Transportadores arrollados por sobreoferta:

puerta-a-puertaEL OTRO PARO, EL DE LAS PUERTA A PUERTA.

Por Alfonso Hamburger

En la Esquina Caliente de Corozal, un hombre madruga a pescar pasajeros, como cualquier pescador que tira su atarraya en el mar.
-¿Te vistes el partido del Barcelona?- Pregunta al grupo que espera en la bruma que los envuelve, mientras camina para recibir al joven que llega, sin dejar de mirarlo:
El negro, de protuberante panza, emerge en la madrugada, donde se mueve como un perro de presa que marca su territorio. Corozal, Sucre, apenas resucita en medio de la neblina espesa de la Sierra Flor, que corta la figura del Garrochero en su caballo arrecho, arruinada por un puente peatonal que ya nadie usa, en la plaza La Macarena, donde se jugaron los toros guapos hasta mediados del siglo XX, cuando La Perla de la Sabana era más colonial y su raza fungía avasallante y colonizadora. Hoy es una ciudad harapienta con una piedra que nadie quiere pisar, so pena de volverse amanerado, dicen las malas lenguas. Las últimas administraciones fueron caóticas y la mujer que almorzó ayer en el restaurante de Sincelejo, aseguró que en una sola cuadra, contabilizaron 37 hombres amanerados, entre ellos el fundador de esta plaga, que ya murió. ¿Es cierto tanto morbo?
Como nadie le responde, el Negro panzón vuelve a preguntar, buscando atrapar al joven que en ese momento desciende de un carro de plaza con el morral a la espalda.
– Tú, Juan, debes saber, que fuiste portero, que arquero que regala el palo culpa tiene de la derrota. Es como regalar el gol.
– Fue un gol pendejo y una derrota jodida, asiente Juan, de macilenta figura ¡El Barca perdió miserablemente uno a cero¡
El regateo de los transportadores rompe la languidez de la mañana neblinosa. Van a ser las cinco y Vargas no llega. Se fue a Sincé, el pueblo cercano, a buscar pasajeros para completar la carga. Los conductores buscan y rebuscan a sus clientes en sus casas, mientras los “reboleadores”( esos hombre que pescan pasajeros para venderlos al mejor postor) van apilando al que llega, como si se tratase de una mercancía del abigarrado comercio tropical. Lo tiran, lo jalan, lo venden y hasta se dan puños por éste. Son estos unos tipos que reciben al que llega con cara de viajero y lo conducen al bus, al jeep, a la buseta o a la vans que esté lista para la salida. La oferta es diversa, avasallante, disputada y bullanguera. El aroma a tinto mañanero, a fritos recién hervidos y arroz amanecido- recalentado- pelea con el olor a gasolina contaminante y el rugir de motores somnolientos que tratan de levantar al mundo y que ahuyenta el canto de los gallos. En este amanecer no hay rebuzno de los burros ni ladrido de los perros. Sólo el carraspeo de motores que civilizan y contaminan el ambiente. Por ruido o por vapores.
– Hey, mono, para Barranquilla, vía Calamar, grita el negro, con pinta del malo de la película.
Vargas, quien ha llegado con discreción a la fervorosa esquina, sin pitar, sólo tiene dos pasajeros, una pareja de novios que fue a rescatar a Sincé.
El monito del morral, con una cachucha de kienyke toma el puesto delantero, ante invitación de Vargas, con quien se había citado la noche anterior. El Monito trabaja en la radio y le hace publicidad a su camioneta. Si, porque la cosa se volvió tan competitiva, que los conductores usan desde la tarjeta, el voz a voz, el regateo, hasta la publicidad radial y televisiva.
– Espérame en Corozal, que voy a Sincé y faltando 15 minutos para las cinco te recojo en Brasilia, le dijo Vargas.
Pero a Vargas se lo han cogido las claras del día. No pegó un ojo anoche, preocupado por la situación. Completaba siete días sin hacer un sólo viaje. ¿El motivo? los pasajeros se alcanforaron. Nadie quiere viajar por estos días. En la esquina caliente, mientras esperaba a Vargas, el monito contó diez busetas tipo vans, de diez pasajeros, que llegaban vacías a buscar clientes para diversos destinos, especialmente Montería, Cartagena y Barranquilla vía Calamar. También pasó un bus de Torcoroma, de esos que recogen gallinas, pavos, vituallas, carne, suero y hasta razones de boca. En este tipo de buses, que van recogiendo y dejando bultos y pasajeros en todos los pueblos y veredas de la sabana, el pasaje vale 20 mil pesos a Barranquilla. Se gastan por lo menos seis horas de viaje. El chofer es capaz de desayunar en El Carmen de Bolívar, con toda tranquilidad, mientras los pasajeros se tuestan del calor, acechados por un enjambre de vendedores de fritos y chucherías que le meten la palangana al cliente por los ojos: montones de azúcar y colesterol. O es posible que se tome un tinto con la mujer de ocasión en San Juan Nepo. Claro, también hay oferta de climatizados, tipo ejecutivos, busetas pringa caras de Magangué que pasan atestadas de bultos en la parrilla y camionetas Chevrolet modelo 67 de Ovejas que reparten tortícolis en el cuello. Igual llegan enjambres de motos que se riegan por todas partes, mientras el “reboleador” insiste en que el Junior es un equipo fuerte entre los grandes y débil ante los chicos.
Vargas se suma a la tertulia mañanera, que ahora toca el tema del monumento al garrochero, opacado por el esperpento del puente inútil, que le quita la visual, la gallardía y profundidad de campo. Al fin, después de media hora de bulliciosa tertulia Vargas decide tomar el timón, rumbo a Barranquilla. Sólo lleva tres pasajeros ( La pareja que viene de Sincé y el Monito, que viaja de gratis), lo que no le da el nivel de equilibrio económico. El negro se acerca a cobrarle el pasajero que llegó de Sincelejo, el monito de la mochila. Debe darle dos mil pesos, porque ese es su territorio y él lo vio primero. Desconoce que se trataba de una cita previa. Discuten, forcejean. Vargas le hace una pregunta al pasajero, quien confirma su estado de invitado. El pasajero se siente incómodo, como testigo de excepción de un encuentro boxeril, de vida o muerte. Por poco se van a los puños!
– Esta vaina se la llevo pindanga, dice Vargas, mientras arranca, ya cuando viene el sol despuntando en la aurora. Los ramales de la mañana parecen montes encendidos. Canta un gallo a destiempo. Ruge una moto. El auto se desliza con ese sonido de barrido, sobre la carretera negra, civilizada.
Vargas empieza a sacar cuentas. El negocio se fue a pique. Hace siete días sólo le quedaron 18 mil pesos en su viaje habitual a Barranquilla. Eran ocho mil las ganancias, pero de regreso trajo una encomienda por diez mil. Cuando le entregó la plata a su mujer, sintió ganas de llorar. Ni la cuña por radio y televisión, el buen trato al pasajero y las tarjetas personales, las más rápidas del Oeste han causado efectos. Hay una sobre oferta de transporte, mientras suben los combustibles, los peajes, y actúan las fotomultas, escasean los pasajeros. Nadie quiere viajar por estos días, señala.
– Si viajan, pero en carros propios o más baratos, dice el pasajero, mientras acaricia a su mujer.
Vargas maneja sin afán, pero su cerebro arde: para ir a Barranquilla hay que echar cien mil pesos de combustible, pagar una planilla de 45 mil pesos, cuadrar a la Policía que monta retenes en varios puntos (Ovejas, Carmen de Bolívar, Los Palmitos), amén de los que operan en las calles de Barranquilla y Cartagena, que son peores. Además, hay cuatro peajes en los 220 kilómetros del trayecto.
Ahora dejamos Los Palmitos: La gente se engolosinó con este negocio, que en la sabana llaman transporte puerta a puerta. Hoy siguen cobrando los mismos 45 mil pesos de hace tres años a Barranquilla. El pasajero es recogido en su casa y llevado a casa u oficina de destino. A la gente le gustaba al principio, hace algunos años, porque la camioneta se llenaba rápido y en dos horas y media estaba en Barranquilla. Viajaba en aire acondicionado y la aguja del velocímetro no bajaba de 120 kilómetros por hora. Claro, cuando se chocan no se salva nadie, como ocurrió ya el año pasado en la vía a San Onofre. Los 9 pasajeros y el chofer murieron en el acto sin decir ni pio, bajo un torrencial aguacero. El tipo no sólo iba hablando por teléfono, sino con la preocupación de la cuota del vehículo.
Llegamos al Piñal: Y la gente se engolosinó con el negocio porque hacían cuentas alegres. Diez pasajeros de ida y diez de venida, $800 mil pesos. $ 24 millones al mes. Deducían gastos y quedaban 14 millones! sueldo de ministro! Cesantías, jubilaciones, lotes de ganado, casas, pronto fueron convertidas en camionetas briosas que se tragaban las carreteras del país. Adelantaban hasta en curvas y sólo se les veía el visaje. Claro, el negocio era bueno, pero si al volante iba el dueño. Si se lo daban a chofer de plaza, éste comía pollo y el dueño yuca con suero. Cuando el negocio era rentable, generaba ganancias tan buenas que hasta podían pensar en un segundo carro. En una flota. Y por supuesto, en una amante.
En menos de cinco años, por lo menos 400 de estos vehículos empezaron a zumbar en las carreteras de la Costa. Y con el negocio llegó la competencia desleal y a la Policía se le abrieron los ojos de la ambición cuando descubrieron que era ilegal. No están autorizados para repartir o recoger pasajeros en la ciudad. Los transportadores formales empezaron a presionar. Los $ 24 millones del cupo completo pronto se redujeron a cenizas. Sólo fue una ilusión de pocos años. Para dejarlos operar, la Policía pedía plata en las ciudades. Entrar a las zonas céntricas y residenciales, como le gusta al pasajero, se convirtió en una aventura, en un suicidio económico. A veces caían en dos retenes policiales en el circuito de reparto, donde se quedaban las ganancias.
– Yo no voy a seguir trabajando para la Policía, dice Justiniano Brito, quien se vino de la Guajira hace 25 años y maneja una camioneta propia en la ruta Sincelejo- Cartagena.
Brito bajó el pasaje a 30 mil pesos, pero lo primero que advierte al pasajero es que lo dejará en la terminal. No quiere trabajar para la Policía. El último día estalló cuando le quitaron 150 mil en dos peajes. No fue más a esa “vacaloca”.
Brito acaba de arrancar para Cartagena, tras discutir con el “reboleador”, a quien le entregó 5 mil pesos, producto de los cinco pasajeros que alcanzó a llevarle, de los 8 que regateó en la vía. El “reboleador” era un conductor práctico. Ahora no madruga, no paga peajes, no gasta llantas ni consume gasolina, tampoco se arriesga a un accidente. Allí, recogiendo pasajeros se hace sus 50 mil pesos diarios, se desocupa temprano y se va a rascarse la barriga a su casa. Cuando era conductor era el más mezquino con los “reboleadores” y ahora es uno de ellos, con ellos se bate. Ahora sufre por lo que antes hacia sufrir, el regateo del precio. El mundo es redondo y va dando vueltas, Hoy yo mañana tú.
Las transportadoras puertas a puerta utilizaron varias estrategias para superar la crisis por la sobreoferta. La publicidad radial y televisiva por canje, las tarjetas personales se volvieron tan briosas como las balas en el Oeste. La amabilidad, la atención esmerada, los buenos modales, los chistes y la música acorde con el pasajero, no valieron de nada. Las camionetas tipo vans antes seguras y rápidas, empezaron a estrellarse. El stress de los conductores es visible. Bailan terapia para casar el pasajero incierto. Acostumbrados a tener varias mujeres, los conductores están que venden sus carros para negociar mercancías o meterse a conseguirle pasajeros a los que queden en la vía.

Una de las estrategias fue compartir pasajeros. Vargas se unió con Mogollón. El cara de Perro con Monterrosa y así sucesivamente. Si seguían viajando con medio cupo se iban a pique. Pero la estrategia tampoco funcionó. Se idearon una regla para los turnos, según la hora de llegada y los pasajeros atrapados, pero tampoco, algunos no respetaban los pactos y le robaban pasajeros y turnos a otros. Hubo puños y patadas por el pasajero mercancía.
Camionetas que fueron adquiridas a cien millones de pesos hoy las venden en $40 millones. Algunas piensan que pagando deudas les pueden quedar $25 millones, para comprar ganado, poner una tienda u otro negocio con el que mantener a la familia.
Mientras el paro camionero seguía acaparando la sintonía de las noticias, estos transportadores informales de puerta a puerta, se seguían yendo a pique. Sencillamente, el negocio se estrelló.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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