La ciudad de Sincelejo, con su catedral San Francisco de Asís, donde Vive Escalona

El Alcalde más malo del mundo


¡El peor alcalde del Mundo!



El peor alcalde de todos los tiempos en esta ciudad, es el actual, dice el viejo Chamorro, mientras hace una mirada larga a la soledad de la Plaza de Majagual, donde los vendedores esperan con ansias a los pocos clientes del domingo, que languidece bajo los rayos de un sol ya moribundo, que se va en remolinos naranjas, grises y rojos purpura.

Vea, periodista- me dice, mientras atiende a un joven que le entrega doscientos pesos por un tiro al blanco- usted no me lo está preguntando, pero ese miserable roba para él solo. Por aquí vino en diciembre a prender las luces de Navidad con su mujer y solo lo acompañaron los guardaespaldas, nadie lo miró. No duró cinco minutos. Así como vino se fue.

En elecciones era otro, dice Chamorro, ahora pagándole con un paquete de galletas al tirador, quien ha dado en la diana.

– Tira otra vez, le dice al joven y sigue.

Los ojos de Chamorro son llorosos. Habla con traspajocidad, su voz es enguarapada, contagiosa de emoción. Se compone el sombrero vueltiao con una mano y con la otra parece narrar su drama.

Sigue: “Yo le puse treinta y ocho votos en el barrio, toda mi familia y mis amigos, sin que me diera un centavo”. Advierte que si se hubiese percatado a tiempo, al ver que el entonces candidato tenía una ceja para arriba y otra para abajo, no lo hubiese votado.

Sigue narrando:

Pero la necesidad tiene cara de perro. Mi hijo de treinta y ocho años se estaba muriendo de un cáncer en el pecho. Lo llevé a tres clínicas diferentes y aquello me dio duro en el bolsillo, pero el alcalde me golpeó en el corazón. Todo le comenzó a mi hijo por un balonazo en el pecho en un partido de fútbol y al que no le prestó atención. Vivía en San Pedro. Era un tipo sano, jovial. Se dedicaba a hacer obras de construcción. Pero no le prestó atención al balonazo y cuando se vio fue un barrito en una de las axilas. Ya era el cáncer que lo estaba trajinando.

Chamorro hace un pare. Lagrimea otra vez. Termina de despedir al único cliente de la tarde.

– Esto está maluco. Se hace poco. Ya le gente no gusta de estos juegos, ahora es puro chateo.

Bueno- prosigue- si reunía tres mil pesos me iba a la clina a llevarle algo a mi hijo. Lo pasaron para La clínica Concepción y hasta allá me iba a pie, en las orillas de la ciudad. Como me quedé sin recursos, me acordé del Señor Alcalde y me dijeron que lo esperara al lado de Avevillas, conde estaban las oficinas del señor, a quien yo le puse treinta y ocho votos. Lo esperé horas y horas, pero al fin llegó con los guardaespaldas. Estaba como de afán, porque no me prestó atención. Me le interpuse en el camino. Le eché el cuento de mi hijo moribundo, uno por un hijo es capaz de todo. Le dije que mi hijo se estaba muriendo, que yo no tenía un centavo y que necesitaba su ayuda. Casi que me le arrodillé. ¿Y sabe que me contestó el malparido?

– ¿Qué te contestó, Chamorro?

Chamorro volvió a lagrimear. Sus ojos verdosos estaban rojos y empequeñecidos por el sufrimiento. Pasó el revés de su mano derecha por sus ojos y me dijo:

– El alcalde me preguntó que acaso ese era hijo suyo?

– Y que hiciste, le digo:

– A mí se me salieron las lágrimas, porque el alcalde siguió subiendo las escaleras. No era su problema. Cuando yo volteé sobre mis pasos, uno de los guardaespaldas, que se había presenciado aquel drama, se metió la mano en uno de sus bolsillos y me dio un billete que me metí en el bolsillo de la camisa sin mirarlo. Volví tras mis pasos a la clínica. Al sacarlo, era un billete de 50 mil pesos.

-¿Y que pasó con tu hijo?

Chamorro ahora llora más fuerte. Ya no es lagrimeo. Ahora es puro sentimientos y sollozos. No llora por la ausencia de clientes en aquella plaza desolada y gris. Tampoco llora porque tendrá que volver a pie a su casa. Su respuesta es contundente:

– ¡Mi hijo murió a los ocho días!

Fue el 24 de junio de 2017. Lo enterraron en San Pedro, donde vivía su madre. Le dieron un minuto de silencio. Era muy bueno su hijo, tan bueno que le reveló la maldad de un alcalde malo.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Previous Story

La espiritualidad vallenata de una campaña en San Onofre!

Next Story

La Costa no es una Región, sino un partido político