Crónicas

!Nuevo Riñón , no hay mas remedio que adorarlo!

 

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El rey trasplantado, un canto a la vida.

 Los primeros trasplantes de riñón exitosos fueron hechos en Boston y París en 1954. El trasplante fue hecho entre los gemelos idénticos, para eliminar cualquier problema de una reacción inmune. El trasplante de Boston fue dirigido por el Dr. Joseph Edward Murray, quien recibió el Premio Nobel de Medicina en 1990. En Sucre, señalamos el caso de Pedro Luis Martelo, quien librò una buena batalla.

Por Alfonso Ramón Hamburger

MARTE1   El verseador Pedro Luis Martelo, en su casa, narra cómo logro un nuevo riñón.

                                    UNO

Por aquellos días de festivales y afanes, Pedro Luis Martelo tenía la piel cetrina, más bien cobriza y amarilla. Sus ojos parecían salidos de sus órbitas, tatuadas al natural ojeras y parte del rostro manchado. Caminaba como un perdido, en la búsqueda del sustento para él y su familia, conformada por su esposa y tres hijos menores. Vivían como animal silvestre, sin un lugar definido. Cumplía apenas cuarenta años y pese a que andaba como un caballo pasero, sudando la gota gorda, de aquí para allá y de allá para acá, su estado no era el mejor. No era nada verle su cara para saber que estaba enfermo.
Como juglar en relevo, nacido en una tierra de cantores, se abría en la vida entre parrandas y festivales, porque Dios le dio el don de la improvisación. En eso de repentizar un verso virulento para dejar en ridículo a un adversario, era un rayo. Se agarraba en versos con el que fuera. Era un poco altanero, tan rápido de mente como de pies. Se dedicaba en los días hábiles a esperar la cita de cuanto festival folclórico se llevara a cabo en la inmensa sabana, en el valle y más allá de las lomas, los fines de semana. En La sabana ya había ganado competencias pequeñas, donde se había graduado, de modo que su gran prueba se dio en 1.999, cuando consiguió prestados cien mil pesos y se fue a probar suerte en el Festival de la Leyenda Vallenata de Valledupar, con tan mala suerte- o quizás con la buena suerte del principiante- que en el primer sorteo, entre ocho elegidos, le correspondió hacer pareja con uno de sus ídolos, el guajiro Alcides Manjarrez, un hombre de macilenta figura, alto, cabecita de clavo, cuya limitación visual se le había desarrollado en la agilidad para hacer versos. A él y a su hermano Luis, nadie les ganaba. Los hermanos Manjarrez eran sinónimo de pelea. Y de éxito.
Recuerda- ahora que ya no toma ron- que aquella tarde en Valledupar le temblaron las piernas, entonces sus amigos le dieron un trago de licor para animalro, pues en la muchedumbre se oyó que esa si iba a ser una paliza que el guajiro le iba a pegar al “sabanero ese”. Le iba a quedar la cabeza como sandia cocida. El término sabanero sonaba despectivo, por aquella vieja rencilla entre vallenatos y los nacidos de este lado del río. Sin embargo, una vez puso los pies en la tarima y tras probar su voz brillante en el micrófono, se sintió con fuerza. No se notó inferior al guajiro, que recibió de primera unos aguijones de avispa bravía, con la herencia de la pata suave. Manjarrez se echó a reír como de costumbre, y se lo sacó del cuerpo a cuerpo con alguna dificultad. El haber pasado a la semifinal entre centenares de repentistas fue un éxito. Notó que no era tan difícil la tarea. No mas era perder el miedo. Recibir los primeros golpes y ripostar. Ese otro día Martelo salió en la primera plana del periódico El Pilón, lo que fue una gran motivación. Ahora tiene su casa llena de trofeos y recortes de prensa. Desde entonces no ha dejado de participar. No ha sido el rey, pero ha estado varias veces en la final, con un segundo y tercer puesto, en 2004 y 2006. En una noche de altanería, Pedro Luis Martelo es capaz de pintarle la cara y dejar en ridículo al que sea. Precisamente, de los tres millones de pesos que le dieron de premio- el más alto hasta entonces en su carrera- separó un millón para inyectarle a la cuenta de ahorro programado para adquirir su casa con el Gobierno. La había abierto mucho antes, pero su capacidad de ahorro solo le había permitido acumular cincuenta mil pesos. Más adelante tendría que echar mano de la motocicleta que había adquirido por seiscientos mil pesos para rebuscarse como moto taxista y para viajar a Corozal a ponerse a la orden de la máquina que necesitaba para vivir. Estaba por conocer un nuevo lenguaje, el de la nefrologìa, de lo  que nunca había oído hablar.
Ahora me habla desde la mecedora, en su casa propia, mientras revisa los milagros que recibió para reparar sus riñones, en una historia paralela, de triunfos y derrotas.

 

 

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Pedro Luis Martelo, derecha, concede una entrevista para televisión a Alfonso Hamburger.

                                                          DOS

Los músicos populares nuestros no pueden esconder sus vidas, en la que van quedando-con contadas excepciones- un reguero de hijos y mujeres. Algunos se vuelven unos verdaderos alambiques. Por esa razón muchos padres creían que escoger la música como profesión era una tragedia, por ello les impedían a sus hijos seguir tras las notas de una guitarra, una gaita o un acordeón. O cualquier instrumento que cayera en sus manos, menos un acordeón, que llevaba el liderato en asuntos de perrerías.
– Yo no me dañé mis riñones por el licor, cada quien tiene su patología, dice desde la mecedora, al frente de los trofeos, donde ya pega el olor del sancocho.
Si bien Pedro Luis andaba de fiesta en fiesta y debía tomar- porque el licor en los festivales es como la giba al ganado cebú- era medido tanto en el ron como en las mujeres, por lo que el color visible de su piel cetrina, un poco manchada, no obedecía a ese trajinar festivalero. Su sueño era ser rey en el festival vallenato y comprarles una casa a sus hijos, porque llevaba catorce años viviendo en casas arrendadas, de aquí para allá y de allá para acá, como el de la camisa rayada. La cuestión es de patología, reitera. La hipertensión que tenía, lo iba minando calladamente. Y él, no lo sabía. Habían muchas palabras que ya estaba en su cuerpo, pero que no conocía.
Aquella vez, en sus afanes de mercadeo-nuestros músicos venden su arte a destajo, en el parque, en las calle, puerta a puertas- había llegado donde un médico amigo con el deseo de que lo contratara para su fiesta, pero el médico- al verlo como estaba-, pálido y sombrío, le preguntó que si estaba enfermo.
Tomado por sorpresa Se interrogó. Pedro Luis se palpó la piel como quien nunca se ha visto en un espejo. Sus dedos temblorosos recorrieron al tanteo su piel rugosa y amarilla. ¿Estoy enfermo? ¿Estoy vivo?, fue como si despertara al pie de un abismo. La vida que llevaba, tras la fama y la parranda, arrasando festivales (Ha figurado más de 300 veces entre los tres primeros lugares), le estaba cobrando duro. Lo único que sabía era que tenía hipertensión arterial, a lo que no le prestaba atención, tampoco sabía de la mecánica de las EPS e IPS( tenía un carnet de la empresa Manexca, hoy desaparecida) y mucho menos había oído hablar de la palabra creatinina. Fue la primera vez que oyó hablar de nefrología.

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El médico amigo, sabiendo que aquello era urgente y que no debía esperar la cita de la EPS, que en aquellos días se demoraba por lo menos un mes, le dio una orden particular para el especialista. Fue donde Pedro Luis comenzó una lucha paralela, por su vida, por su carrera de repentista y por su familia. Es una vida que le ha enseñado a redactar tutelas contra los servicios de salud para reclamar sus derechos y a conocer de su enfermedad como un especialista. Sabe que un trasplante de riñón, dependiendo de si proviene de un donante cadavérico o de una persona viva, puede funcionar bien entre quince o veinte años. El suyo, que lo consiguió como quien se gana la Lotería, de un donante que no conoce ni quiere conocer, en pocos meses, ya lleva nueve años. Fueron dieciséis meses bajo el rigor de la hemodiálisis, que le quitaba el buen genio, y seis meses y medio para que apareciera su donante, después de cumplir el riguroso protocolo. La operación, que fue una gran noticia, se dio el ocho de junio de 2011 en la Fundación San Vicente de Paúl de Medellín, y solo duró tres horas. Ese mismo día fue pasado de la sala de operación a cama, en la que estuvo ocho días. Fueron tres meses de monitoreo, mientras se recuperaba en un hogar de paso, en los que no había manera de ingresos, porque no podía cantar.
Por estos días está pendiente de dos cosas, o quizás de tres por el caso de su hija desempleada, una de ellas viajar a Medellín por el chequeo de cada dos meses, y en buscar patrocinio para viajar al festival vallenato de Valledupar, aplazado.
Su trasplante, en tiempos que vivía casi de la caridad de sus amigos, fue una carrera contra el tiempo y en el afán de que se salvaran sus riñones (que ya no existían), llegó a pensar que el proceso de hemodiálisis de su cuerpo pegado a una máquina, era un negocio de las EPS y del capitalismo salvaje, tan frentero en sus versos como aquello de que ya las mujeres no paren pujando al niño, sino por cesárea, porque es un negocio. Se envalentonó con los médicos y levantó un tierrero. Le estaban dejando dañar sus riñones para justificar la máquina.
Pensaba en que eso de ir a una clínica cada dos días- Un día por medio- para someterse a los caprichos de una máquina, era para gente rica, ejecutivos, que se sometían a la purificación de su sangre mientras sus cuentas en los bancos estaban llenas de plata o sus vacas parían. El, en cambio, debía guerrear la vida, lucharla pulso a pulso todos los días. Su ejemplo más cercano era el de su amigo, el folclorista y  ganadero Ismael Vergara Del Castillo,  quien se dializa mientras sus vacas paren. Pero él no, tenía que estar sano para su familia, para lograr el sueño de ser el mejor verseador del mundo y pararle una casa a sus hijos. Y para probarlo no tenía más que estar sano y viajar a Valledupar.
Su vida diaria era levantarse, desayunar, vestirse, montar en una moto para acudir a la oficina más grande de Sincelejo. Así le dicen al parque Santander, donde se reúnen prostitutas, choferes de plaza, comisionista de carros viejo y ganado; ofertantes de todo, culebreros, brujos, chanceros, vendedores ambulantes, y sobre todo músicos. Por lo menos cincuenta músicos sin mercado, con algunos que han recorrido el mundo y hoy están opacados por los vallenatos y regatonearos, esperan las moñas. Están tan desorganizados que se tumban los toques. Martelo solo terminó su bachillerato después de la operación de riñón, en 2012 y después se hizo técnico musical en Bellas Artes, por eso espera alguna vez un empleo, para no vivir de “las moñas” que caigan. Hace coro, improvisa, canta, compone, pero como él son centenares de músicos que están en lo mismo. Su mujer, que lo acompañò a salir airoso en su agonía, arregla uñas, atiende a sus hijos y cocina muy sabroso.

MARTE4

                   Pedro Luis Martelo, fue distinguido el municipio de La Villa  con la máxima medalla al merito ciudadano.

                                                        TRES

No hubo otra. Sus primeras diálisis le tocaron en la ciudad de Corozal, una población a doce kilómetros de Sincelejo, donde había terminado de criarse. Duró 16 meses pegados a esa máquina. Había nacido en San Benito Abad en 1978, en una familia de 14 hermanos, de modo que su padre lo envió a Corozal donde un hermano para que lo terminara de criar. En la adolescencia se mudó a Sincelejo, donde empezó a codearse con los músicos de Sucre, haciéndose un hombrecito a punta de versos.
Ahora regresaba a Corozal como enfermo. Las sesiones de hemodiálisis son tediosas y desesperantes, causan en algunas personas ciertas incertidumbres, y dan ganas de salir corriendo. Mientras no haya riñón sano, hay que ir a la máquina, como el auto a la gasolinera. Son órganos que los puede dañar una diabetes descuidada , una intoxicación y la hipertensión. Los pacientes se vuelven tan comunes unos a los otros en las salas de diálisis que terminan hermanados por el dolor. Allí leen revistas, oyen radio o cuentan anécdotas. Martelo pensaba en el maestro Calixto Ochoa, quien vivió los últimos años pegado a una de esas máquinas desesperantes, por lo que luchó por conservar sus riñones, pero al final, cuando por un milagro de Dios comprobó que su situación era tan grave, que el día que le hicieron el trasplante, no hubo necesidad de cortarle nada: lo que los médicos encontraron fueron dos granitos de uvas pasas desecadas. La creatinina, palabra con la que se encontró por primera vez en la visita al médico amigo y de la que no se desprendería más en su vida, le llegó a marcar 21 puntos. Lo normal son 1.5.
La Costa Atlántica es una de las zonas más propensas a esta patología y ha ido creciendo peligrosamente.

MARTE2             Pedro Luis Martelo es un reconocido decimero que exalta su tierra.

                                                       CUATRO

Una de las cosas que más recuerda Martelo, en el ajetreo de buscar un riñón, fue el protocolo al que tuvo que someterse, a través de la EPS indígena Manexca, donde tuvo la disciplina y la suerte de clasificar para la lista de espera. Nacido en el camino de la Villa de San Benito de Abad, Martelo es respetuoso de las posiciones religiosas, pero su espiritualidad es directa con un ser superior, con un Dios padre verdadero y el espíritu santo, el señor Jesucristo. Se encomendó a ellos y no le fallaron.
“Siempre he sido muy respetuoso de las cosas de Dios. El milagroso es un santo con muchos devotos. Una efigie en representación de lo que le pasó a Jesucristo. Creo en Dios”, puntualiza.
“Respecto a quienes profesan otras religiones” añade.
Por fortuna fueron cuatro los sucreños que pasaron a la lista de espera en Medellín, porque en la Costa solo se hacen trasplantes en Barraqnuilla, porque cumplieron el protocolo y viajaron a Medellín. Allá se hicieron amigos y se apoyaron unos a los otros. Lamentablemente uno de los pacientes trasplantados, falleció por descuido.
Sentado en su casa humilde de paredes sin repellar, pero llena de trofeos y reconocimientos que la adornan- El Municipio de la Villa lo distinguió con la máxima medalla de esa ciudad-, mientras su mujer cocina los alimentos para el almuerzo y el condimento pega con la brisa alentando el hambre, Martelo narra la historia. Una vecina- recuerda- y muestra con la mano la claraboya, se acercó por la ventana para felicitarlo, porque en tres días viajaban a Medellín. La buena noticia estaba regada en el barrio. No tenía la plata suficiente, pese a que en la EPS correrían con los gastos de traslado y alojamiento, pero nunca se sabía, la ciudad tiene su misterio para el provinciano y solo la plata en el bolsillo da seguridad. Menos mal que el doctor Marcos Montes, entonces alcalde encargado de Sincelejo, es músico y se solidarizó llevándoselo a un evento particular, donde se ganó unos pesos. Viajó con su mujer

MARTE6.                    Pedro Luis Martelo hoy festeja al frente de sus trofeos y medallas, conseguidas en franca lid.

                                                                         EPILOGO.

Son las ocho y media de la mañana. Pedro Luis Martelo sale a tomar la moto en la calle recién pavimentada. La oferta es buena. Varias motos que ya lo conocen le pitan ofertándole el servicio. Viaja a la oficina más grande de Sincelejo a ver qué consigue, buscando la misericordia de Dios, mientras logra un trabajo formal en una ciudad marcada por la informalidad, donde el desempleo marcó 13 puntos en el mes de febrero.

– Vivimos de la maraña, pues musicalmente ya esta no es una plaza  muy promisora para el ejercicio musical.

… Y lo peor, a veces no hay plata para viajar a los festivales. Los más pequeños dan alojamiento y comida. Los repentistas a veces se distribuyen los premios, para poder llevar algo al hogar, que muchas veces quedan con los fogones apagados.

Por lo pronto tiene que pensar en que el 17 de marzo, debe viajar a Medellín para unos chequeos. Hasta el momento su riñón le ha salido bueno y no lo va a dañar con un trago de ron

-Ya no tomo ni por equivocación. Ya yo tomé lo que iba a tomar.

La moto se ha perdido en la avenida y aquel hombre de riñón implantado solo sabe que Dios le ha dado una segunda oportunidad sobre la tierra.

MARTE13 Estos  son versos del poeta Martelo a su estado de salud.

Según Internet: En 2018 se realizaron siete mil 583 trasplantes en el país, pero hay más de 21 mil 800 en espera. Por ello, y para fomentar la cultura de la donación. Los órganos más comunes de trasplantar son el riñón, hígado, corazón, páncreas y pulmón. En tanto, los tejidos más frecuentes son las córneas, hueso, piel y tendones.

 

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