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EL PLACER DE VIAJAR EN TRACTOMULA

EL DIA QUE NO TRABAJO ME ENFERMO.

Por Alfonso Hamburger

Desde aquella remota noche de agosto, en la que el mexicano Salvador Sánchez le puso un “tatequieto” al boricua Wilfredo Gómez, no había vuelto a montar en una tracto mula.

Cuando llegué a San Jacinto se terminaba la pelea, que era transmitida en directo por televisión. No lo podía creer. ¿Quién era ese monstruo capaz de vencer y dejar con la cara desfigurada a quien había vencido a tres colombianos en fila india en el primer asalto? Gómez había noqueado a “Pambelito” Cervantes a “La Cobra” Valdez y a Mario Miranda de un solo tramojazo. Ahora el mexicano parecía vengar a los nuestros. Eso me gustó. Después de la gloria efímera, la propia tierra molió a puños a Sánchez, cuando se deslizaba sobre ella a más de 200 kilómetros por hora en su lujoso automóvil. Todos fueron vencidos.

Sucedió un viernes de agosto de 1981. Salí de Barranquilla en un bus de Calamar a las cinco de la tarde. En todo el puente que cruza el canal del Dique, el más largo de América -115 kilómetros- me bajé para hacer un transbordo incierto. Llovía. Estuve esperando transporte bajo aquella leve llovizna, hasta las ocho de la noche, cuando observé que a trescientos metros, en la carretera, había un carro con las luces de emergencia, titilantes. Corrí bajo la lluvia y en el lugar encontré a un cachaco arreglándole algo al motor del tremendo camión trepado sobre la máquina, con el capote protegiéndole de la llovizna. El extraño estaba de mal genio. Le hablé y le expliqué que era un estudiante de periodismo, que iba para San Jacinto, pero que ningún carro me paraba. Me respondió- pese a que todavía la zona era muy sana- que no acostumbraba recoger a extraños en la carretera. Y yo le había dicho que era estudiante de periodismo, porque desde el inicio, sentía orgullo por mi carrera. Quería mostrarme.

Al final- unos 20 minutos más tarde- el hombre corrigió el daño, subió a su puesto de mando, arrancó el motor y se fue. Yo quedé petrificado bajo la lluvia, con un morral juvenil a la espalda, rumiando mi derrota, tiritando de frio. No había más remedio que pernoctar en Calamar, donde no conocía a nadie. Pensé en Tito Hamburger, un viejo pariente, quien tenía fama de ser un duro alcalde de la era de la violencia, que había sido burgomaestre de 9 municipios por mandato de los gobiernos conservadores de mediados del siglo XX. Tenía el negro pasado de asesinar a una mujer que le fue infiel y de haber salido de la cárcel para posesionarse de la Alcaldía de Puerto Colombia. Medía 1.90 de estatura y su físico quemado era el de un alemán puro.

Sin embargo, en aquel instante de desconsuelo sucedió algo maravilloso: la mula frenó a unos treinta metros y me pitó. El cachaco se había condolido de mi soledad. Corrí hacia el inmenso carro y el hombre sólo me dijo. ! Suba, guevón! Descubrí que no es fácil embarcarse en una mula de éstas, por lo alto que son. No hay un estribo para pasajeros ocasionales y en el afán no hallaba cómo subirme. Ya adentro, empapado por la lluvia y agitado por el esfuerzo, vi que la cabina era amplia y reconfortante, con miles de foquillos y un tablero como de avión. En todo el trayecto el hombre no dijo cosa distinta que la palabra hijueputa, que repetía en voz baja, cuando los otros carros no le hacían el cambio de luces respectivo.

Lo veía tan metido en lo suyo (malgeniado) que no me atrevía a expresarle nada, temiendo que me ordenara bajarme en cualquier momento. Seguía lloviendo. ¿Cuánto me irá a cobrar? pensaba. En el trayecto entre San Juan Nepomuceno y San Jacinto, 12 kilómetros, me aventuré a decirle algo. Yo viajaba corto de plata. Le hablé de las ricas artesanías de mi pueblo. Se interesó y me preguntó cuánto costaba una hamaca. Depende de las madejas, le dije. El peso, el estilo, según el marrano. Le expresé que sabía donde las vendían muy buenas y baratas. Donde Piero, mi tío Nestor Fernández, Almacén Bogotá, almacén y restaurante al mismo tiempo, ubicado al frente de “La Bomba de Gasolina”.

Cuando llegamos donde Piero observaban la pelea de Gómez- Sánchez, que terminaba. Llegamos precisos, en el momento que le levantaban las manos al mexicano. El cachaco se bajó. Nos bajamos. Piero le vendió dos hamacas a buen precio. El cachaco, quien jamás dijo como se llamaba, no me cobró nada. Comió y se fue con su silencio, me imagino que hijueputeandole la vida a quienes le encandilaban la vista bajo la lluvia de aquel agosto remoto.

CONDUCTOR QUE SÍ HABLA.

La mañana del 22 de enero de 2002, (21 años más tarde) después de vacacionar en San Jacinto, me fui a Donde Piero a esperar un bus para venirme a Sincelejo. En ese momento llegó un cachaco y estacionó su camión cargado de sal al frente del almacén. No pasaban carros para Sincelejo desde hacía media hora. Mientras Edwin, hijo de Piero lo atendía, cruzaron algunas palabras. El hombre, de unos 35 años, compró un pellón blanco y aceptó traerme a Sincelejo. Me subí. Entre San Jacinto y El Carmen de Bolívar, aventuré a decirle pocas palabras, mientras él arreglaba y se acomodaba en la pieza artesanal, sobre la que iba sentado, al frente del timón.

Yo creía que todos eran iguales, malgeniados, cachacos de pocas palabras. Pero no, Juan Guillermo, como me dijo que se llamaba, salió más preguntón y conversador que un periodista.

-¿Cuántos cambios tiene esta mula?, le pregunté.

-Son diez para adelante, respondió.

Vino un largo silencio.

-¿Y esa palanquita, para que sirve? le dije admirado, al ver que cada rato subía y bajaba una especie de timón muy parecido al del freno de seguridad. Cuando la manipulaba, el motor zumbaba diferente.

– ! Es para desacelerar el motor! respondió.

Hasta el Carmen de Bolívar, tierra de placeres, fue muy poco lo que dijo, pero al llegar al peaje que destruyó la guerrilla, que era el último de su viaje, pese a que iba para El Urabá, el hombre soltó la lengua. Aquel peaje se llama San Jacinto, porque fue diseñado para ponerlo allí, pero ha venido rondando, siendo atacado por la guerrilla más de 40 veces, hasta que lo pusieron en el Bongo, mientras volvía la paz, y ahora reposa después del Carmen de Bolívar, frente al aeropuerto.

Hablamos de la guerrilla, del orden público, de su trabajo, de su familia. Y al final le prometí enviarle por correo mi libro “En Cofre de Plata” en edición.

Resultó ser un hombre medianamente culto, con capacidad de tratar cualquier tema. Me habló de los Corraleros de Majagual y hasta de las fiestas del 20 de Enero y resultó que gana más plata que cualquier periodista de Sucre. Hace un viaje semanal desde Apartadó- Antioquia- hasta Barranquilla. Se gasta 20 horas lisas, sin más ayudante que su fe en el trabajo. Gana viáticos buenos. Le pagan puntual. Tiene seguridad social, dos hijos y una mujer, la que lo acompaña a veces en estos viajes rutinarios. Jamás ha caído en una pesca milagrosa.

En las vacaciones pasadas llevó a su mujer y a sus dos hijos de paseo a Cartagena, pero pese a que los viajó en la mula, no le alcanzó el presupuesto. !Todo está muy caro! Le gusta el mar, viajar en lanchas y olvidarse de las deudas. Es mejor que ellos se acuerden de uno y no uno de ellos, me expresó. Todo lo tiene calculado, para el alquiler de la casa, el mercado, los estudios y el ahorrito que no debe faltar. El pasado 31 de diciembre le prometió al niño Dios que bajaría el consumo de cerveza en un 80 por ciento y lo está cumpliendo. Se toma por viaje dos cervecitas, para calmar el dolor de los riñones.

Jamás ha votado. Está harto de la violencia, por eso me aseguró que votaría en las próximas elecciones por Alvaro Uribe Vélez, por que éste “no cruzará ni una palabra con los delincuentes”. “Ese es un hombre muy berraco, hombre, pues Ave María”.

Aparecen las curvas después de Ovejas. Se persigna al observar la virgencita en honor de los muertos del 2 de febrero de 1950, durante el llamado Siniestro de Ovejas, donde hasta los santos lloraron.

! El Piñal, mucha piña acaso? me preguntó. Esta es la tierra de Lisandro Meza. “Buen tipo, buena música”, me dijo.

En la carretera había calma y seguridad. En la coquera (fatídico kilómetro 46) había un retén de la Infantería de Marina. En Ovejas una patrulla de La Policía vigilaba en la carretera. En el Bongo había más Policías. En Los Palmitos los uniformados oficiales tenían otro retén. Le pidieron los papeles. El policía los revisó, se los devolvió y les dio las gracias. En La escuela de Carabineros, más Policías. ! Buena vigilancia!

Observó que hay muchos conductores imprudentes en la Costa, que se parquean en cualquier lado y sin señales.

Se preguntó de qué vive la gente entre Ovejas y Los Palmitos. Se observan menos cultivos que en el centro de Bolívar. Me confesó que no viviría por nada del mundo en una de estas regiones. ¿Por qué? Le requerí. “No soporto la falta de agua”, apuntó.

Al final y en dos horas, ya estabamos entrando a Sincelejo, cuando le pregunté a que se dedica cuando no viaja

Fue cuando me dijo aquella frase sabia con la que quiero finalizar esta crónica de viajes. “No hombre, el día que no trabajo me enfermo”.

Sincelejo, enero de 2002.

Video relacionado : https://www.youtube.com/watch?v=j3E_2mIslHQ

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Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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