Crónicas

Casi se llama Ana del Castillo y tiene 100 años.

Crónica de vida:

A sus cien años, Ana Castillo es un roble de Navidad.

–Por ser Castillo y no Del Castillo, nuestra protagonista sé libró de ser homónima de la controvertida cantante vallenata Ana del Castillo.

Por MARIALIS HAMBURGER C.marialis y ana

Marialis Hamburger, estudiante de cuarto semestre de comunicación en UdC y Ana Castillo.

 

Una mañana de brisas dicembrinas, donde las olas del mar se tornaban más fuertes que nunca y las familias gozaban con alegría aquella época, mientras esperaban la víspera de Navidad, en la península de Barú, un 19 de diciembre de 1919 nació Ana Castillo Gómez, mujer de tez morena que toda su vida se dedicó a ser hogareña, pero la transversalidad de la vida le trajo conflictos con los cuales tuvo que luchar desde muy pequeña.

Cuando tenía ocho años tras la muerte de sus padres su vida cambió drásticamente, ya que pasó de ser la hija consentida y protegida de la casa a una niña solitaria que se enfrentó al mundo de alguna manera, obligada a madurar desde temprana edad, cargando el vacío que dejaron mamá y papá.

Se trasladó en una lancha color café  hecha de tablas resistentes, de una isla  de arenas  blancas como la nieve y el agua tan cristalina que podía tornarse color azul verdoso, a una ciudad rebelde como Cartagena, de calles cercadas por una muralla de piedra, con viejos cañones y casas coloniales de miles colores, impregnada de historia y gritos de libertad e independencia. En su llegada dejó atrás la tranquilidad de la península para adentrarse en el caos y el ruido de la ciudad amurallada, conocida como el corralito de piedra, amada como a un zapato viejo por el poeta Luis Carlos López y partida en mil pedazos en lo social.

«Nunca tuve la oportunidad de educarme, pues desde pequeña me fui a vivir en una casa de familia, en la que me dediqué a las cosas del hogar y aprendí un poco de costura», expresó Ana Castillo Gómez, quien reside en el barrio Trece de Junio con sus dos hijas y varios nietos.

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En aquellos tiempos a muchas mujeres las enseñaban a ser excelentes amas de casa desde muy niñas. El deber de la mujer desde que se despertaba era hacer un cálido café para luego despertar a sus esposos con un buen desayuno casero y realizar el itinerario del diario vivir, es decir, las actividades de la casa como barrer, trapear e intentar mantener todo en orden. Lo anterior debía hacer parte de sus principios y valores para poder criar hijos y ser el centro del hogar. El deber y mayor reto de la mujer en sí, era edificar su casa y en muchas ocasiones atenerse a lo que ganara el hombre trabajando, para poder vivir.

Gran parte de su vida Ana se dedicó a trabajar en distintas casas de familia. Viajó a Barranquilla, ciudad con grandes edificaciones, de aires alegres, donde estuvo un tiempo trabajando como niña doméstica en una casa de unos abogados que tenían tres hijos con edades contemporáneas; «En esa casa viví varios años y terminé de aprender de costura, me trataban excelente y me apreciaban mucho a pesar de que no era mujer estudiada».

Aunque Ana se había enamorado de aquella ciudad de aires alegres, que cada vez que había partidos en el estadio de fútbol gritaban con euforia los goles del Junior, a la morena de anchas y lindas caderas, le hacían falta sus tierras Cartageneras, sentimiento que la llevó a tomar la decisión de regresar a su preciado corralito de piedra, dónde conoció a quién pensó que iba a ser el amor de su vida y se convirtió en el padre de sus dos hijas.

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Inicialmente todo se tornó color de rosas, por un tiempo nunca faltó el amor, las noches de pasión, las risas y los bailes. Por fin Ana en toda su vida sintió que aquello que había perdido, regresaba con un amor puro que la ayudaría a salir adelante, ya no estaba tan sola. La vida da muchas vueltas y nada dura para siempre, sus días volvieron a convertirse en una calamidad pasando un tiempo, y las dificultades de esta mujer se multiplicaron al quedar embarazada y ser abandonada por el hombre que decía amarla. Surgió sola, con sus manos y sus hijas le salieron buena, quizás más tarde heredando las mismas cosas.
Sin embargo, Ana nunca dio un paso atrás. Aunque de su vida escapó el amor de aquel hombre a quien le había entregado su corazón, llegaron a su vida dos muestras del amor más puro, sus hijas. Por quienes luchó y se levantó cada mañana solamente armada de los valores y conocimientos que había aprendido trabajando desde pequeña. Hoy esas pequeñas son quienes atienden y cumplen las necesidades de aquella mujer de tez morena, porque nunca cotizó pension. Esas hijas y nietos con el tiempo se convirtieron en sus brazos y en sus piernas, ahora que camina con la ayuda de otra persona.
Su mayor triunfo ha sido ver crecer a sus tantos nietos y tataranietos y llegar a los primeros cien años el próximo diecinueve de diciembre con la lucidez de quién ha vivido a plenitud, casi todo el siglo XX, uno de los más convulsionados de la historia y trasegar un 25% del siglo de la posmodernidad, en el que ni el celular ni la tecnología la han sustraído del corazón de los suyos. Ella, al borde de cumplir los cien años en completa lucidez, no es un mueble más de su casa, sino el punto de atracción. El punto exacto donde gravita la tierra, el nexo con la vida y la gloria.
A pesar que muchos de nuestros abuelos defienden que todo tiempo pasado fue mejor, la vida no se deja definir de manera tan sencilla. Depende de las acciones y la vida de cada persona, el amor puede durar una vida o incluso unas cuantas semanas, hay personas que saben amar después de haber perdido y quienes no logran sentir aquel cálido sentimiento en décadas. Un siglo de enseñanzas y lucha nos deja la historia de Ana, pero sobretodo una enseñanza muy importante: No son las dificultades de la vida las que forjan tu futuro, sino tus propias manos.

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