Luis Alberto Ortiz Luna: EL CAZADOR DE PERROS Y DE POEMAS.

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Por Alfonso Hamburger

Se lo dije duro para que todos escucharan, bajo el fragor de una luna empañada de abril, en toda la esquina de la calle 22 con carrera 17(Antonio Nariño, de Sincelejo) sirviendo el tinto y de testigo el gran Fujimori. Escucharon, además, el vendedor de patillas del otro lado, los moto taxistas que violan las prohibiciones y los caminantes de la mañana: ese libro de Luis Alberto Ortiz Luna es como las tiendas pequeñas, que se les hace el inventario desde un avión a bajo vuelo. Era apenas la metáfora para calificar un opúsculo de 38 poemas cortos, pero profundos, sobre los interrogatorios a la muerte, quizás para salvarse de ella, de alguna manera.

LUIS ORTIZ L
Amaury Pérez Banquet, en parte cómplice de estas travesuras, a quien acababa de morder el perro y debía pagar los tintos, apenas sonrió, apoyándome en mis disparates.
Son tan breves y claros estos retozos poéticos de Ortiz Luna, que el poeta Jorge Marel recibió el libro a las diez de la mañana de ese mismo día, recién desempacados de Bogotá (diez de abril pasado) en el puerto de Tolú y a las cinco de la tarde ya estaba cantando su palabra, con una reseña seria, que no duda en calificar, como una claridad en la penumbra, que por lo menos doce cantos antológicos de la poesía de Sucre y del Caribe, contiene este libro, que ha llegado entre las cosas buenas en medio de las lluvias de abril. ( ver recuadro, tomado del Facebook )

II

Hace unos años vi caminar a paso ligero y cabeza gacha con un rimero de libros bajo el sobaco del brazo derecho a un mestizo de mirada limpia y cara de loco, que destacaba por su pelo engominado con unos claro- oscuros del hombre pensante. Supe que acababa de venir de Cartagena, donde había recorrido de pies a cabeza cuanto burdel y cantina hay en el corralito de piedras. Era un bohemio sin rumbos. Me agregaron que había venido a discutir una herencia dejada por sus padres. Sus rumbos siembre lo llevaban, del mismo modo, y casi con la misma pinta, al barrio Mochila, cerca del lugar en que se cayeron las corralejas, donde tiene oyendo radio a los vecinos. Con el tiempo su figura mulata, mas india que negra, empezaron a verla en cuanto acto cultural había en Sincelejo. En los tiempos de Jorge Martínez, José Luis González Mendoza y Jorge Gómez Jiménez, en el fondo Mixto lo vieron más. Ellos lo apoyaban. Entonces recorría el mundo declamando poemas ajenos que hacia como hijos suyos. Fueron los tiempos en que un día me paró en la calle (al fragor del sol de las once) un moreno de nuca gruesa que caminaba con las piernas torcidas, como futbolista en retiro, y me entregó un libro de pobre edición (El Líder) y mientras volvía a perderse en la muchedumbre dijo ser uno de mis admiradores de la televisión. Era Amaury Pérez Banquet, quien se llevó una mala impresión de mí, pues no soy analista literario, aunque parezca. ¡Le había dejado su libro a medio leer!. Con el tiempo, los dos tipos que me encontré en la calle, se convirtieron en casi uno solo. Se celebran sus chistes y ocurrencias, pero cuando han de ponerse serios lo hacen. Destacaba y aun – pese al éxito de su libro- en Luis Alberto, su humildad. Ortiz, quien se gana la vida enlazando perros y gatos y ratas para librarlos de la rabia y otras enfermedades y pestes, es el tipo presto para empujar el carro cuando nos varamos, abre los portillos cuando vamos al campo, se sube al techo de la casa a arreglar la señal de la parabólica, está presto para completar la vaca, hace los mandados y hasta es capaz de atendernos con el vaso de agua, cuando hablamos en la radio. Es un poeta que jamás olvida o deja en los pretiles su entusiasmo genuino.
Luis Ortiz luna nos presta su hamaca, nos da ánimo en los guayabos, no falla en los diálogos de pretiles y hasta va a cobrar el libro que el tramposo político de turno no quiere pagar, por eso nos preguntamos en qué momento supo sacar tiempo de sus avatares de técnico ambiental para construir una obra tan meritoria?
Me cuenta Amaury, mientras hablan de amoríos y de perros y de ratas rabiosas que caza en las alcantarillas y da consejos para la buena manipulación de alimentos, que Lucho ha ido construyendo su obra a la par que cumple su labor técnica. Como aquel tendero de San Jacinto, que hacia los poemas a sus enamoradas en el papel de estraza en que envolvía los 20 centavos de azúcar, Luis Ortiz Luna fue escribiendo los suyos en las servilletas de los restaurantes, en las facturas de las cantinas, en los cuadernos de sus sobrinos y a veces en la palma de su mano, cuando la musa le llegaba, y así no dejar escapar el momento irrepetible, porque sus poemas son como un fuselaje en la noche, como el pestañeo de una morena en la orilla del mar, o como el mismo bostezo.
Creo ahora, tirándomelas de analista, que los cantos de Luis Ortiz Luna, son como una manera de zafarse de la muerte, para convertirse en un hombre eterno.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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