabeza y por eso estoy aquí al pie de tu ventana.