Crónicas

En Palmito murió el hombre más inteligente de Sucre

Últimas palabras de Jesús María Pérez.
-Soledad Acosta, su mujer pide oración por el líder.
– Última historia de la guerra.

Por Alfonso Hamburger

Hace exactamente siete días, el dirigente campesino, Jesús María Pérez, 84 años, considerado como uno de los hombres más inteligentes del Caribe, dejó de hablar, aquejado por una enfermedad que lo sacude desde hace dos años.
Su mujer, Esmeralda Acosta, de 79 años, fue testigo del dolor que no lo dejó dormir la noche anterior, de modo que con una voz casi apagada la llamó para decirle las que pudieron ser sus últimas palabras, pues desde entonces enmudeció: “Mija, cuida de ti y de mis doce hijos. Te pido perdón, porque los abandoné en los mejores años para irme con mis amigos. Hoy todos me han abandonado”.
Acostado de lado en el rincón de su cama, en su casita pequeña y calurienta del corregimiento de Palmito, un poco más allá de Hatillo, en el Municipio de Los Palmitos, quien en su tiempo fuese asesor de presidentes de la república en materia agraria, Jesús María Pérez tiene en su mano derecha los esparadrapos de la última destroza, único alimento que ha probado en los últimos días. Ya no quiere comer ni tampoco habla.  Tiene pantalón y una camisilla blanca sin mangas. Se le habla, abre débilmente los ojos, los cierra y se deja caer nuevamente de lado.
Jesús María Pérez, desde niño le metió el pecho al monte para encarar la revolución campesina, esquivando las fuerzas opresoras, pero logró salvarse por su verbo elocuente y su actitud pacifista para encarar los conflictos. Fue un sabio autodidacta, que dejó dos libros, hoy en manos del Centro Nacional de Memoria Histórica. Documentales, entrevistas, foros y charlas, quedarán en los anales de un campesino que engendró doce hijos, seis mujeres y seis hombres, con una sola mujer. En su parcela piloto recibió a toda serie de investigadores, periodistas y todo tipo de personas que llegaban a oírlo hablar de su socialismo bien trazado, con el que no peleaba con nadie.
Su casa es humilde, casi al término de una calle que pronto se convierte en camino. De tarde le pega el sol de frente. La sala está llena de reconocimientos y de dos pinturas de Soledad, su mujer, en plumilla, hechas por el pintor Esquivia, nacido en San Jacinto, hijo de Ricardo Esquivia, quien estudió en los Estados Unidos. Es una salita y un cuarto pequeño con un abanico, donde el cotizado dirigente, hoy olvidado por quienes ayudó en las luchas campesinas, aquejado por una enfermedad en el estómago, con la que ha luchado los dos últimos años.
Mas adentró está la cocina, una casa de palma, donde sus familiares velan su enfermedad. Como si tuviera frío de perros, Jesús se ve fastidiado, de lado en su cama, con un abanico que trata de romper el bochorno de la tarde. Si conoce no contesta a quienes llegan a saludarlo.
Su mujer, Soledad Acosta, con quien se conoció en Palmito, donde permanece sin hablar, espera las oraciones de sus amigos y familiares para salir de este silencio.

Lamentablemente, mientras escribía esta crónica, falleció este líder: paz en su tumba!

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