Los alias del Carnaval y el General

MARIMONDALos nómadas del carnaval (IV)

“Antes de hacer parte de la guerra de Colombia, mi identidad era mi principal patrimonio. Tenía un nombre de once letras y dos apellidos como la mayoría de las personas normales. Pero desde el día que di el mal paso, comenzaron a llamarme por un alias y, peor aún, cuando perdí mis dos manos, a causa de una granada, también perdí mis dos apellidos. “Lárgate de aquí, maldito Mocho”, me dijo el comandante del frente treintaicinco de las Farc. ( Amaury ¨Pérez Banquet”.

Por Alfonso Hamburger

Mientras el general Juan Salcedo Lora tocaba la guacharaca, totalmente desinhibido de sus responsabilidades de guerra, Lucho Betancur revolvía el sancocho y Adolfo Pacheco calzaba uno de sus gallos en el encuentro de colonias, una marimonda saltaba con cierto aire nervioso. En aquella gran zona de distención iban oriundos de todos los pueblos, incluso barranquilleros raizales que se contagiaban de sus costumbres. Hoy les gusta el suero y la yuca, se ponen el sombrero vueltiao y calzan abarcas.
Gran parte de los nómadas se forjaron en la guerra. Y no solo figuran nómadas que pintan, que cantan o que bailan – los famosos- sino personajes del común, quizás como el viejo Miguel, pero que no han sido tocados por sus cantos ni por los cronistas, porque si bien han sido noticia en el hampa, no hacen parte del contexto periodístico, en medio de la noticia en caliente. Y del día a día noticioso que debilita el periodismo de hoy.
El marimonda que bailaba con cierto aire nervioso se confiesa. Hacemos un pacto, aquello que se llama sigilo periodístico. No quiere público su nombre, de modo que para los lectores se llamará El Pajarillo misterioso, como en el canto de Juancho Polo Valencia.
Pajarillo fue habitante de uno de los diez corregimientos de San Jacinto arrasados por la guerra. Vivió una infancia feliz, aunque las condiciones económicas de la familia eran muy precarias. Mientras bailaba con ese aire nervioso, no dejó de recordar sus antecedentes. Pagó veinte años de prisión en varias cárceles del país y ahora trata de llevar una vida normal, después de haber sido encontrado casi muerto en la parte baja de un puente , en  Cartagena, con un tiro en la boca. Quienes lo balearon lo dieron por muerto. Del hospital fue llevado a la cárcel . Mientras bailaba, con cierto aire nervioso, hacia guiños, guapirreba como en su pueblo. Su hermana mayor, recuerda, fue quien llevó a aquella gente mala que dañó a su pueblecito, acabando con cien años de paz. Ella se fue a caminar tierra y un día se conoció con un Guajiro de pistolas al cinto, que andaba en camionetas Rangers con vallenatos a todo volumen y exportaba mariguana, en los años setentas, en los tiempos del Mandato Caro.
El Guajiro, de casi dos metros de estatura, fue la primera persona que se atrevió a caminar descamisado por las calles del pueblo, con revólver al cinto y una manta al hombro. Venia del arroyo, donde se acababa de bañar. Pronto, algunos muchachos del pueblo que hasta entones respetaban a los mayores, entre ellos Pajarillo, se vieron inmiscuidos en aquella gallada. Se fueron a un pueblo del Magdalena, donde pronto se vieron enfrentados con bandas contrarias. Vinieron las primeras muertes y después las venganzas. Tenia apenas 17 años cuando perdió el miedo de matar.
“La primera persona que maté fue a un tendero. Hacía parte de la banda de Los Cachacos, que habían matado a mi hermano mayor. Llegué en una bicicleta, vestido de policía, pedí un paquete de cigarrillos, pero había cometido un error. No me corté el pelo. El Cachaco se pilló el detalle y trató de sacar un arma, pero enseguida le di tres tiros, salí caminando, tomé mi bicicleta y me perdí”.
Después vinieron muchos asesinatos y atracos, lo que se convirtió en su modo de vida. En un espiral pernicioso. Matar era así de simple, como beber agua.
La guerra siguió, con cuantiosos muertes de bando y bando, hasta que se vinieron a vivir a Barranquilla, donde continuó su vida delictiva, hasta caer en la cárcel.
Mientras estuvo preso empezó la otra guerra. Llegaron los guerrilleros que destruían los nexos del Estado con las comunidades. Bombardeaban Telecom, las estaciones de la Policía y las torres de Energía. Llegó el desplazamiento masivo. Habían regresado parcialmente cuando irrumpieron los paramilitares a cazar guerrilleros, entonces todo empeoró. Los más acomodados de los pueblos se fueron a las ciudades, especialmente a Barranquilla. Y los espacios que dejaron los acomodados de la plaza los iban llenando los desplazados de los corregimientos. Hoy, en San Jacinto, en el distinguido Club de Leones hacen bailes y encuentros populares. En la casa de Don Pedro Barraza, gran patriarca conservador, hay una IPS. En la casona colonial de la Alcaldía, o de las Mendoza, hay un museo. En la casa de Don Avercio Otero, hay una farmacia. En donde nació Don Pedro de Lora, primer alcalde del pueblo, el Sena le abre la puerta a la educación del pueblo. Aunque el proceso ha sido doloroso, hoy se respira más tranquilo y los personajes de la posguerra son nómadas que irrumpen en el carnaval.
Mientras el general Salcedo Lora tocaba La Guacharaca, Pajarillo danzaba vestido de marimonda, ya libre de pena, pero con cierto aire nervioso. Esta vez recordaba el atraco que hizo a plena luz del día, en el parque principal del Carmen de Bolívar. Acababan de abrir la joyería central para iniciar la jornada de la tarde. El reloj de la Iglesia- al frente- marcaba las 2:00 PM. Encañonó a los empleados, entre ellos a la mujer del propietario. La dama acababa de parquear su automóvil en la puerta del negocio. Pajarillo llenó un costal con joyas, le arrebató las llaves del auto a la mujer. Tomó el auto y salió disparado a los lados de San Jacinto. La persecución que hizo la Policía fue inmediata, de película, porque el dueño de la Joyería iba entrando cuando vio que un extraño conducía su automóvil. Casi alcanzado por La Policía, Pajarillo abandonó el vehículo hurtado casi a la altura de San Jacinto, donde se abrió monte adentro con el botín. Llegó a su pueblo, donde repartió entre los más pobres.
Después, con la llegada de la guerrilla y los paramilitares, los pueblos rurales fueron arrasados y desarraigados.
Estos nómadas, que hoy se constituyen en uno de los movimientos culturales más fuertes del mundo- anónimos o no- hallan en el carnaval de Barranquilla una gran zona de Distensión, donde se mezclan sin miramientos- guerrilleros, paramilitares, godos, liberales, músicos, poetas, artesanos, galleros o gente del común que se deja llevar por el ímpetu de la carne sin mirar a quien. En noviembre veréis algunos de sus frutos.
Sobre estos desarraigados, hoy están llenos los cuentos de Amaury Pérez Banquet, otro de los nómades del movimiento: “Antes de hacer parte de la guerra de Colombia, mi identidad era mi principal patrimonio. Tenía un nombre de once letras y dos apellidos como la mayoría de las personas normales. Pero desde el día que di el mal paso, comenzaron a llamarme por un alias y, peor aún, cuando perdí mis dos manos, a causa de una granada, también perdí mis dos apellidos. “Lárgate de aquí, maldito Mocho”, me dijo el comandante del frente treintaicinco de las Farc, después de haber hecho parte de las filas por más de cinco años. “Ya no sirves para nada”. Yo empuñé mis manos imaginarias y los miré con desdén. Deseaba descargar mi ira sobre su integridad, pero mi mejor amigo en la guerrilla, un flaco de piel y de ojos hundidos, que era un conciliador nato, me aconsejó que agarrara mis cosas y que me largara antes de que el comandante me acribillara. “Ya no puedo agarrar nada, le dije de mal humor mientras le mostraba mis antebrazos mutilados. “Perdí mi putas manos”. Mi amigo me ayudó a ponerme el morral en la espalda y luego me acompañó por más de una hora, abriendo trocha, hasta que interceptamos el camino que me conduciría a casa”.

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Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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