!El acordeonista de la calle que hizo llorar a Rosendo Romero!

ROMEROEL HOMBRE QUE HIZO LLORAR A ROSENDO ROMERO.
– Magia, poesía y embrujo en el caso Quiceno.

Por Alfonso Hamburger

No encuentro como comenzar este escrito. Lo que mis ojos vieron y mis oídos escucharon- ver para creer, decía Santo Tomás; lo digo porque lo vi, tendido en la carretera, lamentaba  Andrés Landeros- son unos ojos desorbitados que se querían  salir de sus parpados dilatados. Ojos de luna, ojos de loco. Y cantaba con desgarro interior y a través de esa boca inmensa una lengua roja y pastosa, una dentadura quebrada donde faltan algunos colmillos y ese acordeón roja en su nácar y azul en el fuelle en sus brazos se veia pequeña, como si fuese un juguete.

Se trata de un loco que tiene ropa para el frío, que parece burlarse del instrumento, y salvo quienes lo acompañaban, la gente pasa indiferente a aquel drama, al embrujo que brota del alma sabanera. Tocaba con maestría, sin mirar el teclado, regando los dedos en los botones con su pata de gallina, haciendo disonancias rítmicas en tonalidad menor. Su canto era desgarrado y tierno a la vez

El indigente tocaba desafiante, como poseído por un demonio y sus notas largas, a veces recogidas, suaves a veces, sin fallar puntadas, parecen extenderse por los aires de la Plaza de Majagual, donde se desafiaba a puños con la barriada que deliraba y lo aplaudía. No importaba de quien fuera el acordeón- Dice Edward Cortes Uparela, en sus siempre jocosas posturas- que el problema era que el dueño del acordeón si se descuidaba estaba perdido. Quinceno se la robaba.
Aquellos ojos que cantaban con su luz desgarrada, bajo la animación espontanea de “ese hombre si toca”, “para que aprendan” ( al final), parecía un tigre en la forma de aferrarse al acordeón, como si en cada arañazo al techado, regando los dedos con su pata de gallina, como si sustrajera partículas de vida, de sabana, y a veces se iba para atrás, no porque el acordeón le pesara ( ya les dije que se burlaba del acordeón como quien tiene un juguete), ya casi cayéndose se erguía, empujándose con los talones, con un nuevo aliento, levitando, y al observar que era grabado, como si se tratase de un libreto, una forma de aferrarse a la vida, abría mas sus ojos de loco, hazañero, sobrado, para que el mundo supiera que el que bien aprende  jamás olvida.
Estaba tocando un hombre, carajo!

QUICENO

II
Las gentes se conocen por lo que comparten en las redes sociales. Uno ya sabe en qué andan y con quienes andan. Hay gente que se vuelve vulgar, intolerable, porque lo que comparte marca su ideología de izquierda o de derecha. Otros se dedican a mandar chistes y morbosidades. Ya conozco esos personajes. Sus envíos jamás los abro.
Mi compadre del alma Felipe Paternina, me envía pocos videos, al año uno o dos, o quizás tres,  pero cuando me envía uno, siempre son cosas serias e interesantes. De modo que el pasado domingo, al ver su correo en verde, lo abrí apresuradamente. Y allí me encontré con esa reliquia de canción sabanera, de la autoria de  Sabas Méndez, cantada con desgarramiento interior por un indigente. Y abajo la leyenda:

Domingo 24 de noviembre 7:24 AM.
“Compadre buenos días.
Mire a Quiceno un batallador de los primeros festivales sabaneros.
Al parecer está como habitante de calle”.

Comprendí que mi compadre me estaba designado una tarea, que por supuesto debía emprender.
Mi compadre llamó a un amigo en Medellín para localizarlo. Desde entonces las redes se incendiaron. El video se volvió viral.

III

El llanto de un poeta:

El mismo domingo, en un grupo de WhatsApp, aparece un comentario del poeta Rosendo Romero donde se nota la gran sensibilidad humana del maestro de Villanueva. Yo pensaba que solo a los sabaneros nos hacía llorar el porro y la cumbia, que los vallenatos se dedicaban sólo a su vallenato. Yo he llorado varias veces en los últimos años por el mismo motivo. En el Festival Sabanero de Sincelejo de enero de 2017 vi una niña de Valledupar tocar un porro y un fandango en la plaza de Mochila con tanta destreza que lloré, pues vi que esta música estaba más viva que nunca, porque si niñas de Valledupar y Antioquia la tocaban con tanta ternura, había esperanza de expandirla, porque no estaba muerta.
El comentario de Rosendo Romero sobre la aparición inesperada del Negro Quiceno, dice a la letra:

“En esto los sabaneros son insuperables, ese señor me aguó lo ojos, su autenticidad no la puede contener, su sentimiento es más grande que él, se ve desmejorado pero por donde haya pasado no menguó lo que suelta como si fuera un hacha mortal pero al mismo tiempo deliciosa y cautivadora”.

Es cierto, lo de Quceno es un desafío. Es un tipo sobrado, que toca sin asco, porque en sus manos el acordeón ajeno se ve pequeño. El resto ya ustedes lo saben. Rodrigo Rodríguez prendió las alarmas y la sabaneridad ha despertado. Ojalá que se canalice bien y Quiceno esté dispuesto a salir de ese infierno, porque sin su voluntad, todo estaría perdido.
¿Se trata de la droga o un embrujo echado?

 

 

 

 
FELIPE2

III

Por un tiempo largo a los hermanos Jorge y Fabio Quiceno se los tragó la tierra. Los recuerdo en lontananza, delgados, de mala fama, esmirriados, díscolos; uno mono, otro de rasgos senues, jipato, que usaban el acordeón como un hacha, tal cual lo dice Rosendo Romero.
El acordeón, creo yo, trajo una especie de empauto satánico. Algunos escritores creen que es una maldición que surge desde que Francisco El Hombre venció al Diablo tocándole el credo al revés, cosa que nunca entendí. ¿Por qué al revés y no al derecho? Fantasía no solo del acordeón sino de las gaitas y los tambores, porque había gaiteros que los sonaban mejor sin  sus parches los tambores y sin cabeza las flautas. Sabían, decía la gente, con cierta malicia.
Los festivales son una batalla de flores, pero también una guerra sucia en donde se ve de todo. Nadie quiere perder. En el primer Festival Sabanero del Acordeón ( 1974) la cosa parecía tan incierta que Nacho Paredes tuvo que renunciar de la Junta Organizadora, porque creían que no iban a haber bastantes concursantes. Mentira. A penas sonaron el cacho de la convocatoria, salió acordeonista de todas partes, verdaderos tigres, como los Hermanos Quiceno, que provenían de Córdoba, donde se pensaba que no había tanto interprete. Siempre hubo tigres sabaneros inmortales, Felipe Paternina, William Molina, Andrés Landero, Lucho Campillo, Lisandro Meza, Gilberto Torres y pare de contar. Pero no sé porqué aquel par de muchachos, que batallaban en medio de esa selva músical, desaparecieron.
Entre los que fueron tibios, al principio, estaba el maestro Alejo Durán, quien sólo veía cuatro: Eugenio Gil, Andrés Landero y dos más. El tiempo lo rectificó, los 21 figuras sabaneros elegidas en Sincelejo, son verdaderas joyas del folclor.
El mismo Alejo, en medio de sus grandezas, era malicioso. Sabía que la guerra era a muerte y que lo podían dañar con un trago malo, entonces dejó de tomar y cuando le ofrecían una gaseosa tenía que ser tapada.
En la historia se especula que Romancito Román y Guillermo Buitrago fueron envenenados.
William Molina, tres veces rey sabanero, que a los 17 años decían que iba a superar a Alfredo Gutiérrez, fue presa de una extraña enfermedad (dicen que epilepsia), se fue a USA veinte años. Lo revisaron de los pies a la cabeza. Lo metieron en una capsula y no le descubrieron nada. Su cerebro era superior y sin daño alguno. Le recomendaron buscar a Dios, entonces se le acabó el apetito por el mundo.
Y qué decir de Joaquín Bettin, quien me confesó en el libro “En Cofre de Pata”, que dejó de tocar el acordeón varios años cuando se enteró de que en Cartagena lo iban a envenenar con un trago de ron malo.  Lo estaban buscando.
En estas tierras hubo un músico que murió defecando, porque le dieron un trago malo.
Lo de los hermanos Quiceno apenas empieza a estudiarse, y uno de sus familiares no descarta que hayan sido presa de embrujamiento.
Dios los mire.QUICENO1

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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