Crónicas

!El jeep tosió y se varó!

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¡El retorno a la memoria! (II)
¡Las Palmas se yergue entre montañas!

Por Alfonso Hamburger

Fotos de Ricardo Javier Ramirez Hamburger
Todavía no habíamos terminado de degustar el cuento sobre el auto fantasma que subía los ensilles en la embocada del Serrucho o del caballo sin jinete, cuando el Jeep que manejaba Orlando, empezó a toser diferente. Ya empezábamos a descolgar los dos kilómetros faltantes para llegar a Las Palmas, cuando se escuchó que algo no andaba bien en aquel motor modelo 73 reformado. Orlando hizo un esfuerzo por maniobrar, metió la bola del cambio, pero esta no engranó. Poco a poco el Jeep se fue contra la cuneta, quedando en la orilla del camino, en medio de un polvo amarillo que ya llevábamos hasta en las orejas. Nos apeamos en medio de aquella lluvia de polvo, dándonos palmadas en las piernas, las nalgas y la cabeza. Allá abajo se mezclaban las líneas del horizonte de plomo, entre el Rio Magdalena, y los valles previos, abandonados del hombre y de Dios en los últimos treinta años, en que todos nos desplazamos.
No fue posible arreglar el daño. Apenas ayer el Jeep Willis de Orlando había salido de reparación. Se lamentó. Las motos que pasaban, subiendo la Sierra, desde Las Palmas, incrementaban nuestra angustia y las nubes de polvo, pero también fueron unas aliadas para enviar la llave que se nos había venido enredada. Empezamos el descenso a Las Palmas, la tierra del Gran Julio Fontalvo. La colina nos halaba por un imán invisible. Teníamos que ir aguantando el estado de gravedad. La mañana era fresca y una buena prueba para mi padre, Nelson Hamburger Herrera, acostumbrado a cargar todo tipo de artículos por estos caminos en sus mejores tiempos, pero a sus 86 años y con unos kilos de más, no renegaba, siendo la máxima preocupación del grupo. Nos turnábamos para escoltarlo, mientras esperábamos escuchar pronto el canto de los gallos, el ladrido de los perros y el rumor del pueblo. A mitad de camino vimos que se recostó sobre el barranco frio, a descansar. Ali le echamos fresco. Estaba colorado, pero radiante con la idea de volver sobre la pisada de sus ancestros.
Vimos barrancos de iguanas, profundidades y mucho árbol tupido en el descenso a Las Palmas y antes de la última curva un empedrado milenario, como si el pavimento de Dios nos anunciara que ya estábamos próximo. En el último recodo se conglomeraba el pueblo en espera de Julio Fontalvo, desde donde lo llevaban en hombro, disputándose la casa donde debía hospedarse. Todos lo querían atender como anfitriones. Una semana no le alcanzaba para la parranda,
Una moto providencial arreó a nuestro padre hasta Las Palmas, un pueblo que se yergue firme, en medio de los recuerdos buenos y malos. Las casas tratan de levantarse en medio de los estragos de la guerra. Vienen los primeros adioses desde los patios. Se ve el humo de las cocinas alegres. Salen los primeros conocidos, la sangre, llueven los abrazos.
En el primer parquecito se levanta el monumento a las 16 víctimas que dejó la última violencia, la definitiva para que todos dejasen el pueblo. Nombres como el de Eustaquio Sierra, encabezan la lista de los héroes de Las Palmas quienes ofrendaron su sangre para que Colombia empezara a levantarse desde lo más profundo del fango. Hoy las montañas se levantan frescas, en frondosos árboles y las casas empiezan recibir el hálito cálido de sus dolientes.
La plaza de los fandangos está intacta. La casa de Tia Carmen, donde nos alojábamos o descansábamos en tránsito a Bajo Grande o San Jacinto, hoy es la emblemática casa de la cultura.
Los Serpa nos dieron el primer café, que conversamos contentos, mientras revisábamos la historia. La iglesia que construyó Cirujano aún tiene la cola averiada por los huracanes, la lluvia, los soles y los años de abandono. Allí se hace una misa anual, en las Fiestas Patronales de Santa Lucía, los trece de diciembre.
Los Herrera nos dieron otro tinto, mientras llegaba la camioneta del hijo del Negro Sierra, en la que nos tomaríamos otro chance para enrumbarnos a la tierra prometida: Bajo Grande. Eran las nueve de la mañana del tres de enero de 2019. La aventura apenas empezaba. ( Continuará)

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Alfonso Hamburger

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

2 Comments

  1. 15 abril, 2019 at 1:40 am — Responder

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  2. 23 abril, 2019 at 5:35 pm — Responder

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