Milán, el hombre que no tenía tocayo

Cuando el bullicio de los vivos no deja dormir ni a los muertos.

En el directorio de Sincelejo existe un hombre que se llama “Hasta Morir”, pero no es tan famoso como Milán Beltrán, un indígena analfabeta, quien jamás halló una respuesta al origen de su nombre, hasta que a la cantante Shakira se le dio por ponerle la misma gracia a su hijo Milán Piqué.

Por: Alfonso Hamburger

Milán del Cristo Beltrán Álvarez, nació el 29 de septiembre de 1960 en San Jacinto, una vereda Zenú, en la zona rural de Sincelejo, donde desde niño se dedicó a las labores agropecuarias. Jamás fue al colegio.

Pese a su analfabetismo, siempre se interesó por su nombre, porque se daba cuenta de que no tenía tocayo. Fue el profesor Balmiro Gutiérrez Pineda, conductor de un programa radial en la emisora de la Universidad de Sucre, quien le hizo la primera entrevista, al final de la cual Milán dijo: “Antes nadie quería llamarse como yo, ahora mi nombre es famoso, gracias al hijo de Shakira”.

En la misma entrevista, la gente empezó a llamar a la emisora,  para participar en un concurso que buscaba establecer sobre antecedentes del nombre en la Costa, donde solo se había oído hablar del famoso Milán Kundera, premio nobel de literatura. Varios oyentes coincidieron en que ese nombre lo había llevado un famoso torero de corralejas oriundo de Magangué, y muerto por un toro en las fiestas de la virgen del Socorro de Sincé. Eso es tan viejo que ya no figura ni en los apuntes del historiador Inis Amador Paternina, tampoco en los de su tío Aníbal Paternina Padilla.

La madre de Piqué Beltrán, Juana Isabel Álvarez, amante de este tipo de celebraciones corralejeras, lo copió del torero, pero se pasó mucho tiempo, para que la cantante barranquillera, en la búsqueda de un nombre original, se lo pusiera a su hijo tomado a su vez del futbolista español Gerard Piqué, hoy su marido.

A diferencia de Milán Piqué, que nació con fama y con dinero, en medio de los flashes de la prensa mundial y el asedio de los paparazzis; Milán Beltrán Álvarez, nació en un pueblecito indígena anclado en la edad media,  en precarias condiciones económicas y sociales. A sus 53 años no tiene seguridad social.  Jamás fue al colegio. Como a sus once hermanos, su padre, Enrique Beltrán, una vez caminaron, fueron lanzados al monte, donde leñaban, acarreaban el agua, pastoreaban chivos y sembraban la tierra. Muchos de ellos, cuando se hicieron hombrecitos se fueron a trabajar como macheteros y otros recalaron en las minas de Antioquia.

Milán estuvo muchos años metiéndole sus manos a los socavones, en las minas de Antioquia, pero desde hace 17 años recaló en Sincelejo, donde se dedica a la celaduría callejera con un machete sabanero, una bicicleta y un pito.

El profesor Balmiro Gutiérrez Pineda, su descubridor, lo encontró montado en una bicicleta, con una rula atada a su cintura y una cachucha que le cubre sus  orejas enormes, que son sus elementos para celar, en el barrio Kennedy de Sincelejo, donde tiene 25 clientes a los que les hace rondas todas las noches, los 365 días del año. El machete le sirve para defenderse de los borrachos y sus inmensas orejas, aplastadas por su cachucha bacana, para escuchar atento los sonidos de la noche.

Todos los días, Milán Beltrán llega a las siete de la noche al sector del Kennedy a bordo de su bicicleta con su arma de dotación ancestral  y un silbato para cumplir con su trabajo, el que le reporta cerca de 500 mil pesos mensuales, con los que sostiene cinco hijos. Su mujer lo abandonó y ahora está soltero. Vive con sus hijos en  San Jacinto, cuyo trayecto empinado a Sincelejo le cuesta una hora. De regreso, a las seis de la mañana, después de espantar con su pito ladrones de patio, borrachos y jaladores de cortinas, regresa a su tierra, gastándose solo 45 minutos, pues va de bajada. Los días de mayor actividad comienzan los jueves, se incrementan los viernes, siguen el sábado y un poco el domingo. Los lunes, martes y miércoles son tranquilos.

Milán tiene unos ojillos bulliciosos y pequeños que tienen que redoblarse en las noches, porque le toca darle la vuelta a varias manzanas, apoyándose en la Policía cuando tiene que capturar a algún ladrón de patio. Cuando hay emergencias suena su silbato y los vecinos vienen en su ayuda, pero a veces, por estar muy lejos los otros, la tarea es en solitario. A final de cada mes, su misión antes de empezar su jornada, es visitar una por una las casas de sus 25 clientes, quienes le pagan entre diez y 25 mil pesos por el servicio.

Las noches más duras son las de los inviernos y las frías madrugadas en que lo ataca el sueño, porque Sincelejo a esas horas es forrado por una espesa neblina que parece brotar del fondo de la tierra y todo lo engulle. El copo de los arboles parece hervir, prendidos de un fogaje espiritual que levita sobre los techos de las casas, aquel que viene de la Sierra Flor. No  bebe tinto, siendo su único mecanismo de defensa ante el sueño pedalear su vieja bicicleta de turismo, para encontrarse con el alba despierto, vivo y contento, entonces emprende su viaje de retorno a su vereda.

El problema, dice Milán, es acostumbrarse a dormir de día cuando todos están despiertos y  a veces el bullicio de los vivos no deja dormir ni a  los muertos.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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