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!Miguel Manrique, en la Fiesta de la Cumbia!

MANRIQUECrónicas de San Jacinto
MIGUEL MANRIQUE, KACCULA TU…

N de R. Comparto con mis lectores, a raiz de la primera fiesta de la cumbia, el primer capitulo del libro que escribo sobre Miguel Manrique.

 

Por Alfonso Hamburger

Este domingo 4 de mayo, en que inicio esta aventura por el corazón, el alma y las canciones de un hombre bueno tildado de malo ( maligno), me he regalado un día en mi pueblo, San Jacinto el pinturero. La lluvia de Mayo nos ha salvado de un fatal destino y ha mejorado el clima del pueblo, amainando la sed por el mal servicio de agua potable. Ya estaban, en medio del calor pegajoso, que atravesaban troncos para bloquear la carretera. ¡Pensaban matar al pobre alcalde!

Miguel Enrique Manrique Barras, nombre de pila de este cantor, no figuró en la selecta obra de “Mochuelos cantores de los Montes de María la Alta”, de nuestro amigo Numas Armando Gil Olivera, porque se gasta en cada libro cuatro años detrás de los viejos de la filosofía y eso de Migue que lo haga Pocho, que es ms rápido y escribe sus libros de un solo tirón, le dijo. Y obvio, arranco este reportaje con la fecha, para ver si es verdad. Cuando la termine, pondré la fecha ídem, a ver si cumplo. Claro, advierto, que no por correr amanece más temprano. Y esto es más rigor que rapidez. Más rigor que anécdota y chisme.

Me gusta trabajar el ambiente en mis crónicas, aspecto vital para manejar la atmosfera y los tiempos. A eso los literatos le dicen ritmo, porque la literatura es melodía y canto. Y además escribo en caliente. Con Miguel, que es un humorista consumado, espontaneo y humano, las cosas son más fáciles, pues lo conozco desde siempre y fue, con Licho Vásquez, mis alfiles, los sendos testigos de excepción de aquella locura, en que por pura maldad, aspiré a la Alcaldía de San Jacinto, en 1992. Los trece votos que malvadamente me atribuyó Juan Carlos Díaz en El Universal, apuntados entre paréntesis, fueron solo un grano de aquella montana de experiencias, episodio en el que tanto Miguel como Licho, terminaron traicionándome para salvarme la vida, al sufragar, ya en el desempate, por el alcalde del pavimento, José de la Cruz , mi hermano. Néstor Rodríguez García, “El Petaca”, me confesó en las pasadas vacaciones de Semana Santa, que el voto de Licho Traste, estaba más asegurado que calilla en boca de vieja, pues eran compadres de sacramento desde antes del debate. Y yo, que creía que Licho era serio. ¡Que calilla!

Precisamente, estábamos el pasado sábado de Gloria lamentando que Miguel Manrique no hubiese estado en San Jacinto. Siempre que llego al pueblo, lo primero que hago, después de saludar a mi padre, es arribar a la casa de Miguel, en la Gloria, y alegrarme con sus bromas. Escuchar su guitarra y sus canciones. Curiosear las pilas de fotos sobre la mesa. Si no voy a la casa de Miguel es como quien llega a Cartagena y no se toma una foto en la torre del Reloj. Bleidys, su mujer, me dijo que no estaba, que andaba por los lados de Coveñas, invitado por EL Pegaso y que de allí se iba para Cotorra a visitar un hijo que dejó por allá cuando andaba de centinela en el Ejército. Miguel siempre fue loco, mujeriego y parrandero, pero a sus hijos jamás olvida. Además de tremendo artista, tanto en la fotografía como en la guitarra, Miguel es todo un militar, que hace la venia con tremenda facilidad. Y es tan afectuoso en ese saludo militar, que es capaz de hacerle la respectiva parada hasta a un celador amanecido. Su disfraz favorito, en los carnavales, es el del famoso general en retiro, armado hasta los dientes, pero sin disparar más que buenos chistes.

Tengo excelentes relaciones con Miguel y su familia, pero si no está en casa se nota un vacío. No es lo mismo. La guitarra labrada en la puerta, los trofeos enmohecidos, las pilas de fotos metidas en los sobres sobre la mesa, marcadas con el precio jamás pagado por los clientes tramposos, y las paredes mustias con viejos cuadros, sin él se ven más tristes.

– Mierda, Bleydis, Miguel hoy duerme con su viejo amor, le dije.

…Y ella, sin soltar la mochila que tejía, me respondió con aquella frescura:

– jutf, Pocho, ojalá se quedara por allá. Y lo dice de la calilla que fuma para afuera, porque el amor de Miguel es inmoral. Lo lleva adentro. Lo regaña como a un niño, porque después de tantas mañanitas de inviernos, regaños, triunfos y sin sabores, viendo crecer a los nietos, ya son como dos hermanitos.

Pero resulta, me dijo Miguel a su regreso, en este domingo sabroso, que la viejona- la madre de su hijo callejero- estaba muy enferma, de modo que no pudo hacer nada. El hijo ya está grande. Y es todo un hombre, con ese apellido sonoro en todo el país: Manrique.

En este viaje regresaba de Valledupar, después de la monotonía de escuchar el mismo firri firri del festival durante varios días, con el chiquichá chiquichá de la guacharaca clavado en la mollera, cuando se me ocurrió quedarme en el Carmen de Bolívar y llegar a San Jacinto. Venia por los lados de Plato, con tremendos trancones a raíz de la construcción de la ruta del Sol. Era sábado por la tarde, en que me quedé en casa con el viejo mío, mientras en la noche veíamos el triunfo de Junior sobre Itagüí para ir a la final del Fútbol profesional con Nacional. Dormí en la hamaca colgada eternamente en el kiosco y los mamones- que en esta cosecha habían salido agrios- no dejaron de golpear con la brisa en el techo. Se estrellaban en el piso enchopado como perdigones. Dormí a pierna suelta, hasta que en la madrugada, me levanté a apagar el abanico. Hacía mucho frio. Es un frio muy distinto al de Bogotá, mas macho, más auténtico, sin menos polución. Es ese lapazo que cuela los tejidos de la hamaca y te hacen tiritar como perro callejero.

– Miguel siempre pregunta por ti, me dijo Wilson, mi hermano mayor, alma divina y excelente ser humano. Y es así, si se encuentra con José o con Henry, Miguel siempre pregunta por mí.

El domingo fue luminoso desde que el sol se abrió portentoso sobre el techo de la casa de Mercedes Buelvas, en el bolsillo, sobre la palmera que se yergue, meciéndose levemente en el extremo del patio como si fuera la cola de un gato levantada al cielo. Era un sol blanco y brillante, que presagiaba inviernos. Así me lo confirmó el carretillero, a quien sin preguntarle, me lo indicó precisamente cuando caminaba por la calle de Las Flores, rumbo a la casa de Miguel, después de un desayuno con ñame espino, queso, suero y café con leche, con mi querido viejo. ¡Que más nos puede deparar la vida, Ah!

Antes de salir le jugué una broma a la esposa de José Fontalvo, más conocido como Ahuyama, mi vecino. Yo le digo que es una mujer de mala cabeza. No es posible que siendo tan alta, blanca y distinguida, haya abandonado su natal Tolima, para venirse a pasar trabajo a Las Palmas, el bello corregimiento donde nació Julio Fontalvo, arrasado por la violencia. ¿Qué le diría José para conquistarla y para que ahora sea más palmera que todos los palmeros juntos? Le recuerdo el chiste. José no permitía que le dijeran Ahuyama, se embravecía, de modo que cierta vez que atravesaba el campo de fútbol con una carga de ahuyamas en una mula, alguien le preguntó qué llevaba en esos costales y él le respondió, que se trataba de “Unas animalejas”, escondiendo su contrabando, porque muy seguramente iba a ser objeto de burlas. Como si el mismo se auto designara “ahuyama”.

Este San Jacinto que camino este domingo es un pueblo que resurge después de la tragedia. La calle 20 es profunda y bajo mi lente de periodista parece perderse sobre la bruma de los cerros de Pacho Jovo, más allá de San José adentro. El recuerdo de Mustafá Viana está intacto al lado de Luis el relojero, el mismo que solía decir: “Soy malo y me tienen miedo, carajo”. El nombre de Manuelita Carvajal es sonoro y ella es una vida de risas. Tiene 86 años y aún vive, con el recuerdo de su hijo, que se ríe abrazado con sus amigos, en el retrato de la sala. La casa de Juana Torres, donde me enamoré por primera vez, no es la misma. No recuerdo bien la terraza ronera donde hacíamos las parrandas buenas, donde nunca me sacié de los hermosos ojos verdes de Nubia Pinedo. Aún está el sostén de pirámide invertida al olvido, pintado de gris. Los bizcos siguen siendo unos ases para desvarar bicicletas y neveras viejas. A lo lejos veo la casa de Gustavo Arrieta, a quien recuerdo sentado en la puerta, con su gordura fiestera, y más allá la tienda La despensa de Licho el de Gucho, que murió con el mal de Parkinson y al frente la de Anillito, que murió recientemente. Todavía está el cartelito de bordes azules y el letrero: “se empastan libros”. Recuerdo sus rabietas, cuando se había ganado una lotería, por los asechos de un bastardo a una de sus hijas. Decido doblar a la altura de la tienda del Pechy y Melba Lora, hacia la izquierda. Son poco más de las siete de la mañana. La radio pone vallenatos combinados con música del patio. Los carteles en el poste me indican que hay muerto fresco, ha muerto el papá de los Guette Herrera, esa es la noticia. Avanzo con el radio en la oreja. A los aleluyas les ha ido bien. Un cartel en una ventana, donde Próspero, dice RECARGA. Debe ser que venden minutos y segundos. Este callejón, antes de Los Pegaditos, me recuerda a Clemente Pereira, extraordinario guachar aquero y gran amigo de Miguel. Cleme, quien siempre me nutre de San Jacinto, me recuerda que Miguel le dijo que le había hecho el amor varias veces a una india farota por los lados de Zambrano, cuando fueron a coger algodón a Codazzi. El pueblo no es el mismo de los recuerdos. Al compararlos lo invade a uno un viento de frustración. Estoy en Yuca Asá, la calle de los Sapos o de la Felicidad. Aquí no puedo olvidarme de Juan Carlos Díaz, tremendo periodista nuestro, quien me hizo una llamada para pregúntame sobre este barrio, a raíz de un trabajo del diario El Tiempo, sobre nombres extraños. Además de Ramón Vargas, que nació en la casa que está al frente de la Betilbia Díaz, miro para abajo y veo el callejón donde nació el rey sabanero Rodrigo Rodríguez. Al fondo, sobre el callejón de arenas viejas debe estar la cantina de Jacinto Llerena, cuyo onomástico es el 16 de Agosto. Y pensar que aquellos bebedores de cerveza se atrevieron a poner un equipo de softball con el llamativo nombre de LOS CERVECEROS E JACIO. Más que beisbolistas, eran buenos ladrones de gallinas. Y tan rico que es el sancocho de gallina robada. Yo también lo hice, con Pello Galleta.

La calle más arriba está dividida por un arroyo que baja de la veinte, por los lados de la casa de los Viana Narváez, con El cenizo a la cabeza, otro que ya se fue. Miro a la izquierda y en lo profundo del caño que dobla, observo la casa de los Alfaro Arias, mis amigos de colegio. Al sector le dicen el Guanábano. Antes, en el mismo callejón paralelo, aparte de las casitas mustias de palma y bahareque, han levantado una mansión de varios pisos, que parece perderse en el pueblo viejo, poco antes del arroyo de San Jacinto, cuyas aguas podridas hieden más abajo. Hieden a podredumbre, a escobilla mojada.

Los Ballestas se pusieron viejos, pero siguen con sus ojos verdes intactos. Allí veo su tienda mustia, que se mantiene a pesar del tiempo. Algunas casas han mejorado sus fachadas, como la de los Vega y al frente la tarima Ramón Vargas, sobre el arroyuelo que divide la calle, con sus baldosas marrones oscuro envejecido, y letreros torcidos que no alcanzo a descifrar. El monte salpica la revuelta del arroyo y a la izquierda suspiro al mirar el callejón arenoso de Coco Solo, donde mi Tío Ramón se internaba en los amores con Mercedes y ponía serenatas de amor a viva voz sobre el poste de la luz. Allá observo el ventanal de la casa que sobresale, antes de enfrentar la casa esquinera, la más distinguida de la historia, donde funcionó la escuelita de la Seño Hortensia Guzmán, la madre del ex/alcalde Remberto Anillo . Me sorprende el tremendo aviso en lo que antes fue el patio del colegio, sobre las inmensas hojas de puerta cerrada. “Lucho Olivera, la voluntad de un pueblo”. Fácil es, decía el Gordo García, poner slogans, llamativos e ingeniosos. Lucho, sin duda, un buen tipo, quien supo conquistar una excelente mujer. Además, un hombre que usa muy bien las redes sociales y cuyo quiosco ronero es testigo de la buena inversión, en el mejor whisky del mercado. Un gentleman moderno.

Al dar otros pasos miro la casa de los Guelbreth, a la derecha, donde fuimos a un baile de quinceañeros que hizo furor en la época, por la belleza de las dos hijas mayores, tremendas exponente de la nobleza San jacintera. Eran tiempos en que la muchachada, afiebrados por el fútbol, el billar y la parranda, nos disputábamos aquellas “bellecerias”, pero un día se volvieron inalcanzables y nos fuimos dispersando por distintos caminos. Nos perdimos para siempre.

Ahora, uno se mira en el espejo o mira al viejo amigo y como en la canción de Manrique, “porque las canas cuentan aquí en mi cabeza lo viejo que voy, el brío también declina la fuerza se acaba, el de antes no soy”

Iba imbuido en aquellas muchachas, algo tímidas a veces, su padre se había disparado accidentalmente con una escopeta que había montado para matar intrusos, cuando Gustavo Barraza cerraba la puerta de su casa. De espaldas no lo reconocía, pero al dar la cara, allí estaba. Seguí caminando a su lado cerca de la tienda de carro bravo, pero antes miré hacia el Pio XII por el callejón, donde vivimos los mejores seis años de la juventud. Por allí estaba regado el recuerdo de Pablo Jaspe y de la seño Emilse, mi primera maestre de castellano. Ese primer año, con el primer puesto a cuesta, ella me regaló la primera novela que cayera en mis manos: “El Cristo de Espaldas”. En esa primera lectura ¿Cuándo iba a pensar yo que el sacristán fue el asesino? Desde entonces desconfío de los asolapados.

La manera de cómo llegué al Pio XII es motivo de una crónica que estoy escribiendo. Pienso en ello, en el susto que me dieron las primeras casas, cuyos techos oxidados parecían vientos civilizados, cuando la mula vieja asomó su crin en lo más alto de Loma El Bálsamo y tuve el pueblo para mí, con todos sus arrestos. En ese punto me llama la atención el nuevo Palacio de Gobierno, la antigua sede de la escuela de gaitas y, por supuesto, La Trampa, uno de los sitios emblemáticos de la diversión, donde comenzaba el Mercado, hoy convertido en una casa comunitaria atacada a piedras y en la otra esquina, el eterno billar del Curita. Todavía recuerdo lo colorado que estaba. Temblaba, cuando fue a reclamarme por aquella crónica que le hice: “Un cura que no va a misa y un cirujano que no opera”, con la que me llevé una reprimenda. La crónica fue muy ingeniosa e ingenua, pero demasiado liberal para un pueblo conservador donde todo lo que salía en el periódico debía ser tan solemne que una anécdota era recibida como una burla brutal al implicado. Fueron varios los chascos en ese año rural de periodismo que yo había asumido voluntariamente por tratar de personajes como Pastrana o Petróleo o tomarle fotos a los goleros que estiraban sus alas sobre un poste de la luz después de un aguacero. Y tan serio el padre, decía la gente. Francisco Vásquez, como era su gracia, no me perdonó que le dijera en público lo que a vox populi eran voces en secreto. Esa mañana llegó por casualidad a una residencia a tomarse el tinto, cuando me lo azuzaron. Había arrimado mansito por el tinto mañanero y salió para mi casa como un patoco embravecido. Yo estaba rasurándome frente al espejo de cuerpo entero de la sala cuando apareció. De la rabia que tenía no se le entendía lo que gritaba, por lo que tuve que salir a la calle, barbera en mano, a atenderlo. Mi madre, que era nerviosa y decente, le buscó agua para que se serenara y antes de que ella reaccionara por la querella que Pacho que llevaba, me fui a San Juan Nepomuceno a cubrir una noticia. Sus hijos me estuvieron cazando en las oscuranas del pueblo para matarme, pero con el tiempo se les pasó la rabia. Al otro ofendido, el padre Javier Cirujano Arjona, simplemente lo eludí diciéndole que yo no era Alfonso sino Henry y como nos parecíamos, me fue fácil engañarlo. Al contrario, el creía que yo era el jugador de buchácaras y que Henry era el santo, siendo lo contrario. Un día que pasaba distraído frente a la casa cural me cogió de repente al llamarme por mi propio nombre, de modo que no pude eludir su regaño. El padre Cirujano estaba sobrio y afable aquella mañana en que me dijo que los periodistas debíamos estar con los buenos porque los pilares del pueblo se estaban derruyendo y se necesitaba el cuarto poder a su lado. “Id por el mundo pregonando las buenas cosas”, alcanzó a poner en el altar de la iglesia, antes que lo mataran. Siempre pensé que el letrero iba dirigido a mí.

Mientras pensaba en Cirujano, al doblar por La Trampa hacia La Gloria, sufrí un terrible impacto al ver, parado en la esquina, lo que parecía un cadáver. El peluquero Trujillo, con una cara demacrada por la vejez y por el ron, no me reconoció sino cuando ya avanzaba por la casa de la Fiscalía, donde estaba la farmacia Modelo. Me llamó varias veces, seguro que para pedirme para una botella de trago, pero el radio que yo llevaba en la oreja no me dejó escucharlo. Eso fue lo que fingí para desatenderlo. Tampoco quería enfrentarlo en medio de su borrachera. Pensé en Miguel, que si no se frena, estuviera igual. Manrique toma, pero es responsable con su familia y con él mismo, viviendo en aires de dignidad. A la izquierda sigue el taller de los Díaz y más adelante la famosa caseta Tres Esquinas, de memorables conciertos y riñas de gallos, donde un niño le dijo a Poncho Zuleta que no era de oro, que se trataba de un simple mortal. Alguna vez, durante un baile con El Binomio de Oro, tuvimos que volarnos por la parte trasera de la gallera. Al cruzar el puente no pude dejar de pensar en aquel alcalde, Alfonso Lentino, cuyo paso por la administración fue memorable. Él ordenó construir el puente, que ha permanecido a pesar de los inviernos desbordados y el tráfico incontrolado de mulas. Vi correr las aguas putrefactas del rio San Jacinto bajo el puente y no pude olvidar los chistes de Carlos Barraza y los célebres mojones de Agustín Codazzi, que no pudieron ser hallados en esa zona, más si los de Pacho el Curita, Joche Puello y los vecinos que cagaban por allí bajo el asedio de los cerdos.

La Gloria es la Gloria. Ha sido quizás el barrio más importante de San Jacinto. La primera casa es la de Santi y después la de Juvenal Castellar, celebre en los cuentos con Luis Viana el relojero. Y allí, por supuesto, vive nuestro personaje, Miguel Manrique Barras, cuya casa esquinera está resguardada por una guitarra labrada en madera. Es como una extensión poética de la madera. Pero antes de doblar para enfrentarlo, largo mí mirada calle arriba y entro al cementerio de los godos, donde yace mi madre, Virginia Fernández, Andrés Landero y varios gaiteros. La Gloria no solo tiene hospital sino campos de fútbol, softball y microfútbol. Tiene el Pio XII, de donde egresé, tiendas famosas y donde pervive la historia de Landero y Manrique. También tiene al colegio León XIII, que estaba en Las Palmas.

Ahora que ya en ruto mi mirada a mi destino, no puedo olvidarme del gallero Nato Torres, quien logró levantar una familia formidable, al frente de lo que fuera La Manguera, la paja donde no solo se iba a robar mangos, sino a conquistar tiernas pollincitas. Donde está la casa del compositor funcionó una cancha de micro, en la que hice muchos goles, y el colegio de José Miguel Tanus, el Liceo Bolivariano. No fui un mal futbolista, pero en el micro nadie me ganaba. Alli dio sus primeros pasos administrativos María de la Concepción Torres Brieva, Mary, a quien ya le decían “La dama de hierro”. Creo que fue una de mis primeras crónicas sobre un conflicto.

La puerta está entreabierta. Entro con sigilo, de pura maldad, pisando en la punta de los pies. La sala yace vacía. Miro el espejo sobre la pared desnuda, observo las fotos sobre la mesa, carraspeo y aparece Miguel, con esa sonrisa de siempre, lanzándome aquella frase descomunal.

– ¡ Carajo y pues me caes mal.

II

Terminadas las fiestas, San Jacinto parece una postal de la guerra. He despertado en mi hamaca, en el quiosco eterno. El frio es más intenso que nunca. Anoche no fui a la plaza, porque se vino un aguacero repentino, con brisas y truenos, que ahuyentó a los parranderos. Las fiestas se han convertido en una colcha de retazos, en una especie de torre de Babel, donde hay de todo: corralejas, gallos, cabalgata, parrandas mil, casetas y al final el festival de gaitas, que anoche languideció pese a la presencia de varios países. La presencia de público no fue muy notable. El aguacero espantó a la gente, pero llovió rápido y enseguida fueron brotando los parranderos de los alares de las casas donde se había refugiado. Al despertarme, atacado de frio, me estiré un poco y mientras orinaba en la cola del patio, alcancé a escuchar las gaitas tristes y alegres que cerraban el festival. No dormí más, pero quería saber el resultado de los concursos. ¿Cómo le habría ido a Miguel Manrique? Desde 1989, en que se hizo el primer festival, Miguel ha sido protagonista. Debo hablar con Belydys, quien le lleva la cuenta. Miguel vive de la fotografía, que es una actividad incierta, combinándola con la música, que también ha sido afectada por la piratería y avasallada por nuevas olas. Miguel usó, desventajosamente, cámaras de rollos hasta hace dos años y hoy se combate con los celulares convertidos en cámaras y el selfies de quienes estamos enfermos de vanidad y vivimos la vida en directo.

Desde que se acerca agosto, Miguel empieza a bregar con la guitarra, escribe los versos en aires de gaita, y se prueba con Bleydys, que opera como control de calidad. Con el cuaderno como atril, guitarra al pecho, y Belydis vigilante, mientras el nieto le toma por la manga del pantalón, el artista pule su canción, que muy seguramente estará en el pódium. El premio de seguro alcanzará para apaciguar viejas deudas, para el viaje de Bleydys a Barranquilla que se apresta a recibir un nuevo nieto y para prender el fogón. Para el arroz de tarde, el bendito Curemo.
Casi no espero el desayuno para ir a la plaza. Esta vez no quise caminar, prendí mi Cherry QQ y fui al centro, que parecía como bombardeado por los cuatro puntos cardinales. La cantidad de desechos, bolsas vacías, botellas de ron y carpas, estaban aún como si el evento no se hubiese acabado. El tráfico, para ser temprano, era pesado en esas calles tan estrechas. Los montoncitos de gaiteros con sus morrales y tambores a la espalda, caminando por las calles de pavimento roto, daban cuenta de que ya era la retirada, después de cuatro días de juergas.
Sin buscarlo, encontré a Manrique, más amanecido que un bombillo. Estaba vestido de blanco y atravesaba la calle, frente al Sena, con su maletín de fotógrafo repleto de ron. Su moto estaba parqueada en la acera, a la derecha. Le habían dado el tercer puesto, con trofeo, y 450 mil pesos, de los que le dio cien mil al grupo acompañante. En una de sus manos llevaba un jugo de guanábana frio depositado en una bolsa plástica transparente. Como siempre, se entusiasmó al verme e inmediatamente me invitó a su casa. Estaba más armado que Cuba contra los Estados Unidos, abrió el maletín y me mostró la botella de Whisky Intacta:
– Y en la casa tenemos más, me dijo.
A ello se le encimaba un sancocho de tres carnes, si lo acompañaba, me insinuó.
Le dije que fuera siguiendo y que me esperara, que iba a la variante y regresaba, para seguir la entrevista.

Como cosa natural, a mi llegada Miguel no estaba. Ha dejado todo dispuesto para mi atención, pero se ha ido. Es difícil que se mantenga en un solo lugar. Siempre sus piernas lo llevan de un lado para otro. Sus piernas o su moto. Bleydis, que ya ha reposado su guayabo, sale a atenderme. Y con ella el niño, que una vez escucha la gaita, mueve su cintura como todo un experto. Las gaitas que suenan al frente, donde se bajaron unos gaiteros, no solo han atraído a Miguel, que debe estar allá, sino al niño, que se mueve con una soltura y se ha puesto a llorar, porque una vez terminó la pieza, fue como si le hubiesen quitado un dulce.
No tiene dos años, es el hijo menor de Miguel Junior. La mayor, de seis años, fue vestida de cumbiambera, llevada a un grupo, pero no le prestó atención. No le gusta, porque eso nace. Y con este niño, que se muere por la gaita, la familia Manrique Rodríguez, parece tener asegurada la continuidad de la música en la familia. ( San Jacinto, 21 de enero de 2015)

(Continuará)

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Alfonso Hamburger

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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