Un libro para Efraín Suarez.

EFRAIN SUAREZ

– Mis libros en buenas manos.
Por Alfonso Hamburger
Los valores de los objetos son subjetivos. Pero puedo decir, que la carrera más cara que he pagado en Sincelejo, fue la que gentilmente me hizo el ex secretario de salud departamental, Efraín Suarez, hoy lamentablemente detenido en un caso ya conocido por todos. Aquella carrera me costó que le regalara mi libro “Ensayo sobre la Diabetes”, que en las librerías cueste 56 mil pesos. Además, hizo que se la autografiara, labor que aún me cuesta, porque no me acostumbro a ser figura. Ese dia debía estar antes de las tres de la tarde en el Banco de la Republica, hace exactamente quince días, para iniciar “Diálogos de Pretiles con los amigos de Sucre Pionera. Yo llegué puntual, pero Suarez se retrasó en una cita académica que tenía en el Barrio Venecia, con altos ejecutivos de la Universidad San Martin. Si Suarez estuviese muerto, esa habría sido nuestra despedida. Pero aún tenemos la esperanza de que pueda probar su inocencia.
Yo estaba esperando una buseta que me llevara al centro, desde hacía 20 minutos, en el semáforo que está al frente de Kia Motors, en el Hotel Boston. Estaba sentado sobre la baranda, leyendo precisamente mi nuevo libro, tirándomelas de loco para matar el sol, que pegaba fuerte. En ese momento una lujosa camioneta de vidrios semiparalizados paró de segunda al ponerse el semáforo en rojo. Lo hizo en el carril izquierdo, de modo que se me dificultaba entender la cara del conductor. El vidrio de la derecha bajó suavemente y pude ver al hombre que me sonreía. Venía de los lados de Cecar, rumbo a Venecia. El tipo me invitó a que subiera. Por lo regular no tomo esos chances, pero estaba urgido de tiempo y el tipo nunca me ha caído mal. Él debía desviar su camino a Venecia, pero tampoco podía dejarme botado. Yo acepté a regañadientes. Realmente no tuvimos tiempo para muchos temas. Tratamos el de la literatura y de los libros que escribo. Pronto estuvimos al frente del Banco, donde le firmé mi libro y él se fue a su reunión. Iba caído, pero iba feliz. Y hoy lamento su caso.
Pero realmente el libro, de tantos que he regalado, que más celebro fue el que le regalé a Candelaria Márquez y a su marido, en el barrio Camilo Sexto, antes de la Selva. No sé si se lo están leyendo ni se los firmé, pero lo hice con todo el corazón y espero visitarlos pronto.
Todo comenzó el pasado miércoles 15 de marzo, cuando fui con el periodista Silvio Cohen al barrio la Selva, a la inauguración del Festival del Sucre. El ambiente no era muy atractivo, así que decidimos regresar al centro, pero a la hora de abrir el carro, la puerta estaba trabada. Tuvimos que abrir la puerta de atrás y alargar la mano para quitar el seguro de las otras. Mientras cumplíamos aquella operación de emergencia, puse mi celular inteligente sobre el techo del automóvil. Y por olvido lo dejé allí. Dimos la vuelta en el parqueadero y nos vinimos hablando de todo. Descompusimos el mundo y lo volvimos a arreglar. A las 11:34 minutos, el joven del parqueadero frente Academia de Belleza Sandra, me entregó el recibo de parqueo. Fue cuando me di cuenta que no tenía mi celular. Lo buscamos en el vehículo pero no estaba. El joven timbró, pero nadie respondía. Tampoco se escuchaba. En el segundo intento, una voz popular contestó. Le dije que yo era el dueño del celular y que por favor me dijera donde estaba, que le daría una recompensa. Lo había hallado en la calle, en Camilo, cerca de la tienda Las Camelias, pero que en realidad vivía cerca de la tienda no sé qué, bajado a la derecha, yendo del centro a la Selva. Me dijo que se llamaba Kenedey, el que vendía lavadoras. Volví a des parquear el carro, después de tremendo problema, porque había mucho vehículo atestado.
La ciudad era un caos. Había mucho trancón por todos lados, porque era el día sin motos. Ya había visto varios choques, pero le di duro, mientras pensaba. La pérdida de un celular es calamitosa. Uno queda aislado y los trámites son engorrosos. Por lo menos había que pensar en un millón de pesos para un nuevo equipo, más los datos, etc. Pensé en que el tipo podía arrepentirse y apagar el aparato y Adiós buenas intenciones. Cuando un ladrón se va a robar nuestro celular, lo primero que hace es apagarlo, pues puede ser rastreado por La Policía.
Ahora y conducía duro, desandando el camino andado, pensando cómo habría sido la jugada. Mi compadre Silvio se enterará ahora que lea esta crónica, porque no podía llamarlo. Ya yo había tenido varias de estas experiencias calamitosas todas, pero había una esperanza. Pregunté por Tienda Las Camelias, pero antes tuve que rectificar el camino. Me había metido por la vía que no era, dos cuadras antes, cerca de la Normal. Recordé que la otra tienda se llama Donde Mauro. Alguien me dijo que era después del camión repartidor de leche. Pregunté en la esquina y un señor que llevaba una bolsa se condolió de mí al preguntarle por Kenedy. Ya estaba perdido, pero el señor de la bolsa apareció de nuevo como enviado de Dios. Tres mujeres gordas hablaban en una banca, frente a la canchita, indiferentes a mi drama. No sabían nada. El señor después del puente me reconoció. Allí estuvimos en una parranda con uno de Los Hermanos Molina, pero no sabía de la dirección del tal Kennedy. Fue donde el señor de la bolsa me guio hasta la casa de dos pisos, donde venden lavadoras.
Deje el automóvil en la estrecha calle y llegué caminado a la casa de dos pisos, en un callejón sin salida. En la puerta de la casa, varios perros ladraban con insistencia. Llamé varias veces, pero solo ladraban los perros. Al fin apareció una señora de unos 50 años, con gafas, de aspecto religioso y un celular en una mano. Le expliqué que había perdido mi celular hacia media hora y que había sido encontrado por su marido, con quien había hablado hacia quince minutos. Me respondió que eso era imposible, pues su marido estaba desde hacía dos días en San Onofre en asuntos de negocios. Supuse que habría llegado y no se había reportado. ¿Qué tal si estaba en asuntos de infidelidades? Ella le marcó a su celular y le explicó. Su marido le contesto de San Onofre. Yo estaba loco, pero las señales coincidían. Su nombre es Kennedy Contreras y es locutor. Y yo buscaba un Kenedy, también vendedor de lavadoras y en el mismo sector. A veces un loco se parece a otro loco, pensé. Los perros seguían ladrando. Pasó un vendedor de vituallas, la libra a mil quinientos. La dama no me desamparó. Le tuve que repetir varias veces el número de mi celular perdido, en medio del griterío del pregonero y el ladrido de los perros. Yo pensaba que en cualquier momento mi celular se iba a apagar, porque tenía solo dos rayas de batería y ya necesitaba recarga. Ella empezó a marcar con displicencia, mientras yo temblaba. Cuando faltaban dos números por marcar, le entró una llamada. Era un cobro que ella se sacó de taquito.
– Claro que le voy a pagar, pero cuando tenga plata, le dijo a la impertinente cobradora, que insistía en seguir hablando. Ella colgó y yo le recé los otros números.
Los timbres del celular iban a la par de mi corazón. Se fue a buzón, dijo. Yo pensé que hasta allí había llegado la búsqueda. De pronto se habían arrepentido. Volvió a marcar, entonces contestó una voz femenina, cuyo eco se escuchaba afuera, porque la dama no me hizo entrar y siempre nos separó una verja con un candado.

Rápidamente la mujer, que dijo llamarse Candelaria Márquez, rectificó la dirección. Estábamos a unas tres cuadras, cerca de la Iglesia Roca de Vida. Tenía que desandar el camino, atravesar el puente, pasar por donde estaban las tres mujeres gordas chismoseando en el campito de fútbol, subir a la derecha y llegar a una casa de esquina, después de la iglesia.
La iglesia no tiene cara de iglesia, más allá del letrero. Pité para que oyeran, entonces la mujer morena, gruesa, de aspecto bonachón, se asomó. Y detrás de ella su marido, con una cara de amigo inigualable. En la puerta de la casa vetusta, estaba la carretilla con la que el hombre se gana la vida. Sus bigotes, sus ojos, me fueron familiar.
– Mira, compa, mi religión es no hacerle mal a nadie. Aquí tiene su celular.
Estaba a punto de apagarse y le habían entrado varias llamadas.
– Lo llamó una mujer de Bogotá, pero le dije que ese celular se lo había encontrado mi marido, dijo Candelaria.
Las Camelias es una tienda que está en la vía principal de Camilo. El transporte allí es fluido. Una hora antes, y después de recorres en mi carro por lo menos ocho cuadras desde la cancha de La Selva, mi celular, que iba en el techo, voló por los aires, estrellándose en el duro pavimento usado. El taxi que iba en contravía lo enredó en sus llantas, pero no se apagó. Eso lo salvó y me salvó. A esa hora, el marido de Candelaria empujaba su carretilla al lado de un amigo. Y el celular reposó en sus pies. Pensó que había caído del taxi, pero no pudo avisarles. Se lo metió en el bolsillo y lo sacó solo cuando recibió mi primera llamada.
De recompensa le di mi libro “Ensayo sobre la Diabetes”, porque en ese momento no pudimos cambiar un billete más grueso, pero espero visitar esta pareja para reiterarle las gracias y llevarles unos regalos. Ojalá todos los que se hallan un celular fueran como ellos. Dios los debe recompensar.
La que me llamó después fue la esposa de Kennedy Contreras, el locutor, para preguntarme como me había ido y para decirme que en realidad, el otro Kennedy si existe. Es un famoso vecino de Candelaria Márquez, que arregla lavadoras, pero que en estos momentos tiene quebrantos de salud.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Previous Story

Así destruyeron la sierra y la flor (III)

Next Story

MURIÓ ÚLTIMO GAITERO DE BAJO GRANDE.