El de la gracia fue Belisario. (*)

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En aquellos tiempos del hilo en pelotitas el mundo estaba muy oscuro. Las Llanadas era un pueblo que se aparecía en el camino y pronto se convertía en el camino. Los días se juntaban unos con otros sin grandes sobresaltos, mientras esperaban las cumbiambas de las fiestas patronales.

… Y cuando hacían las cumbiambas de pito atravesao, Belisario Benítez sacaba toda su tragedia y toda su alegría triste y la exponía con su temple, para que el pueblo supiera que estaba tocando un hombre.

Belisario, quien fue el artífice de todo ese andamiaje musical que hoy celebramos, era más malo que una patada en las chácaras. Así como lo oyen, más malo que una patada en las “guevas”, diría un cachaco. Era malo en el concepto más bueno de la palabra. En estas tierras de sabanas y cascajos no acostumbramos a jugarle al gallo bueno. Le jugamos al gallo malo, al jodido. Si le apostamos al gallo bueno corremos la suerte de perder la apuesta. Eso quiere decir que acá malo es ser bueno y bueno es ser malo.

En otras palabras, Belisario Benítez, quien fue el descubridor de la sangre armoniosa de su estirpe, era un tipo avispado, súper avispado para su época. Era muy engreído. Es decir, reunía todos los atributos para saltar del pellejo y hacer vibrar de orgullo a cuatro generaciones seguidas. Ese si era un hombre. Un hombre como Eugenio Gil, un hombre para dominar a las mujeres.

El origen de Belisario hasta el momento es un misterio. Más aun si se compara su figura con la de algunos de sus descendientes: morenos, indios pelo en punta, con garbo de zenues mestizos, más afro-sabaneros que afro- arios.

Belisario era altanero para la vida y para el amor. Su porte era de casi dos metros, blanco mono y ojos azules. Un prototipo de esos en una tierra tropical como Las Llanadas debía parecer como extraviado de lejanas tierras arias. Pero no. Belisario Benítez encajó perfectamente en esa sociedad tan reciente que todo había que señalarlo con los dedos. Allì se paseó gallardo y ágil. Comercializaba cerdos, ganado, esteras, sembraba y tocaba el pito atravesao como los dioses. Era un Dios en las noches de cumbia. Tocaba porritos y cumbias. Y eso bastaba para sacudir su sangre.

Belisario era liberal como Olaya Herrera y decía que el godo no era bueno ni “guisao”.

Cuando Belisario peleaba pegaba adelante, pegaba primero “porque la luz adelante es la que alumbra”, decía.

En su finca “El Trébol” se refugiaba de las cosas triviales de la vida y en las cumbiambas sacaba toda su alegría. Era bueno a los puños y en el arte del comercio.

Cuentan sus nietos- hoy la mayoría músicos y artesanos- que Belisario Benítez, quien alcanzó hasta los 125 años, era hijo de un soldado alemán que estuvo por esos parajes, que engendró con una india y se fue, dejando la estirpe de su sangre en Las Llanadas.

Sus nietos, Rafael Andrés, José de Jesús y Tomás, quienes hoy se congregan en este recinto para recibir el peso de un homenaje, recuerdan que Belisario, su gran abuelo, murió porque el cuero se le disecó en los huesos pétreos y ya no podía comer. No lo mató una bala en la guerra de los Mil Díaz, una trompada callejera, un trago malo ni una puñalada traicionera. Murió de muerte natural cuando ya su cuerpo se había gastado de tanto trajinar en la vida, usado átomo a átomo en el ritmo de un tambor.

Los arroyos de invierno y el pozo Melchor, donde se bañaba Belisario, serian testigos de su trasegar en la vida, que fue pura música, desde el latido de su corazón, el caminar garboso, hasta la punta de los pelos, aindiadados y amonados.

A ese Belisario Benítez de sangre Aria mezclada con sabanera, es a quien se le debe rendir el homenaje que congrega a su estirpe en torno de un bombardino, trompetas, bombos, platillos y redoblantes.

Ana Gabriela, Zenobia, Andrés, Donaldo y Arístides Benítez Madrid, fueron los descendientes directos del gran Belisario Benítez. Ellos fueron los encargados de regar su gracia, su sangre y su música.

Rafael Benítez Madrid, quien tocaba porros en hojitas de limón, se conoció con Nelsa Benítez tirándose piedritas en la quebrada y allá se enamoraron, cerca del pozo Melchor, ese que no se seca jamás.

El primero en nacer fue Rafael Andrés Benítez Benítez, quien vino a este mundo musical un 15 de septiembre de 1929.

Sin datos de corregimientos y veredas, Rafael Andrés completó nueve hijos, entre ellos el gran Ramón Darío Benítez, el rey del bombardino, quien hoy se pasea por todo el mundo llevando el mugido grueso de la música sabanera. Le siguieron Jaime Rafael, Julio Cesar, Regina Esther, Marinela, Rafael y Juan Pablo.

El segundo nieto de Belisario fue José de Jesús, nacido el 25 de mayo de 1932. José trajo al mundo a Renis, José Gabriel, Nalsuri, todos Benítez Romero; después le agregó otros datos como Gloria y Rafael del Cristo, estos Benítez Novoa.

El tercer nieto de Belisario ha sido el más avispado de todos. Su avispamiento se expresa en una amplia sonrisa. Su nombre es Tomás, simplemente Tomás, sin más parapetos. Nació el 12 de diciembre de 1934 y trajo al mundo a Oscar Rafael, Tomas Antonio, Rosaura, Eduardo, Luz María, Edgar Antonio y a Héctor, todos Benítez Pérez.

En conjunto, los Benítez llevan música por dentro, como Belisario, y cuando la nostalgia los invade, cuando tienen ganas de expresarse, toman una hoja, un clarinete, un saxo, una guitarra, un bombo o un bombardino, y expresan toda su gracia. Sacan a relucir su llanto, su tristeza y su ternura.

Tomás Benítez, el último de estos tres mosqueteros, tuvo la suerte de enrolarse en el conjunto de Alfredo Gutiérrez y viajar por el mundo con “El rebelde del acordeón” durante 25 años, hasta que se retiró de esa friega y hoy vive en el mejor vividero del mundo: Las Llanadas.

Los Benítez Benítez de Las Llanadas- los de Leonel son de San Antonio de Palmito- son los verdaderos músicos de viento, quienes con su trasegar abrieron trochas de pueblo en pueblo, para empujar nuestra musica popular a los sitiales de honor de que goza hoy.

Desde niños vieron a Belisario con su pito atravasao y después a su padre, Rafael Benítez Madrid tocar la hojita. Y después empezaron a llegar banditas de Sampuès y otros pueblos a tocar en las patronales. Un día ya no pudieron aguantar la fuerza musical que llevaban por dentro y contrataron un maestro. Compraron instrumentos de segunda mano y debajo de un árbol de campano que estaba en la orilla del pueblo, empezaron a practicar alejados, para que no les lanzaran piedras ni le ladraran los perros.

La banda que fundaron, Ritmo de Sucre, primero se paseó por todos los pueblos y fiesta de sabanas, hasta que un día viajaron en avión y se fueron por el mundo.

Hoy, cualquiera de los Benítez, hace parte de consagradas orquestas. Para la muestra Ramón Darío y Tomas Antonio, que hoy son orgullo de Sucre en el mundo.

Las Llanadas se levantan temprano y trabaja con la fresca de la mañana para que les rinda el día. El trópico arde. En la tarde, después de la siesta, se sientan en el alar de sus casas de palma a ver pasar la brisa que estremece la pollera de las mujeres. Y ese sentimiento lo vuelven musica.

…En este pueblo que se llama Las Llanadas, la siesta se rompe con unas notas musicales que salen de cualquiera de los ventanales. Allí mismo nace la musica y se alegra la vida.

(*) Palabras del periodista Alfonso Hamburger, en la inauguración del XXII Encuentro Nacional de Bandas, en homenaje a los hermanos Benítez, plaza de Majagual de Sincelejo, agosto 16 de 2007.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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