La Champeta pide ser declarada Patrimonio!
Por ALFONSO HAMBURGER
Viviano Torres Gutiérrez y Alfonso Hamburger
Al terminar de subir la empinada escalera, estrecha, y en forma de caracol, como muchas escaleras en los barrios populares de Cartagena para sacarle máximo provecho al espacio limitado, hallamos a aquel hombre famoso en una actitud de abandono. O estaba engreído, era tímido, o no le simpatizaba mucho la repentina visita vespertina. Fue una especie de invasión a su intimidad. Una champeta salía de un computador y se mezclaba con los sonidos variados de las fiestas de velitas, entre vallenatos tradicionales, reguetones y el sonido propio de un barrio popular, donde pasan los pregones del mundo y pita el auto sin necesidad.
-Llevo bollos de coco a quinientos pesos y cinco en dos mil¡
Viviano Torres Gutiérrez -ahora sé que es Gutiérrez- acababa de llegar de hacer unas diligencias en el centro de Cartagena y aún no se había puesto la ropa de reposo. Nos esperaba en forma displicente, quizás sin ningún tipo de expectativa. Estaba en toda la entrada de su apartamento, en el barrio Simón Bolívar. Estaba sentado al lado del computador y frente de un piano pequeño y se dedicaba exclusivamente a escuchar su música, como si en cada nota rescatara un céntimo de su trayectoria de rey de la champeta, champeta a secas, sin apellido, como le gusta. Estaba sentado con las piernas abiertas, de lado, en compás, casi de espaldas a la entrada estrecha. Tenía un pantalón moderno, amarillo pollito ,con adornos, un suéter negro con motivos abstractos encendidos en amarillos y una especie de boina africana de la misma tela del pantalón. En los pies abultados lucía una especie de abarcas, pero no eran abarcas ni babuchas. Parecía descalzo, porque sus chanclas tenían el mismo color de su piel de ébano.
Entré a aquel apartamento apretado de tercero en un grupo de nueve productores de televisión- demasiada gente para un pequeño apartamento-y Vivano Torres no contestó mi saludo ni apretó mi mano. Como nunca lo había visto en persona no tuve ingredientes para comparar su actitud extraña, como si estuviese enojado. Mi padre decía que todo negro come en cazuela. ¿Era siempre así? Pronto la sala de estar estuvo invadida por el personal periodístico y de producción de la serie Trópicos, la más premiada de Telecaribe.
Mientras Viviano seguía en su actitud- a veces tomaba el ratón en sus manos o tocaba los teclados del pequeño piano, metiéndole más sonido a la música grabada. No bailaba, ni movía sus pies. Tan solo miraba con una mirada insípida. Parecía triste. Parecía ausente. Empezamos a curiosear los múltiples pergaminos, menciones, certificados, afiches, recortes de prensa, trofeos y un televisor de 54 pulgadas, que tapizaban la pared. Ya no cabían más. Leí algunos y pensé que los premiados habían sido otros, aquellos poplíticos y funcionarios públicos que se dedican a ganar pantalla con los artistas. Entre los nombres recuerdo uno de una tal Sacra Nader David. Me imagino, por la situación que viven nuestros artistas, que ninguno de aquellos reconocimientos conllevaba dinero. Tan solo quedaban los abrazos sin sentimiento y las fotos de las páginas sociales.
Como aquella vez que Frank Sinatra tenía gripa y no podía responder ni una sola pregunta al periodista, Viviano Torres estaba emputado. Yo no sabía si era por nosotros, que le habíamos invadido su espacio tan limitado, o porque el tipo era así. Vi sus ojitos tristes, su boca ancha, sus manos limpias, sin tatuajes, ni arito, ni anillos, su cabellera larga como postiza, con chaquiras, su vestimenta africana y sus chanclas del mismo color de su piel de ébano, con la sensación de que estaba pies descalzos.
Viviano Torres y Hernán Orozco, en plena producción.
Pensé que Viviano nunca iba a dejar de escuchar su propia música para atendernos. Toño Suárez me hizo señas para que le entrara. Me le senté al lado, en el sofá, debajo del televisor donde quizás habían visto este mundial tan extraño, y traté de llamarle la atención. Nada. El tipo seguía con cierta fruición y deleite escuchando champeta.
El tema a tratar era la moda, pero a este tipo había que preguntarle por otras cosas. No sabía si la producción le había explicado. Mientras Viviano seguía escuchando su música, con la sala invadida, yo me puse en pie y no pude evitar mover mi cuerpo al son de la champeta que hablaba de su propia historia. La música me mecía. El muchacho del sonido empezó a cuadrar su equipo. Atrás en un pasillo estrecho había una lavadora enchufada. Alguien la desenchufó para cargar su celular. Yo puse el mío al lado. Ya nos estábamos cogiendo confianza. El de las luces quitó mi celular y enchufó su equipo. Al final lo hallé apagado.
Al final de la segunda canción, que habla de una historia que comenzó en 1984, y que la champeta es una sola, que no es africana, Viviano Torres se puso de pies, caminó y abrió una puerta, entró a una habitación y enseguida cerró tras de sí. Todo era hermético. No se sentía más gente en el lugar. ¿Con quién vive? ¿Qué come? Sé que nació en 1962, o sea que ya está transitando por el sexto piso. Al rato salió, listo para la entrevista, pero el murmullo de la ciudad es muy intenso. En el piso de arriba llora un niño. Afuera el pregonero ofrece su producto. Se oye un picó muy intenso. Una orden de Viviano Torres en Simón Bolívar es una ley. A una sola palabra suya, todos harán silencio.
Las luces están encendidas. Los de la producción han dispuesto dos sillas enfrentadas, una para Viviano y otra para mí. Han quitado cosas de sobra. Ya han tomado la confianza suficiente para preparar la escena del crimen.
Viviano toma la silla, se sienta con cautela y por primera vez me mira. Le digo que hablaremos de moda. Me dice que le pregunte lo que quiera. Entonces se abre al dialogo, franco, con contundencia. El man la tiene clara. La Champeta debe ser elevada a nivel de patrimonio inmaterial, como ocurrió con el vallenato.
Se presenta anta las cámaras: soy Viviano Torres Gutiérrez, palenquero, pero me críe en este sector, en la calle más arriba. Para Toño Suarez, hay confusión en si nació en Cartagena o en Palenque. De todas maneras, este negro tan extraño, es un rey. Un rey en reposo.
Lo difícil de una entrevista no es tanto iniciar como terminar, pero cuando lo tuve enfrente supe que la primera pregunta tenía que ver con la escena de entrada, su actitud de indiferencia, de tristeza, y la insistencia en su música.
II
Viviano Torres y Hernán Orozco.
El tiempo más difícil para hacer televisión en Cartagena es la fiesta de velitas. La música es exacerbada e imparable. Es un cruce de disparos, desde el torpedo, el mata suegra, el buscapié ,hasta el vallenato grueso, el nueva ola, la champeta y el reguetón, hasta el sonido propio de la ciudad, con sus pregones callejeros del bollo de coco, plátano maduro, el bocachico fresco y la yuca y el ñame harinoso. Es imposible hacer silencio. Es imposible parar la bulla. Un boom recoge hasta la más íntima conversación de producción, atravesando paredes
Llegamos de Sincelejo a Cartagena el siete de diciembre cuando el Deportivo Pereira marcó el último disparo para vencer desde el tiro desde los doce pasos a Medellín. No hubo festejos ni velitas. Nos acostamos temprano para estar en el barrio Canapote a las siete de la mañana. Nuestros entrevistados estaban regados por toda la ciudad. Era ocho de diciembre. La ciudad estaba amanecida. Atravesamos en dos autos de producción desde el barrio Manga hasta Canapote. El tráfico era liviano, pero íbamos con cautela. De seguro había mucho conductor ebrio.
Mientras preparaban el escenario di una vuelta por callejoncitos estrechos, con casas de dos y tres pisos con escaleras de vértigo. Tres ancianos pintaban una casa. Las morenas culonas buscaban los aliños en la tienda. Iban y venían como hormigas. La música provenía de todas partes. Fui por un tinto al parquecito. Un hombre de setenta años parqueó su auto viejo, azul, frente al parque, enseguida fue objeto de bromas. Ya su soldado estaba muerto. El respondió que era mejor una picha muerta que viva. Eso cuando está vivo genera mucho problema, dijo.
El auto botaba mucha agua, debía ser el empaque de la culata
En ese momento llegó un joven semi parapléjico, amanecido. Caminaba con mucha dificultad. Sus brazos eran torcidos y sus manos estaban muertas, peto estaba alegre.
Le dijo papi al viejo de verija desguarnecida, le guiñó un ojo y le hizo una graciosa coquetería. El momento era de felicidad en medio de tanto problema. Era imposible apagar la música para grabar un simple programa de televisión.
III
Alex Paternina , foto fija, en plena peroduccion.
Como pasó por mucho tiempo con el porro, está pasando con La Champeta, hasta que el maestro Pello Torres sentenció que el porro es uno solo. Nada de porro sabanero, palitiao o pelayero.
Ahora resulta que hay una champeta urbana, que para Viviano Torres, quien se inició con Son Palenque, no existe. La champeta es champeta. Y no hay champeta urbana ni africana. La están desfigurando.
En los dos temas que Viviano escuchaba estaba todo. En 1984 se inició este movimiento en Cartagena, a la par del nacimiento del Festival de Música del Caribe. En cierto tiempo le decían terapia y ahora champeta Urbana.
Torres se declara creador de una moda, que hoy tienden a confundir.
Dice que ya existen ciudades más champetúas que Cartagena, como Barranquilla, por ejemplo. Hay otra zona fuerte allá en Sincelejo.
El rey de la champeta esta triste porque la champeta ha perdido espacio comercial y se lo ganan otros con reguetón que meten como champeta. Torres no usa pearce , aritos ni tatuajes. Sus chaquiras en el pelo y su forma de vestir son una moda exacerbada. En el primer tema clama a Dios por la vida y por el dinero, para ser más feliz. Como Yoe Arroyo se pusieron a cantar en africano son saber el idioma, que les viene por sangre. La moda fue impuesta en Colombia , no en África. Y cazaron, perfectamente.
Viviano Torres, el rey de la champeta, dijo muchas cosas interesantes, que esperamos pronto en este especial televisivo sobre la moda.
Al final se rompió el protocolo y todos bailamos al son de la vuelta, uno de los tantos éxitos de Anee Swing.
Acostumbrado ya a conocer gente todos los días que lo saludan y se pierden de su vida, que se les olvida su rostro, Viviano selló diciendo:
- –Todos ustedes se me olvidarán, pero no me olvidaré del viejito que me hizo la entrevista.




