Crónicas

Luis Felipe, el último de una generación de gigantes

Por Alfonso Hamburger

El cadáver de dos días causó en la concurrencia una ola de devoción poco vista en el pueblo, bajo un sol quemajoso de casi cuarenta grados. Faltaban quince minutos para las doce del mediodía y el ataúd en que fue llevado al cementerio, parecía incapaz de soportar sus uno con ochenta y cinco de estatura, en la que Luis Felipe cabalgó las corralejas sabaneras como el rey de la garrocha. No hubo desmayos por el sol ni por la emoción del acto, porque la mayoría de los concurrentes eran hombres. La multitud que lo acompañó desde la pequeña iglesia a través de una calle de pavimento roto y patios esplendorosos a los lados, como recién barridos por una brisa de remolino, se fue comprimiendo en la capilla del cementerio, demasiado estrecha, como cuello de botella, después que habían entrado en una manga cuyos costados eran una hacienda en verano y un cultivo de yuca reseca, como la cabeza de un calvo de mierda. La banda recogida, que interpretaba porros y fandangos para rememorar los buenos gustos del difunto, parecía empujar a la multitud, que se precipitó, comprimida, contra el ataúd. Alguien levantó la puertecilla del ataúd y enseguida las miradas empezaron a esculcar su alma, como si en cada observada, penetraran en su monumental historia.

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Luis Felipe era el último de una estirpe de hombres machos, monumentales, que hicieron de la garrocha y la corraleja un modo de vida. Solo un hombre de baja estatura, de cara fileña y requemada por el trópico, decidió sacar aquella gente que miraba el muerto del éxtasis eterno del chismoseo, en que cada mirón parecía detener una película sobre la sangre del personaje. Agarró el ataúd por una de las asas y lo jaló hacia delante, entonces otros se fueron pegando y pronto el garrochero empezó a cabalgar los últimos metros, antes de entregarse de lleno a la madre tierra, como un bocado de grandeza.
La gente se fue dispersando calladamente bajo el abrasante sol, mientras los más cercamos seguían su lento cabalgar hacia el centro de aquella tumba del cementerio, al lado de sus padres, sus abuelos y su mujer, muerta dieciocho meses antes.
Yo, que había estado observando el ritual de abrazos, de miradas, de conversas a baja voz y las carcajadas de los chistes, di la vuelta, hice un atajo por la orilla, para evitar el ahogamiento del momento, entonces me sentí naufragar en aquel macondo que nos atrapaba.
El hombre que era grande, había sido despedido con monumental grandezas, dejando una estirpe con la misión y el compromiso de engrandecer su herencia, que no era de tierras y ganado, sino de sangre.

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1 Comment

  1. Mario Eli Arrieta
    6 marzo, 2020 at 4:55 am — Responder

    Como todas tus crónicas, está te quedó BUENISIMA Y MEDIA CON CUATRO ONZAS Y DOS RAYITAS MÁS…!!!😊.
    Fuerte abrazo de un admirador…
    Mario Eli.
    Buenavista Sucre.

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