El Gobernador da los últimos retoques a su trabajo con el secretario del Interior, Pablo Salcedo, un hombre de poca estatura, cabello indio (aspecto Zenú), dicen que es la mano derecha del mandatario. Jorge Anaya está sentado en su sillón de mando y se siente ofuscado por la cantidad de papeles que naufragan en su escritorio. Se queja de que haya tantos papeles por todas partes y mientras da los últimos consejos a su hombre más cercano, mira por encima del marco de sus gafas que descansan a mitad de nariz, quizás uno de los rasgos más pronunciados de su rostro de caballo. Ahora lo veo más fileño que en las fotos.Nunca lo había visto en persona, de frente.
Y así es, la convalecencia de una operación a corazón abierto, en la que estuvo preso durante veinte y un días bajo cuidados intensivos y seis de ellos muerto por completo, ido de este mundo, le quemaron veinte kilos.Pablo Salcedo ha desaparecido en un instante y nos ha dejado solos. ¿Por dónde comienzo? Una mirada de Cohen- perro viejo y jugado, de esos que ladran agachados- me hace soltar la primera pregunta.
Pensó que la muerte preparaba su zarpazo final, que lo iba rodeando poco a poco. Sabía que sus vecinos de UCI iban muriendo cuando los veía con la cabeza atada con una cinta blanca Pero un día, el Gobernador venció al paludismo y su corazón estuvo renovado para siempre. La fe, las cadenas de rezos y Dios lo habían levantado. Los médicos y todos en la clínica se habían portado de maravilla. Habían pasado 21 días de oscuridad. Todavía le deben las nueve noches de velorio, porque a diferencia de Abel Antonio Villa, no lo velaron en su primera muerte.
