Miguel Adolfo Pacheco, al ruedo!

El Hijo del juglar:
SOY IGUAL A PAPÁ, SÓLO ME FALTA LA FAMA, MIGUEL ADOLFO PACHECO.

Por ALFONSO HAMBURGER.

Fue en aquella friolenta Bogotá del año 1984, menos gélida que la de los años sesenta por ventura, cuando el gran Adolfo Pacheco Anillo, juglar de los Montes de María, grababa el tema «Gallo bueno» en el sello Sonoluz, en que una llamada interrumpió su trabajo. Era su hijo Miguel Adolfo, desde San Jacinto quien en esas calendas tenía 18 años, una mujer preñada y aún no sabía qué iba hacer con su vida, no obstante de que su papá le tenía la vida asegurada y no dejaba de darle consejos para que no cometiera sus mismos errores. A sus cuarenta y tantos años, Adolfo no tenía un cargo fijo y sí muchos tropezones amorosos, que le dejaron ocho hijos con cuatro mujeres y una vida de pesares.

«No vayas a cometer mis errores» le dijo Adolfo a su hijo, una vez supo que éste  había iniciado muy temprano su etapa procreativa.

Miguel Adolfo Pacheco o Adolfo Pacheco Junior, vuelve al ruedo.

Adolfo Pacheco Anillo, el gran juglar que hoy atraviesa su mejor momento en el alma de Colombia, no pasaba por una buena situación. Era un hombre apasionado con los múltiples emprendimientos que llevaba a la par para sacar adelante la tarea de ser un hombre importante y cumplir los sueños del Viejo Miguel de convertirse en un congresista que incendiara a Colombia con sus discursos. Adolfo buscaba comunicarse. Un sicólogo le advirtió que Pacheco siempre buscaba en la mujer la figura de Mercedes Anillo, su madre, que se había ido para el cementerio cuando él solo tenía siete años.

Eran los tiempos en que ni el tiempo ni la plata le alcanzaban para cubrir los gastos y los espacios de una vida azarosa. Era político del ala conservadora de Rodrigo Barraza Salcedo, después que había militado en la izquierda bogotana, donde descubrió que era negro, un negro malparido, como le increpó aquella mujer que vio desnuda en un baño después de escapar de un hombre, tras haberse fugado a toda carrera de un restaurante chino porque no le alcanzó la plata. Lo salvó que tenía buena física y no tuvo más remedio que meterse en el baño de las mujeres del periódico El Espectador, donde fue insultado y descubrió que era negro, un negro malparido —para más señas–, lo que lo estrelló contra una realidad dura que antes no entendía y que lo puso a reflexionar sobre quién era de verdad.

En esos tiempos, Adolfo había adquirido un terreno- Andalucía-  en un sector escabroso de Las Palmas, la tierra de Julio Fontalvo, tan quebrado que lo bautizaron El Serrucho, donde fue acusado de usar máquinas del Gobierno para abrir la carretera propia valiéndose de sus influencias y por lo que se lío a puños con El Cabo Juan Rojas, del ala azul de Jesús Puello Chamié. Eran tiempos en que todo lo quería resolver a los puños , mientras se acomodaba en el mundo y buscaba la forma de comunicar sus talentos. Menos mal que la música lo iba atemperando, mientras los gallos finos peleaban por él. También era gallero y casetero.

Adolfo Pacheco Anillo buscaba comunicarse.

Aún Adolfo, que tenía cuarenta  y tres años , y ocho hijos con cuatro mujeres distintas, no le había cogido el gusto a su música, que vino a descubrir como los gaiteros, después de los sesenta años, en que se decidió caminar de la mano de su obra en tertulias, conciertos y parrandas , entonces se hizo una celebridad.

Todavía no había lamentado como ahora su separación con Ramón Vargas por un mal entendido con Alfredo Gutiérrez, su director artístico en Codiscos , durante unos carnavales de San Jacinto en su accidentada carrera de empresario al lado de su suegro Rubén Anillo y del alcalde del Cemento, José de La Cruz Rodríguez, en la famosa caseta Tres Esquinas. Sólo grabó con Ramón Vargas nueve LPs cuando pudieran ser más. Inconforme , como siempre, también se terminó quejando de la cantidad de temas.

La gallería, la parranda, las casetas con su suegro nuevo, Rubén Anillo y su sociedad con el alcalde del Cemento, José Rodríguez Marrugo, más la actividad proselitista como diputado de Bolívar y después como Secretario de Transportes y Tránsito de Bolívar , lo mantenían hecho un saco de anzuelos, enredado.

Adolfo no tenía sosiego. Andaba en un campero viejo que ponía de pretexto para escaparse de las garras de la doctora, a quien le hizo veintidós canciones, desde El Tropezón hasta caer rendido en Me Rindo Majestad. Apenas sus hijos mayores empezaban en la universidad. Y el haber alcanzado un nuevo status como abogado para rayarle los ojos a aquella mujer de alta alcurnia a la que se le rindió a los pies ,con múltiples tropezones, le exigía mayores ingresos.

Primero quiso establecerse en Cartagena hasta recalar como el viejo Miguel en Barranquilla, donde se convirtió en un estrato siete de puertas para adentro y un tipo popular en la gallería, donde era libre y recibía los abrazos de sus amigos. Lo que se ganaba en la música se lo gastaba en los gallos. Su chiquero estaba lleno de cachivaches, como le decía Ladis Matilde, para restregarle su oficio de gallero, que era, según ella, un pretexto para ser un sinvergüenza, fracasado en el intento de tener muchas mujeres.

Un abrebocas de una entrevista aplazada.

Allí, en la cabina donde grababa gallo bueno reconoció que estaba tan mal, que no pasó por alto que este bello merengue de narrativa vallenata y embazado en aires sabaneros, se lo habían eliminado en el festival Nacional de acordeonistas de San Juan Nepomuceno, donde le tenían cola a los San Jacinteros y la canción no había pasado de la primera ronda, mientras la casa de los Serge estaba llena de guajiros. Recordaba que aquella noche había sido menos lúcido que Miguel Manrique – a la postre único finalista de San Jacinto- quien evitó una tragedia. Pacheco se presentó borracho con una botella de Tres Esquinas enguacharacada en la pretina, de madrugada, donde los directivos festejaban su maldad. Estaban bebiendo Wiski fino, con los ganadores, todos vestidos de blanco y descalzos, pero Miguel Manrique lo atajó y se lo llevó para San Jacinto en un carro de plaza para que no cometiera una locura.

Adolfo había empezado a tener problemas con Miguel Adolfo Pacheco Lora, su primer hijo con Judith Lora, porque este era muy parrandero, quería seguirle los pasos de tal manera, que no sólo cantaba y componía, sino que ya tenía una mujer preñada .

Miguel Adolfo había sido bueno para las ciencias naturales durante el bachillerato y quería ser médico, pero si no pasaba en la Universidad de Cartagena, como de hecho sucedió, no estudiaría, porque las universidades privadas eran muy caras e inalcanzables para su bolsillo de jugador de gallos.

De modo que la llamada de aquella mañana friolenta de 1984 en Bogotá, iba a ser agridulce para el maestro.

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Miguel Adolfo Pacheco Lora, el pechichón de papá, el retoño predilecto, tuvo el privilegio de nacer en San Jacinto, Bolívar. Y dentro de San Jacinto en el barrio La Gloria, a una cuadra del maestro Andrés Landero,en una casa de palma grande, de patios como una luna amarilla, con vecinos que se prestaban la candela a través de la cerca recortada por la brisa. Por allí disfrutaban de la vida el profesor Samuel Olivera, Cable de Buque, Marquitos Sierra y Miguel Manrrique, además del nato Lora y una constelación de estrellas. Lo único que a veces transtornaba la música era un balón extraviado del campo de fútbol, cuya algarabía fanática, alegraba el ambiente, mientras uno que otro camión pujaba al sur subiendo Las Mellas.

  Casa de Andrés Landero, en el barrio La Gloria de San Jacinto.

La Gloria tenía de todo. Hospital, cementerio, canchas deportivas, personajes propios, la peluquería de Miguel Vásquez y sus mellos, una planta de luz, talleres de desvarar autos, muchas tiendas , farmacias, una casa de citas,cantinas,colegios y un bosque de mangos , con un calllo de burras complacientes.

A San Jacinto llegaba todo poeta que quisiera ser grande. El Gurrufero, una ideal del maestro José Vicente Caro, era el lugar de encuentro predilecto de los artistas que llegaban a San Jacinto. Algunos se quedaban para aprender o recoger canciones,como Lisandro Meza y Alejo Durán, quien no alcanzó a grabar el viejo Miguel en ritmo de paseo porque no se aprendió todas las estrofas.

Pero también llegaban ganaderos que se demoraban semanas parrandeando donde Landero ,entre quienes figuraban Emilio Barguil, Nano Cogollo, de Cereté y Nicanor Vega,del Magdalena, quienes le metían dinero en los bolsillos a Landero cuando los complacía con sus canciones preferidas.

El viejo Miguel Pacheco Blanco y Pepe Rodríguez,el profesor, eran de los hombres más pudientes del pueblo y habían enviados a sus retoños predilectos- Adolfo Pacheco Anillo y José Domingo Rodríguez – a estudiar sendas carreras universitarias a la Universidad Javeriana de Bogotá, en los finales de los años cincuenta.

Rodríguez jalaba la arquitectura y Pacheco la matemática no más.

Y toda aquella esperanza de ser un profesional se la llevó el destino. La muerte de Mercedes Anillo en 1947, cuando Adolfo Pacheco tenía siete años, desordenó al viejo Miguel, que vertió sus amores en varias mujeres y se quebró económicamente.

El pretexto de Adolfo para evadirse de la pensión de Bogotá, donde iba a dejar algunas cosas, fue que viajaba a San Jacinto a tramitar la libreta militar. Todavía lo están esperando.

Los dos estudiantes volvieron a encontrarse en las aulas del Instituto Rodríguez, donde Adolfo empieza a hacer sus primeras canciones, siendo profesor de matemáticas y preceptiva literaria. Quería mochar cabezas. Tumbar las estatuas de los españoles y erigir a los héroes populares.

Hubo muchos amores frustrados y algunas conquistas, en medio de una bohemia que no lo llevaba por buenos caminos. La situación económica no era bueno. Miguel Manrique, que era un adolescente solo tomaba gaseosa y le daba ilusión en la guitarra.

Entre sus conquistas, a sus 23 años, aparece Judith Lora, una hermosa rubia de solo trece años ,de los Lora monos y ojos rayados, orgullosos y dignos, pero sin plata, según reza en el tema El Pechichón de mamá.

Se fueron a vivir al barrio La Gloria, allí pasan la luna de miel y donde el cinco de junio de 1964 nace el pechichón de papá, Miguel Adolfo Pacheco Lora, un niño rollizo, que se iba a convertir en una de las inspiraciones más grandes del poeta, después que Escalona le había hecho una casa en el aire a Ada Luz para que no se la molestará nadie y Calixto Ochoa había compuesto lo propio a su retoñito, el gran niño inteligente.

             En esta casa vivió Miguel Pacheco Anillo y despues viene la casa de Judith Lora.

Fue tan grande la emoción del padre, que ese mismo día le brotó un torrente de inscripción, haciendo tres de sus mejores canciones.

La emoción de Adolfo con su primogénito tenía unas razones profundas y que iba a proteger en el pechichón de mamá, tema en el que escribe su testamento cantado. Desde niño Adolfo tuvo inclinación por la música. Pasaba tocando tambores, guacharaca y guitarra. Ya estaba adolescente y no le prestaba atención a las mujeres, pese a que se había iniciado en el amor con una vecina a través de las astillas de la cerca, en forma clandestina. El viejo , sospechando de que su hijo llevaba una actitud extraña y no no lo permitiera Dios que fuese a salir con desviaciones de género, orquestó un plan.

En casa del Viejo Miguel trabajaba una hermosa muchacha San juanera mucho mayor que Adolfo. El viejo Miguel ,con el consentimiento de ella, los encerró en una habitación y les puso candado.

De aquella aventura nació Andres Pacheco Serrano, quien lamentablemente murió, cuando también se proyectaba en el canto.

Adolfo lo quería,sin duda, pero al nacimiento de Miguel Adolfo, dado el romance intenso con Judith y el nido de amor en La Gloria, lo hizo llenar de júbilo, sin pensar que iban a llevar una vida paralela y que su pechichón iba a repetir sus mismos errores, especialmente con las mujeres.

Gabriel García Márquez se identificaba con Adolfo Pacheco porque ninguno de los dos había coronado una carrera y se habían fugado de Bogotá en circunstancias parecidas. De modo que Pacheco se esforzó para que sus hijos fueran unos profesionales intgros.

Su labor como profesional no le daba el dinero suficiente. Es el tiempo en que se une con Miguel Manrique para poner serenatas.

La quiebra del viejo Miguel,en un pueblo bellamente difícil como San Jacinto, era una catástrofe moral. Las cosas iban a reventar cierta mañana, cuando su mujer fue a comprar los aliños y las vituallas para el almuerzo y un borracho empezó a enamorarla. Ella calló para evitar una tragedia, pero pronto el chisme se regó por el pueblo.

Ante tanto dolor, buscando consuelo, paz y tranquilidad, el Viejo Miguel del pueblo se fue muy decepcionado el quince de abril de 1965, cuando su nieto no había cumplido el año.

III

A los cuatro años, Miguel Adolfo se vio tocando una guacharaca, en una parranda donde Interpretaba el acordeón el maestro Andrés Landero. Es la imagen más remota de su memoria de niño feliz ,en medio de la celebración de Nabonazar Cogollo, Imbram Barguil y Nicanor Vega, que le metían billetes en los bolsillos.

Era un niño prodigio para la época. Adolfo estaba tan feliz, qué llegó a comprobar que cuando su primogénito actuaba en las parrandas ,tocando guacharaca, golpeando el tambor o cantando al lado de Landero, recogía más plata que él mismo. Los visitantes eran felices llenando los bolsillos del niño.

La situación se fue apretando, porque después nacieron Olga, Mercedes y Adolfo. Y los ingresos eran casi los mismos.

Ahora que tiene 58 años y quiere retomar su vida de juglar a la par de su papá, Miguel Adolfo recuerda que fueron quince años de felicidad los que la familia vivió en San Jacinto, antes de que Adolfo Rafael se volviera a dar otro Tropezón.

Miguel asegura que fue su madre quien no quiso casarse con el juglar, cuando él se lo pidió, y que si lo hacen, muy seguramente el matrimonio se hubiese conservado.

Adolfo empieza a trabajar en el colegio departamental Pío XII, de una disciplina religiosa conservadora. No le podían renovar su contrato mientras siguiera viviendo en concubinato. Él le imploró, le pidió matrimonio, pero ella no quiso, porque estaba herida. Pero eso sí, decidió no buscar más marido, para resguardar su moral y la de él, consagrando su vida al cuidado y educación de sus cuatro hijos.

Se convirtieron en los mejores amigos que siguieron reuniéndose cada vez que tenían que resolver un conflicto familiar, como cuando a Miguel Adolfo, recién graduado de médico, y con dos hijos naturales de relaciones fallidas, se le dio por casarse con una rubia ojos azules en Ciénaga, Magdalena, con el afán de organizarse y evadir otras relaciones.

De familia humilde, los Lora ,que tanto se habían sacrificado en la educación de Miguel Adolfo, tenían la esperanza que el nuevo profesional empezara a trabajar con disciplina y ayudara económicamente a sus hermanos menores.

Miguel Adolfo confirma que era muy loco con las mujeres, porque apenas en el bachillerato preñó a su primera mujer, a escondida. Eran dos adolescentes que le dieron rienda suelta a las pasiones. La muchacha se fue para Cartagena para esconder la barriga, pero fue imposible. El nombre de la niña fue matador: la puso Olga Mercedes Pacheco Guzmán, hoy toda una profesional.

Viendo que su pechichón llevaba una vida desordenada con las mujeres y que corría el riesgo de cometer sus mismos errores, Adolfo lo llamó a un diálogo , pero más pronto que tarde, Miguel Adolfo iba a embarazar a otra mujer, sin haber terminado sus estudios.

El problema no era de las mujeres, sino de Miguel Adolfo, por eso su padre amenazó con castrarlo para controlar sus impulsos de padrote suelto y sin frenos.

(Continuará9

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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