Gaiteros de Pueblo Santo, la nueva tradición.

MARLON PEROZA, UN LOCO GENIAL.MARLON

Antes de encontrase con la gaita, Marlon Peroza viajaba con su padre por los pueblos polvorientos de Las sabanas, de corraleja en corraleja, con un potente picot, en los que divulgaban la música de vientos.
Desde niño oyó la música por diferentes costados, porque su padre, Cristóbal Peroza, aparte de ser un distribuidor de la música, era un melómano. Ponía de todo un poco. En uno de esos viajes, Marlon se dio de frente con unas gaitas cortas y aquel sonido le produjo una sensación extraña, como si hubiesen nacido el uno para el otro. Hubo una conexión que aún pervive y que solo se le sacia cuando lleva sus labios a la boquilla (que ya no es la pluma de un pato macho) y entona una gaita jonda, cuyos sonidos lo conectan con sus ancestros. Cuando lo hace siente una necesidad natural, pero no abusa del encanto. Al principio tocaba arrebatado, con tonos altos, rebuscando diversos sonidos, pero con el tiempo los sonidos se han ido volviendo suaves, con melodías que parecen demarcar su estado de ánimo. Las gaitas son como unas aparatas, unos pájaros que le revolotean en el corazón.

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Nunca salió a buscar sus músicos, porque aquellos se le fueron apareciendo en el camino, lo mismo que las canciones que hoy son sus referentes. Esos músicos que hoy celebra, llegaron en el debido momento, a través de las canciones que un día escuchó en unos casetes y que ya empezaba a imitar con unas gaitas cortas que su padre le había comprado en uno de tantos viajes con el picot, a los trece años. Eran grabaciones de festivales, en las que había dos que le llamaban la atención, una de Los Gaiteros de San Jacinto, de Mañe Mendoza, llamada Jaramillo y la otra más reciente “Conmigo que nadie de meta”. Jaramillo debió ser algún visitante, porque no es un apellido típico de por allí. Debió ser un paisa muy chévere para que un gaitero lo haya inmortalizado con tan tremenda melodía.
A través de esas dos canciones se fue abriendo camino. Empezó a buscar a sus autores y a sus intérpretes. Inicialmente lo hacía solo en sus silencios y monólogos y fue descubriendo que había unos sonidos que la gaita corta no imitaban, entonces supo que habían sido grabados con gaitas más largas. Llegó hasta San Jacinto en busca de la historia y fue descubriendo cosas.

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Siguió caminando y a la par que caminaba hallaba cosas, como si fuese ya un libreto escrito desde antes. Un día se encontró con Élber Álvarez, el gaitero de Colomboy, quien le fue demarcando rutas. Quería saber quién cantaba el tema “Conmigo que nadie se meta”, un tema que le gustaba mucho. Y se llevo una sorpresa. Estaba hablando con quien canta el tema. Se fueron para Cartagena y sin necesidad que se lo presentaran, se vio de cara a cara con Hernando Cova, de quien se figuraba otro tipo de persona. Creía que era un tipo Altote que montaba un caballo relinchón en el que se dedicaba a cabalgar por las sabanas. No era Cova como los gaiteros viejos. Se trataba de un joven, medico, además, que le pareció sencillo y a la altura de las circunstancias. Se hicieron amigos.
Esta es, groso modo, la historia de Marlon Peroza, el hijo del níquel, orgullo del San Jorge y Montelíbano, quien se inventó un lugar imaginario para narrar sus historias musicales, crónicas de los gaiteros de Pueblo Santo. Espero que vean la entrevista, dividida en dos partes, en mi canal sabanero de Youtube, Kaccula tú. Ah, y suscríbanse, no sean lerdos.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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