Un carnaval para “El viejo Lud”

OPTI VIVI

    UN CARNAVAL PARA «EL VIEJO LUD»

CARNAVL2Un trasvertido en las piernas del viejo  Lud.

 

Por: Libardo Barros Escorcia

Aquel sábado de carnaval Ludwind Cupabán se levantó con poco menos de 20 000 pesos. El dinero estaba en uno de los bolsillos de su pantalón que colgaba de un clavo en el último cuarto de la casa donde vivía con su padre y su hermana menor.

Solo pensó en el festejo de los próximos días e hizo las cuentas. Sábado, ese día juego de local; “batiendo” seriedad en el desfile de la carrera 44. Domingo, coincide con la fiesta del cumpleaños de Fabio, el penúltimo de sus cuatro hermanos. Lunes por la tarde, ir a la casa de un amigo que lo invitó a cambio de liberarlo de su mujer porque se va de farra con la novia. Martes, el desfile de la Carrera Ocho o la Conquista del Carnaval, una rumba en la esquina de la calle 38B con carrera 8A1. Ese es el día del “despeluque” total.

En el libro de partidas de nacimientos de la iglesia de San Laureano, en Bucaramanga, su nombre, Ludwind, no fue escrito como el del músico alemán, Ludwig. No sabe si es por eso que aparece en los folios como una de las mujeres nacidas en esa ciudad el 4 de diciembre de 1963. Suele reírse porque desde que llegó a Barranquilla, a la edad de 6 años, casi nadie pronuncia su nombre correctamente: Lupi, Lupe, Lupin…

─Es que yo desde la cuna estoy en el vacile ─aclara después de un trago de cerveza, y prosigue. Viví con una buena mujer que se aburrió de mí y un día cualquiera se fue. Eso me dolió mucho, pero así es la vida. Con ella tuve dos hijos, Klaus y Derek, que ya son unos hombres. Aprendí que con las mujeres no hay nada seguro. Ellas lo quieren a uno hasta que se aburren, no para toda la vida.

Los de la gallada del juego de dominó y cartas de los fines de semana saben que Ludwind es voluntarioso y trabajador. “¡Es que las vainas están duras!”, dice don Víctor Iglesias, un vecino setentañero y serio. Enrique Velázquez afirma que a Ludwind le ha tocado hacer de todo: mensajero, carnicero, pintor de casas, celador, preparador de sancochos y asados en fiestas. Que trabajó en el Hospital y el Tránsito en el municipio de Soledad. Y además, de los hombres que viven por aquí, es uno de los pocos que prestó el servicio militar.

—No joda… ¿quieres más? —reclama una voz socarrona.

El “Viejo Lud”, como le dicen sus amigos del parquecito de la 8A1 con 39, del barrio El Campito, relata con pasión cada una de sus experiencias. Los amores han estado presentes en su vida desde niño. Su mamá, antes de morir en 1977, le tuvo un cariño muy especial porque era menudito y débil. Sus primas y amigas lo besaban y acariciaban de una manera diferente. Por eso, a muy temprana edad tuvo novias y supo también el significado de querer firmemente a una mujer. Y por empezar a amar tan temprano se considera un orgulloso eyaculador precoz. Saca pecho y suelta una risotada.

CARNAVAL

El viejo Lud en su vacile.

Del servicio militar lo primero que recuerda es el peluqueado que le hicieron y el purgante que les dan a los reclutas. Después, todo fue llevársela bien con los demás; por eso, rápidamente pasó de cocinero a dragoneante de tropa. Estuvo patrullando por más de un año en los lugares más bellos del mundo, como recuerda a los cayos cercanos a San Andrés. Por eso, cuando el país los perdió en el litigio con Nicaragua estuvo de luto durante varios días. Lloró porque nadie sabe que esa inmensidad que celosamente cuidó y contempló ese lugar, de una belleza indescriptible, que ahora ya no nos pertenece.

El trabajo que más lo marcó fue el que realizó en el Tránsito de Soledad. Nunca entendió el incidente que tuvo con la mujer de un exgeneral. Un lío del que supo medio mundo por el solo hecho de solicitarle la licencia de conducción debido a que llevaba sobrecupo en el vehículo que conducía. Fue un problema grandísimo que recuerda con tristeza porque siente que la gente con algo de poder no está acepta que le llamen la atención por sus faltas. Y porque casi siempre la prensa se pone del lado de ellos sin averiguar los hechos, como debe ser. Reniega porque la gente no quiere ser regulada, y por eso la corrupción es lo más común.

Recuerda que un 7 de diciembre, mientras revisaba seguros de conducción, se dio cuenta de que un tipo de la fila de carros discutía airadamente por celular con su jefe, quien lo amenazó con despedirlo si el vehículo era recluido en los patios del Tránsito. Ludwind no tuvo otra alternativa que dejarlo ir porque imaginó lo que sería para aquel hombre y su familia pasar sin dinero esa época del año. En otra ocasión, una señora que transportaba unos niños a la escuela no respetó la luz roja de un semáforo. Cuando se acercó a pedirle la licencia y el seguro de conducción, la mujer comenzó a llorar inconsolablemente. Le pegaba al timón y lamentaba su mala suerte. Al escuchar los niños sus lamentos, comenzaron a gritar atemorizados. El desconcierto fue tan grande que Ludwind corrió a comprar agua para la mujer y dulces y refrescos a los niños para que se calmaran, y luego dejó ir a la infractora.

—Si lo que uno hace no son gestos humanitarios, nada vale la pena —dice con convicción.

Al filo de las 2:00 p.m. del martes de carnaval, el desfile entusiasmaba al gentío de la Ocho. Cada quien había dejado de lado el pudor y jugaba a que la única verdad era esa en la que estaba y nada más. Era el momento propicio para liberar ese poco de impudicia que se tenía guardada para la ocasión. De mostrarse procaz y libertino, pero no tanto, porque este juego también tiene sus reglas.

Un travestido se acerca donde Ludwind, se le sienta en las piernas, lo abraza, mientras le “reclama” su abandono. Entre tanto, hace de sus caderas y el trasero un placentero juguete erótico, hasta que un billete de 2 000 pesos le calma el arrebato, en medio de risas y comentarios. El travestido sigue su rumbo y es blanco de sarcásticos piropos, que responde de inmediato.

—¡Ay, este Niño, al fin saliste del closet!
—¡Pa’ joderte! Mira cómo te tienen calvo la maldá y el perico.
—¡Buena esa, cara e’ macho!

En las calles adyacentes a la Ocho se instala el alboroto, la “recocha”, la jarana. El verdadero juego de carnaval está aquí. Se unta de harina al que sea. Se empuja. Se baila. Se grita. Todos vinieron sin pretensiones a ver este desfile. No presumen del disfraz que se pusieron. Exhiben el cuerpo, dan la cara. Vale más el disfraz del cual se despojaron y la máscara que se quitaron.

Quién es el más feo. Quién es el más ridículo. El peor vestido. El más grotesco. El de la mirada “gay” liberada, el del culito parado que nunca pudo sacar a pasear. La vecina a la que le tienes ganas y ahora está delante de ti y la sobas por la espalda para que sepa de una vez por todas que te gusta. Los abrazos que le robas mientras le echas harina a esa chica que te quita el sueño; a ti, la hija mayor de una madre inflexible que no entiende tus gustos. Al de ojos de mirada manoseadora que desnudan a la del ombliguito sexi. El de la añeja borrachera. El de la barriga “gloriosa”. La señora tetona que disimula su celulitis con una licra que le mandó su hija de Miami. La adolescente que observa el inquietante tamaño de los penes de juguete. El chico que ya perdió su temor a las vaginas jadeantes y peludas. El juego, que parece inventado hoy, de jugar a lo que más asusta, de los niños que corretean entre los vehículos aparcados.

Este es el carnaval del sur. Donde salen los mejores futbolistas, los mejores músicos, los mejores bailarines. Aquí está la mejor gente de la ciudad liberando también sus disgustos. Llegaron porque no tienen, aunque les importa poco, con qué comprar un palco para ver el otro carnaval, el antiséptico, el “light”, el de la lentejuela y la fantasía.

—Nada, loco, aquí está la gente de verdad —concluye el “Ñaca”, otro desempleado vacilador.

La gente que se la rebusca con dignidad, la que ha venido a olvidar sus miserias y a manifestar, como les gustaría siempre, lo que callan durante el resto del año. Por eso, aquí la mejor máscara es la propia cara.

Cerveza en mano, Ludwind se sumerge entre la gente y poco importa que no tenga trabajo. Va a reclamar la alegría que le pertenece. El derecho que tiene de reprocharles a gritos, como el resto de la gente, a los del disfraz de mandatarios y dirigentes ladrones que van en el desfile: “Los políticos no sirven pa’ un culo”.

En el trayecto de las calles por donde pasa el desfile siempre aparecerá el amigo que invitará a Ludwind a una “fría” o el desconocido excitado que le pasa un trago sin mirar a quién. Porque hay que divertirse sin remordimientos. Para eso vinieron a este juego subversivo en el que la gente quiere gozar sin discreción ni prudencia.

Hay cabida para todos. Desde los negros jubilosos que bailan el mapalé como si fueran a morir mañana hasta la señora nostálgica de sombrero adornado con flores de otro tiempo. También el disfraz de oso morboso, el Superman adiposo, el Spiderman raquítico, el carro loco, otro disfraz de oso y muchos de negrita puloy. El congo divinizado, el indio sin aldea, la loca sin manicomio, el guerrillero blandengue, el soldado cobarde, el cura hipócrita, la bailarina con várices, la recién desvirgada con el padre, pistola en mano, reclamando “te casas con ella o te casas conmigo”. La “prepago” introvertida, el pesista anémico, la viuda recatada de nalguitas altaneras, los graduados lascivos y lenguaraces…

¡Ajá! ¿Y entonces para qué es el carnaval? —dice Ludwind, quien lleva puesto un balandrán coloreado y un pantalón de la misma tela, con la barba pintada de negro para verse también lo más ridículo posible.

Ahora, como quiere que suceda siempre, Ludwind baila con una vecina en mitad de la calle. Pide otra cerveza. Zapatea un solo de pases. Y a seis de sus amigos apostados en una acera, quienes han parrandeado durante tres días seguidos, su grito pone en alerta:

—¡Hey!… ¿qué tal una prueba “antidoping”?
—¡Sale positiva, viejo Lud! —responde el coro.

Profesor de la Escuela Normal Superior La Hacienda y UNIATLÁNTICO. libardobarros@gmail.com

Lea en esta crónica apuntes de la vida de Ludwind, un modesto hombre de barrio que, a pesar de todo, también se goza el carnaval.

Foto_1: Ludwind con un travestido callejero en mitad de la Ocho.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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