LA MISMA POLLERA Y EL MISMO SOL EN BARRANQUILLA SESENTA AÑOS DESPUES.
–La pollera colorá sigue en el top Tres.

Por Alfonso Hamburger
Premio Nacional de Literatura Manuel Zapata Olivella 2012.
Barranquilla eterna, en carnaval. Barrancabermeja, se tejio la pollera.
El calor en Barrancabermeja no era solo temperatura; era una presencia física, un abrazo húmedo y pesado que olía a petróleo y a río Magdalena. Eran las once de la mañana, pero el sol ya castigaba las calles polvorientas con la furia del mediodía.
En el estadero «El Hawái», donde la orquesta de Pedro Salcedo solía ensayar, el aire estaba quieto. Los instrumentos descansaban sobre las sillas de madera, brillando tímidamente bajo la luz que se colaba por las rendijas del techo. Juan Madera, con su clarinete desarmado sobre el regazo, limpiaba una de las llaves con un paño viejo. Tenía la mente perdida en esa melodía que había compuesto tiempo atrás, esa cumbia instrumental que la gente bailaba con desenfreno pero que, sentía él, aún estaba muda.
De repente, la figura delgada de Wilson Choperena apareció en la entrada, recortada contra el resplandor de la calle. Wilson, el cantante, traía esa sonrisa de medio lado que siempre precedía a una travesura o a una genialidad. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y se acercó a Juan, arrastrando una silla con un chirrido que rompió el silencio.
—Juancho, compadre —dijo Wilson, sentándose a horcajadas y bajando la voz como si fuera a confesar un crimen—. Anoche no pegué el ojo.
Juan levantó la vista, sin dejar de pulir el clarinete.
—¿Y eso, Wilson? ¿El calor o los amores?
—No, hombre, qué amores… Fue tu música. Esa vaina que tocamos ayer. Esa cumbia tuya se me metió en la cabeza como un tábano —Wilson tamborileó los dedos sobre el espaldar de la silla, siguiendo un ritmo invisible—. Juan, esa melodía tiene alma de mujer, pero le falta nombre. Le falta voz.
Juan sonrió con modestia, soplando suavemente el instrumento.
—Es una melodía de monte, Wilson. Viene de los viejos gaiteros, de esos que caminan leguas sin cansarse. Ya ha dado vueltas, a la gente le gusta así, solita.
—¡Pero es que no puede ir solita! —interrumpió Wilson, inclinándose hacia adelante con los ojos brillantes—. Mira, anoche, mientras veía bailar a esa muchacha, la de la falda roja… ¿La viste? Esa que se movía como si el piso le quemara.
—La vi —asintió Juan—. La pollera colorá.
—¡Exacto! —exclamó Wilson, dando una palmada al aire—. Eso es. Juancho, le hice unos versitos. Me salieron del pecho esta mañana mientras me tomaba el tinto. Escucha esto…
Wilson carraspeó, cerró los ojos y, sin música de fondo, dejó salir su voz cantarina en medio del calor sofocante del estadero:
«Ay, al son de los tambores… esa negra se amaña… y al sonar de la caña, va brindando sus amores…»
Juan dejó de limpiar el clarinete. El paño cayó al suelo. Escuchó en silencio cómo la letra de Wilson encajaba en los huecos de su melodía como si siempre hubieran estado destinadas a encontrarse.
—¿Y bien? —preguntó Wilson al terminar, con la ansiedad de un niño.
Juan Madera armó su clarinete con parsimonia, se lo llevó a los labios y tocó las primeras notas de la cumbia. Luego, bajó el instrumento y miró a su amigo.
—Wilson —dijo Juan, con una certeza que resonó en el salón vacío—, prepárate. Porque con esos versos, esta vaina no se va a quedar en Barranca. Esto le va a dar la vuelta al mundo.
Al llegar a Barranquilla, casi sesenta años después, del día que la Orquesta de Pedro Salcedo metió de relleno la pollera colorà – que usaban para iniciar y terminar cada tanda- en este carnaval invernizo, juro que, a esa misma hora del encuentro con Wilson Choperera- 11:00 de la mañana, por la ventanilla del avión se sentían los mismos rayos húmedos del sol abrasador de Barrancabermeja , aquel día memorable.
Es el mismo sol que nos alumbra a todos, es el mismo sol- aunque cargado de agua- que sentimos al llegar a esta Barranquilla renovada, que a pesar de todo continuaba su trasegar, en una noche de tambores.
.
Juan Madera Castro y su clarinete mágico.
II
Según el señor Google, estas son las canciones mas sonadas en el Carnaval de Barranquilla ( la pollera colora sigue entre las tres primeras)
Las canciones más escuchadas en el Carnaval de Barranquilla 2026 incluyen clásicos inmortales y éxitos modernos de champeta y vallenato. Temas como «En Barranquilla me quedo» de Joe Arroyo, «Te Olvidé» y «La Pollera Colorá« son obligatorios, junto a modernos éxitos de champeta, vallenato bailable y éxitos de artistas como Silvestre Dangond.
- En Barranquilla Me Quedo – Joe Arroyo
- Te Olvidé – Versiones de Esthercita Forero o Los Vecinos
- La Pollera Colora – Pedro Salcedo
- La Luna y el Toro – Gabino Pampini
- Ron Pa’ Todo el Mundo – Dolcey Gutiérrez
- Colombia Tierra Querida – Lucho Bermúdez
- La Danza del Garabato – Cumbia Caribe
contextomedia.com +4
- La Canción del Carnaval – Checo Acosta
- El Serrucho – Mr. Black
- Joselito el Borrachón – Mezclas de Olímpica Estéreo
- La Espelucá – Mr. Black
- Mujeriego – Ryan Castro
- Temas de Dolcey Gutiérrez
Apple Music
- Cumbia: Cumbia Soledeña, Cumbia Cienaguera.
- Garabato: La Danza del Garabato.
- Mapalé: Pura energía africana.
III
Sincé, en el departamento de Sucre, no es un pueblo cualquiera; es un semillero de cultura y folclor.

San Luis de Sincé, parque Simón Bolívar, e iglesia del socorro.
Aquí cuento un poco sobre ese rincón del Caribe colombiano tal como debió ser cuando Juan Madera llegó al mundo en 1922 y cómo influyó en él:
Una tierra ganadera y musical
Cuando Juan Madera nació, Sincé era un poblado inmerso en la sabana. Era una época donde la vida giraba en torno a la ganadería y la agricultura. No había las distracciones modernas, por lo que la música no era solo entretenimiento, era la vida misma.
Sincé es famosa por su tradición de bandas. Desde niño, Juan debió crecer escuchando porro, fandango y cumbia interpretados por bandas de viento (el formato despectivo de «papayera» o banda pelayera). El clarinete, su instrumento, es el rey de estas agrupaciones en la sabana. Sus padrinos, los Piña de San Marcos. Su patrona, la Virgen del Socorro.
Es conocido por ser el hogar de la devoción a la Virgen del Socorro. Las fiestas patronales eran (y son) el escenario principal donde los músicos mostraban su talento. Es muy probable que los primeros contactos de Madera con la música fueran en estas procesiones y festejos religiosos y populares. Le antecedía Marcial Martínez , liberal- y eso tenia un problema- quien había sido clarinetista en la guerra de los mil días, por eso se fue a vivir a San Benito Abad, y poco se supo después, pero fue un gran referente para Juan, quien lleva el apellido de su madre.
Capital cultural de Sucre.

A este municipio se le conoce con ese título por una razón. No solo dio a luz a Juan Madera, sino que respira arte. Aquí nacieron Adolfo Mejìa, Fernando Iriarte Navarro, Juan Seceriche, Leonardo Gamarra, Miguel Iriarte, Dayro Meza y los descendientes del Telegrafista de Sincé, Eligio Garcia Martínez, padre de Gabo.
Tiene un aire colonial y republicano muy marcado, con casas de bahareque y techos altos para espantar el calor, muy similares a las de otros pueblos de la sabana como Corozal o Sincelejo.
El paisaje es de llanuras extensas, sol fuerte y noches estrelladas. Ese entorno «sabanero» influye en el ritmo de la música: el porro de esta región tiende a ser cadencioso, elegante y melancólico, a diferencia de ritmos más frenéticos de otras zonas.
La influencia en «La Pollera Colorá»

Aunque la cumbia famosa se gestó en Barrancabermeja, el alma de Juan Madera era sinceana.
Llevaba en su ADN el sonido del clarinete de las bandas de Sucre.
Esa «melodía de monte» que mencionaba antes, aunque influenciada por las gaitas, tenía la técnica y el fraseo melódico de un músico formado en la tradición de las bandas de viento de Sincé, como la 8 de septiembre, que empezó a dirigir Madera, cuando Juan Salcedo se fue para Bogotá y él se vino a Sincelejo a echarle afrecho a los pavos en el patio, donde lo asaltó la fama.
No en valde, la pollera colorà sigue sonando todos los días en el mundo y en el carnaval de Barranquilla- aunque la cumbia es más millera- sigue sonando como en aquella noche en Barrancabermeja, donde la orquesta del corozalero Pedro Salcedo, sonaba más alegre cuando las muchachas llegaban con faldas rojas.


