Crónicas

!Huellas de un hombre que ha hecho de todo para invertir en el periodismo!

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              En esta caricatura, publicada en Agenda Noticiosa en 1988, aparecen los periodistas de Córdoba, bajo el yugo implacable del entonces Gobernador Josè Gabriel Amin, de turbante. Aparece el autor de esta nota, con el  Tandy 2000 abrazado.

JORGE OTERO, EL DE LOS MONICONGOS GENIALES.
– La caricatura mordaz y sin contemplación, que da claridad al periodismo.

Por Alfonso Hamburger

Si la memoria no me falla, el primer computador- aunque con una capacidad de almacenamiento ínfima- que tuvo el periodismo monteriano, fue un Tandy 2.000, que la agencia AFP le suministró al periódico El Universal, en su época moderna de impresión en frìo. Este aparatico blanco, que tenía solo la capacidad para escribir y almacenar una página tamaño universal, llegó con un hermano asombroso: un data foto, en el que Jorge Carciofi se gastaba media hora, conectado al teléfono, para enviar cada foto. No era mucho, pero era más ágil que el viejo telégrafo que trabajaba con manteca de cerdo.
Me perdonan mi digresión emotiva en primera persona, pero la primera vez que la prensa Monteriana supo que yo existía, salí caricaturizado en el periódico Agenda Noticiosa, con aquel Tandy 2.000 en mis piernas, en el baño, haciendo una deposición tranquila. Allí supe de la fuerza del periodismo y su poder acusador. Aquietante. Sentí que había mil ojos vigilando mis pasos, que alguien me seguía, que no podía portarme como un muchacho malcriado y que mi llegada a El Universal como coordinador de Córdoba no había pasado desapercibida. Era Septiembre de 1987. Había llegado al cargo el sábado 16 de Agosto. No lo podría olvidar jamás, pues a mi salida de San Jacinto con una maleta mocha a mi primer empleo, a las cuatro de la tarde, sacaban la procesión de San Jacinto de Duanga, nuestro patrón polaco. El domingo 17, día de Santa Ana, me enfrenté por primera vez a aquel Tandy 2.000, que reventé con varias noticias parroquiales y cuando las fui a enviar por la tarde, borré todo. Y Edgardo Olier, quien coordinaba en Cartagena, salvó mi pellejo con un tema que tenía de reserva. De allí en adelante me apoderé de aquel aparato genial, pero limitado si lo comparamos con la tecnología de hoy.
A fe de buen cubero, confieso que nunca fui al baño con el pequeño computador, que conectábamos al teléfono y en segundos el texto estaba en Cartagena, pero la forma como Jorge Otero Martínez me presentó ante la opinión pública fue tan contundente que tuve que revisar mi conducta. Ese es el poder de la caricatura, cuya labor no es descomponer rostros, sino de señalar realidades aunque parezcan subjetivas. Aquello golpea como un lapo contundente. Fue como un editorial critico de recibimiento a un forastero que nunca se sintió como tal. Esa era la forma en que el colegaje me percibía, quizás la de un joven delgado con cara de cura, engreído, porque ese era quizás el medio escrito más importante de la época, cuando El Espectador empezaba su decadencia. Transcurría la época más violenta de Córdoba, con más de 700 muertes violentas anuales y aùn no me explico cómo le dieron esa responsabilidad a un muchacho montuno y sentimental que en vez de tirar para la ciudad se embocaba para el monte. El ambiente era hostil, acababa de salir del cargo Pompilio Barrios, amenazado de muerte por haber develado el escandaloso robo a Montería. Mi nombre había sido impuesto por mis amigos de Universidad por encima de veteranos de mil guerras, quienes se quedaron esperando el turno. No sé aún cómo superé aquel momento de presión, porque sentía que Jorge Carcciofi usaba en demasía el único teléfono, mientras se divertía cuatro horas seguidas mandando fotos y yo quedaba con la carabina al hombro. Me sentía bloqueado, que me marcaba e imponía el paso y yo debía de fondearme, porque el tipo me pegaba adelante. Creo que el cubrimiento de la masacre de La Mejor Esquina, la primera de los paramilitares y por la que no se condenó a nadie, en abril de 1988, donde me fajé una crónica inmortal, de memoria, de ambiente, me salvó el pellejo; entonces fue peor, porque me pidieron para la página judicial de Cartagena, que había quedado acéfala después de la ida de Pepe Embuste, hoy uno de los abogados mimados del clan Char, en Barranquilla. Yo salvé mi pellejo después de vivir mis catorce meses más felices y arriesgados del periodismo. Me regresaron a Cartagena, pese a mis pataleos de no querer irme, comenzando octubre de 1988, pero con el lamentable suceso de que a mi compañero de oficina, con quien andaba para arriba y para abajo en una moto Yamaha 250, Oswaldo Regino Pérez, el Muela, lo mataron diez días después.

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Lo más importante de esta historia fue la contundencia de la caricatura de Jorge Otero, que sin lugar a dudas me hizo poner los pies en la tierra y aterrizar en el ambiente hostil, de mucha adrenalina, que se vivía en Córdoba, en un año donde mataron al diputado Perea, a dos periodistas, a varios concejales y dirigentes gremiales, a un coronel de la Infantería de Marina y empezaba la disputa entre guerrilleros y paramilitares. Y yo, que había ganado un concurso de tiro al blanco en La Primera Brigada de Infantería de Marina, proveniente de Los Montes de María, empecé a ser vigilado, como si fuese un subversivo. Me salvó la caricatura de Jorge Otero, que me hizo reflexionar; el tirármelas de loco, los rezos de mi madre y el haber pasado casi en una eterna parranda. La táctica era no salir de noche y pasar sin miedo, como si nada pasara. Pero sucedió que donde íbamos había guerra y un día tuvimos que cerrar los ojos y echar para adelante.
Hoy, 32 años después, reposado en un periodismo frio, daría un ojo de la cara por aquella genial caricatura, que Jorge no halló en el amarillento y carcomido archivo personal que le costó cinco intensos meses de trabajo, con sus dientes apretados, para regalarle a la historia de Córdoba, el hermoso libro “Huellas en tinta china”, que no es un cuento chino.
Sin duda, el periodismo todero y de calidad que hace Jorge, ese llamado a salvar el oficio en este tiempo de noticias falsas, es un gran poder que tiene el privilegio de salvar vidas. Aquella caricatura donde aparezco en el baño con el Tandy 2.000 fue como un atezòn de pie, en un momento en que aún no sabía quién era ni para dónde iba. Fue, sin temor a equívocos, la visón de aquella caricatura, mi presentación genuina y puerta de entrada a una tierra que se quedó en mi alma para siempre. Solo hice una pelea, con el gobernador de entonces, el califa José Miguel Amín Manzur, quien quería amordazarnos y cuya caricatura ilustra esta nota.

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