¿Por el que diga Poncho?

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POR EL QUE DIGA PONCHO.

Por Alfonso Hamburger

Hasta mi padre, quien solo hizo quinto elemental, un hombre de 86 años y manos callosas por el uso del hacha y el ordeño de las vacas, se mamó. La primera rabia, y con justa razón, de este año, la tuvo a las nueve de la mañana del primero de enero. Se había acostado con las gallinas el 31 de diciembre, porque desde la prima noche, nos levantaron a música de Diomedes Diaz. Y con el mismo son se enjuagaron la boca apenas despunto el alba el primero de enero. De Diomedes en caseta pasaron a los Zuleta. Ponían hasta los improperios que uno y otro, Poncho y Diomedes, hacían en las presentaciones. Por un lado, Poncho haciendo apología a los paramilitares de Astrea y por el otro Diomedes, borracho, insultando a “los cacorros, maricas”. Los aplausos del conjunto, con el repicar de caja y otros instrumentos, se trasladó a la parranda, de modo que mi padre lanzó la primera frase del año con contundencia. “Si Diomedes Diaz estuviera vivo, ya ustedes, especialmente José Wilfrido, le hubiese dado el Jopo”.
José Wilfrido, uno de mis hermanos mayores, no tiene la culpa del molde en que está hecho. Lo considero un hombre inteligente, práctico, dueño de dos empresas modelos que resistieron el embate de la guerra, sin abandonar a San Jacinto. Ha levantado a sus hijos después de enviudar y hoy son exitosos profesionales, pero nadie pudo cambiarle el gusto por el hijo epónimo de Carrizal, en La Junta, La Guajira. Es su ídolo. Cuando se emborracha hace sus mismos gestos, se sabe todas sus canciones y trata de cantarlas a la par, pero su voz no le da para más. Y hasta se ganó el derecho a parrandear sin meterse la mano en el bolsillo cuando estudiaba en Montería, cantando a la par de la grabadora con la que bebían. Yo me imagino que tal serían sus contertulios. Algunos pasaron sin escala de Máximo Jiménez, un cantor revolucionario, sin atenuantes, a Diomedes Díaz, el cantor de la mafia y el Gavilán Mayor.
Yo no culpo a José Wilfrido de su analfabetismo musical. No le dieron y tampoco quiso una oportunidad de escuchar otras músicas distintas. Desde que escuchó del vallenato supo que eso era lo suyo.
Los ocho hijos de mis padres nacimos en los andurriales de Bajo Grande. Nos terminaron de criar con un Picó al que le decían El Manicero. Había una cantina. Iban a buscar las prostitutas a Zambrano y uno de mis tíos era quien les hacia el control de calidad. Era quien las probaba a ver si estaban buenas. Nosotros, muy niños, veíamos como los adultos negociaban los amores sin disimulo y como tomaban de la mano a la mejor postora. Y el niño trata de imitar. También quisimos ser cantineros. Y probar la suerte con las polleras.
José Wilfrido pasó sin escala, de Luis Enrique Martinez y Alejandro Durán a Diomedes. El proceso, como sus sueños en colores, lo conserva nítido en sus recuerdos. La escena más remota de su niñez fue la de una mudanza. Tendría tres años, cuando nuestros padres se mudaron a la casa de zinc donde vivimos hasta 1974, cuando nos trasladamos a San Jacinto, poco antes de que se metiera la guerrilla. Se pasaban- porque yo no había nacido- de la casa vieja de palma de los abuelos, a la nueva de zinc y material, una cuadra más arriba. Cuando vio que llevaban un inmenso baúl, quiso ayudar, lloró, hasta que le puso el hombro y no pudo con éste. Desde siempre ha sido muy solidario. Pero también entendió que habia cosas que los niños no odian hacer.
Ya en San Jacinto, hacia 1975, irrumpió el Binomio de Oro, que no fue de su agrado, como tampoco Alfredo Gutiérrez, ni Los Corraleros de Majagual. Tampoco oyó con atención a Adolfo Pacheco ni a los gaiteros. Desde que supo que era el vallenato cerró filas en torno de este estilo. La primera grabadora que tuvimos, una Sanyo de cuatro baterías, la puso al servicio de Los Zuleta, Beto Zabaleta, Alejo Durán, Jorge Oñate y Luis Enrique Martinez, hasta que, en una madrugada, en Radio Libertad, dejaron correr cuatro canciones seguidas. Una de ellas era la ventana marroncita, como se le decía a Tres Canciones. Se trataba de un cantante nuevo, que no era Poncho Zuleta, Ni Beto Zabaleta Ni Jorge Oñate. Le gustó, pero se quedó con el interrogante. El locutor no dijo el nombre de las canciones ni del cantante, pero a los tres días un compañero de bachillerato le dijo que había salido un nuevo cantante, llamado Diomedes Diaz. Sin dudarlo supo que era el mismo que había escuchado en la madrugada. Ese otro día vendió una marrana, se fue al Carmen de Bolívar y compró el cassete, nuevas baterías y más nunca, hasta que no salió otro, lo sustrajo de la grabadora. Desde entonces fue el primero que hizo fila, en espera de una nueva producción del ídolo. En las parrandas no le gusta que le hablen de música sabanera ni de nada más. No conoce en absoluto de Los Corraleros de Majagual ni le importa un carajo que la cumbia colombiana le esté dando varias vueltas al mundo. Su vida se limita a su trabajo en la finca y su farmacia y a Diomedes Diaz.

II

Yo fui una de las víctimas de la dictadura del picó el pasado 31 de diciembre. El que manda es el que escoge la música. Quien paga la publicidad maneja la nota editorial. Yo estaba de gorrero y con una tristeza de mierda, porque ni novia me había dejado. De modo que después de que mi padre se fue a costar con las gallinas, aburrido de la dictadura de Diomedes, no tuve más remedio que cerrar los ojos y resistir hasta donde pude. Después de los pitos todos se fueron a sus casas a felicitar a sus mujeres, sus novias e hijos. Yo quedé solo en el reguero de desperdicios de la parranda, quedándome dormido en un sofá. Cuando desperté aún no habían prendido el picó, pero por los patios vecinos se filtraba todo el vallenato del mundo y el vecino ( José Fontalvo) acababa de poner el suyo, con pura tandas de Los Zuleta. Algo me maltrataba en la nuca, revisé y era un arsenal de CDS de Adolfo Pacheco, Andres Landero, Enrique Diaz, Lisandro Meza, Binomio de Oro, Los Corraleros de Majagual, Pedro Infante, Antonio Aguilar, pero de nada había valido. Incluso, hallé un hermoso CD de El Turco Gil con leo Dan. Esa música allí como si fuera mi almohada, era solo basura. La música que no se pone es música muerta.
El 29 de Marzo reciente pasado, jueves santo, nos volvimos a reunir en la finca La Villa de Hamburgo, de la familia, y fue lo mismo. Ahora es peor, la música la ponen mediante el sistema de Bluetooth, que manejan a control remoto. Pura parranda de Poncho Zuleta y Diomedes. Ahora era peor que en año nuevo, porque la gente decía que iba a votar para la presidencia de la República por el que dijera Poncho, quien había saltado de la parranda a ser el determinante absoluto en una decisión tan trascendental. Quise explicarles que existía en el país un conjunto trascendental en la musicalidad nacional llamado los corraleros de Majagual, que habían fusionado el acordeón con la banda de vientos y que, con el paseaíto, los porros y las cumbias, le habían dado la vuelta al mundo. Y como hallé una muestra en mi WhatSaap , me acerqué al equipo con la intención de ponerla, pero cuando quise cambiar a Los Zuleta, un grupo de mujeres que bebían a raudales, me gritaron que ni me aso metiera. Quedé quieto. No había modo de penetrar aquella dictadura. Además, el machismo de nuestros hombres reside es en las mujeres. Y donde las mujeres mandan, uno obedece.
Poncho, que de veras estaba pegado, se volvió a pegar por haber tratado de loco a Gustavo Petro. Iba a poner presidente. En medio de lo que se podía, porque había en la reunión un vallenato de aquellos que creen que la música colombiana surgió a partir del Festival Vallenato y que de allí para tras no pasó nada, traté de explicarle algunas cosas, por ejemplo, que los vallenatos creían más en la leyenda que en el logos, que en el conocimiento científico. Para ellos seguía siendo mas importante Poncho que Rafael Carrillo Lúquez. Creo que el 99 por ciento de los vallenatos no sabe quién es este hombre nacido en Atanquez. Yo tampoco se lo voy a decir a los lectores. Está sepultado en el cementerio del ECCE Homo y la biblioteca departamental lleva su nombre. Nada más.
Busqué una explicación a este ruido tan absurdo que nos empobrece culturalmente, no porque sea malo, sino porque nos cerramos a otras formas de conocimiento musical. A estas alturas no puedo cambiarle el chip a José Wilfrifo, tampoco a sus hijos, hechos a su imagen y semejanza. Me acordé de una especie de pique que tenía mi padre, con su compadre Argelio Anillo, entonces el hombre más rico de la región, quien daba toros para las fiestas de Zambrano y su ganado demoraba varios días pasando por Bajo Grande, cuando lo llevaban de un lado a otro. Anillo se presentó un día con arrume de LPs extraños. Los pusieron uno a uno en nuestro Picó popular. Eran unas canciones tristes, como música de Semana Santa. Se trataba de música clásica con los mejores intérpretes, Bethoven , Mozart , Srtrubert , Chopan. Apenas Argelio montó en su caballo y le dio talonazos con sus espuelas, calculando que ya iba lejos, aquella música fue acallada para siempre. Su altanería fue considerada como una burla. El ganadero se había burlado de la prole. No nos educaron jamás para entender otra música y la de nuestros gaiteros de Bajo Grande (los hermanos Escobar) era muy simple, triste y rudimentaria, solo para beber ron y alegrar borrachos.

III

Yo no sé si Fuad Char Abdalla, cuando compró la primera emisora FM en Barranquilla, en los mismos tiempos en que José Wilfrido trataba de ponerle el hombro a un inmenso baúl de nuestra primera mudanza en Bajo Grande, estaba pensando en el mal que se le ha hecho al oído musical del país. Esta especie de picó que grita las canciones y la hora como si fuese un gol del Junior, pero que no da nombres de autores ni de intérpretes, se impuso a nivel nacional. Hasta las emisoras comunitarias imitan el modelo y el país gira en torno de una des memorización musical e histórica, hasta tal punto de que un cantante vallenato caído en desgracia ( de que vale que el hombre gane el mundo si pierde su alma) puede estar decidiendo casi la suerte política de las próximas elecciones.
Los Char en Barranquilla, con sus emisoras planas y las contrataciones del Junior, entretienen a la gente, mientras estos cierran los ojos y eligen a los que diga la aplanadora en las parrandas donde se oye siempre lo mismo.
Por lo pronto voy a apagar mi celular y pido a mis seguidores que me den una tregua hasta el Lunes de Pascuita.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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