EL ROSTRO DE LOS AUSENTES III.

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Al frente de esta iglesia de piedra y barro, en Bajo Grande, mataron al inspector de Policía. ( Foto archivo digital)

EL ROSTRO DE LOS AUSENTES. (III)

La tierra no prometida.

Por Alfonso Hamburger

La primera mujer que vi en pantalones largos, lo que provocó en mí lo que luego conocí  como el complejo de Edipo, fue a mi madre, siendo yo muy niño. Ella tenía un don de mando sobre Bajo Grande, un villorrio de noventaidós  casas  dispuestas en tres calles a la orilla de un arroyo, con dos lagunas, un campo de fútbol, dos plazas y una iglesia de piedra y barro, donde sufrimos por la derrota de Gustavo Rojas Pinillas, el 19 de abril de 1970. Era de madrugada y  mi madre se disponía a montar en el caballo Chumbito que mi padre había comprado a los gitanos para cabalgar a San Jacinto.  Nadie en el pueblo andaba descamisado por las calles ni pies descalzo. Como maestra de la Escuela Rural Mixta, mi madre impartía una disciplina rigurosa que iba desde enseñar una buena caligrafía, izar la bandera patria, entonar los himnos con reverencia y comportarse con las mínimas reglas de urbanidad.

Pero todo aquello se fue a pique con la llegada de un guajiro altanero.   Supe enseguida que algunas cosas se estaban dislocando en la conciencia social. Era un hombre altísimo y delgado,  a quien vi  de mañanita cuando venía de bañarse en el arroyo. Su figura como sacada de una película del Oeste, con un revólver colgándole del cinturón,  descamisado y una manta en el  hombro, caminando por la calle ancha de arena con los brazos abiertos, con una inmensa cadena de oro en el cuello, causó una rebelión en la muchachada, que ya empezaba a fumar mariguana y lo acompañaba en interminables parrandas, con música estridente. Incursionaba en la zona el vallenato cantado a gritos que fue reemplazando a nuestras gaitas nostálgicas.  Muchos años después, con la llegada de la luz eléctrica, la aparición de billares y la emigración de la familia de Bajo a San Jacinto, la semilla de Baquero, nombre  con el que se conocía aquel mafioso caído en desgracia, empezó a dar sus frutos amargos. Se presentaron los primeros atracos.  Fueron los tiempos en que los caminos reales se tragaban a la gente. Empezaron las primeras desapariciones y un carro blanco fantasma se pertrechaba en las noches, asechante y temible.

Baquero era el marido de una de las hijas de Rosita, mujer viuda que había quedado a cargo de cuatro hijos varones y tres hembras, de niños atacados por fiebres palúdicas y salvados por mi madre.  Una de ellas, madre soltera salió del pueblo en busca de mejores derroteros, hasta que un día se le ocurrió llevar a su conquista al pueblo. Baquero parecía de otros mundos. Era irreverente y mandón.

Primero había sido un circo, de donde salió el hombre que apuñaló a Juan  Manuel, primer muerto trágico de Bajo Grande, después llegó la romana comunitaria, instalada por la Asociación de  Usuarios Campesinos,  con la que pesaban el tabaco, para fiscalizar que el corredor no les hiciera trampas. Decían que el viejo Mario Guerrero, quien llegaba del Carmen de Bolívar a comprar el tabaco, a la hora del pesaje dejaba caer un lapicero  adrede, y al agacharse a recogerlo inclinaba la punta de la romana (Pesa con sistema de perchas), con lo cual se ganaba algunos kilos. Con la romana comunal llegaron los primeros comunistas y detrás de ellos las primeras guerrillas, que en el veranillo de Julio de 1987 hicieron un juicio al inspector de Policía, Ramón Ortega Arroyo, a quien asesinaron en presencia de todos, después de las arengas encendidas. Ese mismo día hicieron una travesía de tres horas cruzando  terrenos baldíos, “Culo Alzado”, “Frio de Perros”, “La Prusia” y “Vara de León” y  mataron al inspector de Jesús del Monte,  Andrés Gamarra, en jurisdicción  del Carmen de Bolívar. Ya la violencia era un elemento común y sin fronteras entre municipios.  Ortega Arroyo, liberal desconfiado, se                      había salvado de las arremetidas conservadoras en las primeras violencias, haciéndose pasar como godo, refugiado  en la casa de  Wilfrido Hamburger Anillo. Fue conservador unos días por conveniencia, pero siempre tuvo una actitud rebelde y militó en el MRL. La muerte del Inspector provocó la fiebre del insomnio  con ataques de frío de perros (fiebre que da frío) y después el primer desplazamiento, hasta que llegaron los paramilitares, entonces le metieron candela al pueblo y las casas que no ardían, porque estaba lloviendo, después las apilonaron con máquinas del gobierno y les prendieron juego. Solo quedaron los solares y algunos vestigios donde alguna vez hubo un pueblo.

 

Baquero se llevó a sus cuñados para Ciénaga, Magdalena, donde se formaron verdaderas crónicas judiciales en la pelea por el territorio .

En Ciénaga murió Edilberto, a mano de un clan de interioranos, que se disputaban la zona con Baquero. Pajarito, como se llegó a conocer uno de los hermanos,  quien se dedicaba a desvarar bicicletas, de pronto se vio inmerso en la cadena de venganza. Una noche  se vistió de policía, montó su bicicleta, se enfundó un revólver, pero no se cortó el pelo. Cuando ordenó un paquete de cigarrillos y el tendero que iba a matar se pilló el detalle de su luenga cabellera, sustrajo su arma, pero Pajarito fue más veloz. Un tiro en la frente de aquel hombre fue el inicio de su vida delictiva. Después tomó su bicicleta y escapó con una frialdad insospechada.  Uno de sus atracos más espectaculares lo hizo cuando el sol más calentaba, a las dos de la tarde, en pleno centro del Carmen de Bolívar, a media cuada del Comando de La Policía, donde vació una joyería. La Policía alcanzó a perseguirlo, porque el dueño del negocio llegaba cuando el audaz Pajarito salía en su propio auto, como si nada.  Después de una balacera con la policía que lo perseguía abandonó el vehículo llegando al sector de la  Cruz de Mayo, en San Jacinto y se perdió en el monte con el botín. Esa vez hizo como Robin Hood , porque los más humildes del pueblo, empezaron a lucir las joyas.

Los narcotraficante apenas despuntaba en la zona y en el Carmen de Bolívar, más tarde, iba a montar la primera hacienda con luz eléctrica en la parte alta.

 

 

San Jacinto, 21 de Julio de 1969SAN JACINTO PLAZA

 

Plaza principal, en San Jacinto. ( Foto Hamburger)

 

 

El distinguido profesor, Carlos Barraza Alandete, uno de los personajes claves en las acuarelas narrativas del compositor Adolfo Pacheco Anillo nunca pudo olvidar aquella fecha en la que dejó de tomar ron, después que había soltado la perra veinte años antes. Bebía casi todos los días, hasta tal punto  de que ya sustraía su soldado a plena luz, sin importarle que lo estuvieran viendo, cuando meaba, perdido en la juma.

Aquella tarde del 21 de Julio de 1969, después de reposar una borrachera de tres días, se bañó, se perfumó y cuando trataba de salir a la calle, su mujer  le preguntó hacia dónde se dirigía, a lo que él le respondió que iba a ver la transmisión por televisión, porque ese día precisamente- creía él- el hombre iba a pisar la superficie lunar, a lo que ella le respondió:

—¡Ujjj, mijo si estarás perdido, que eso fue ayer!

En efecto, Neil A.  Angstrom, de la misión Apolo 11, había puesto la bandera de los Estados Unidos en la luna el Viente de julio de 1969, que era el día anterior. No era posible que el delirium del ron, lo tuviera a punto de volverse loco.

La confirmación de su mujer lo concientizó de que en realidad ya le costaba trabajo distinguir un lunes del domingo o un viernes del sábado, entonces fue cuando muerto de la vergüenza, dijo que no bebería más en su vida. Y no bebió más.

Eran tiempos en que se presentaban las primeras huelgas estudiantiles y en las marchas campesinas que reclamaban la tierra tiraban piedras y daban vivas al EPL, que era el brazo armado del PCCML, Partido Comunista Marxista Leninista. Barraza Alandete no quería que sus hijos crecieran en ese ambiente y vislumbrando lo que se venía, ese otro año renunció a su calidad de profesor, se fue para Barranquilla y se embarcó en una Flota Mercante,  hasta recalar en Nueva York, donde se dedicó a la nostalgia, haciendo crónicas orales de un pueblo al que regresó a dormir sin falta todas las noches. A veces, a pleno día,  entrecerraba los ojos y fruncía el entrecejo, con fruición. Cristina Farak, su mujer, le preguntaba que qué era lo que hacía y él le respondía que aguanta, no me distraigas, que me estoy comiendo un mondongo donde  Reyes. El mondonguero Reyes quien tuvo por años la fonda más famosa en la zona del mercado público de San Jacinto, un día emigró con su familia, cuando el pueblo se volvió tan invivible, que el seis de febrero de 1997, la guerrilla se  tomó le Estación de Policía a sangre y fuego, en plena plaza de los gaiteros. Fue el acabose. No era posible que un pueblo mitico y tan grande, fuese sitiado dos veces.

Barraza se había anticipado a la debacle. Hasta Antonio Fernández, el gaitero mayor, se volvió comunista, lo que dejó registrado en unos versos  repentizados que dicen:

/El godo y el liberal sufren de la misma ancheta/ 

/Pelean por la misma teta/ que los dos quieren chupar/

/Ya no soy conservador/ Pero liberal tampoco/

/Desde que estuvo en Moscú/ Toño Piensa de otro modo.

 

 

 

 

 

Agosto 21 de 1981.

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Wilfredo Gómez besa la lona ( Foto cortesía web)

No se me olvida la fecha  porque ese día fue histórica para el boxeo mundial. Salí de Barranquilla para San Jacinto con mi primer semestre de periodismo en mi mochila, desde el tradicional y peligroso barrio Rebolo. Tomé un bus de Calamar, donde me quedé varado bajo una pertinaz llovizna. Era ya de noche. El flujo vehicular era muy liviano. Solo el conductor de una mula que le arreglaba algo en el motor, con sus luces direccionales, me llevó hasta San Jacinto, al condolerse de mi situación.  El paisa al volante solo hablaba para correrle la madre a los conductores que no hacían el respectivo cambio de luces y para preguntarme cuando veía una hacienda bonita, entre Carreto y San Jacinto.

–¿Y esa finca tan hermosa de quién es? Preguntaba

… Y yo, que iba casi emparamado por el chubasco que había recibido en la carretera, mientras esperaba un bus, le respondía:

—De María Barraza.

Fueron tres las haciendas que le gustaron, mientras hijueputeaba y a las tres les respondí lo mismo:

—De María Barraza.

A lo que el conductor respondió:

—¡Ah, pues esa hijuepuerca si tiene tierras!

En realidad, este territorio no se llama Montes de María por María Barraza, según algunos creen, fue bautizado así por los conquistadores españoles, quienes trajeron en catolicismo como daga,  querían bendecir el territorio  en honor a la Virgen María, madre de Dios, por eso el Tres de Mayo, se celebra su gloria en la región, al igual que la Virgen del Carmen,de los montes Carmelos, para pelear contra el espíritu pendenciero de Lara, que prendía las casas y le echaba puñados de tierra a la comida.

Precisamente, le narraba la historia al conductor, cuando llegamos a San Jacinto al Almacén y Restaurante Bogotá, de Néstor Fernández Vásquez, Piero. La gran cantidad de gente que estaba al frente del televisor era impresionante. En ese momento el árbitro le levantaba las manos a Salvador Sánchez y mostraba la cara desfigurada de Wilfredo Gómez, a quien acababa de vencer holgadamente, en la disputa de la corona unificada de los pesos pluma. Aquello me alegró mucho, porque Gómez, quien llevaba un invicto de 32 peleas, todas ganadas por Nocaut, y había tocado una trompeta desafinada en el ring antes del combate para impresionar, le había ganado a tres colombianos en el primer asalto en fila india: Mario Miranda, Ernesto “el Baba Jiménez” y Pambelito Cervantes.

Apenas empezaba a adéntrame en una profesión que me serviría de testigo excepcional de la guerra de una región llamada, Los Montes de María. Ya no era la historia doble de la Costa, según Orlando Fals Borda, ahora era la historia multicolor de la violencia en Los Montes de María.

 

 

 

Sincelejo, abril  21 de 2017.adalgiza

Adalgiza Mendoza, juega con su nieto Ariel( Foto Hamburger)

Tirada en el piso, con una licra  ajustada que le da plasticidad, jugando con su nieto rubio que muestra con gracia sus dientes de leche, Adalgiza Mendoza habla de sus romances, algunos acabados en el tiempo y de su actual marido el matemático, con quien no convive desde hace años. Tuvo que soportarle  dos hijos con otra mujer, pero aún vive en la misma casa, allí  aquí en el Cortijo. Lo echa y no se va.  Al principio era muy pegajoso y la cronometrada.

–Me quería tanto que me sentía ahogada, dice.

Después que su madre fue raptada por un hombre que se la llevó con secreto cuando apenas tenía quince años, todos- de alguna manera-  han sido desplazados en el amor. La hemorragia de abandonos es visible y se ha ido alargando. Para la muestra un botón en el suelo, Ariel, el niño que juguetea en el piso con Adalgiza, es hijo de su hijastra, madre soltera.

–¿Es que estamos en medio de una generación perdida?, se pregunta, ahora poniendo sobre la cabeza del niño un carro de juguete.

Entre tanto, Ariel Mendoza espera su turno, sentado en una mari palitos, sobándose las manos, que a veces se lleva a la cabeza, como precisando fechas y escenarios, esas manos que en este mundo han hecho de todo, menos matar.

–Lo que pasa es que a Ariel le gustó trabajar desde niño, tener plata en el bolsillo, dice Adalgiza.

Instalado en Sincelejo, donde poco a poco se fue refugiando la familia, Ariel empezó a trabajar como lavador de autos y después  como tejedor de paja en mecedoras de mimbre, donde alcanzó una habilidad pasmosa, porque le pagaban por destajo. Lijó muebles y aprendió a pintar. Después estuvo tres años perdido de la familia, que lo daban por muerto.

—Lo que pasa es que mi papá me patrocinaba todo, era su hijo preferido y eso me perjudicó.

El viejo lo complacía en todo.  Lo consentía, todo lo que se le antojaba de niño se lo Le compraba; que el dulce, que la galleta de soda, que esto, que lo otro. El viejo tenía cincuenta burros de carga, que eran una renta fija en tiempos de juajupa, sembraba por cantidades industriales y era corredor de tabaco, de modo que tenía sus maneras.

A los catorce años se conoció con Orlando Camacho, quien se lo llevó para Cartagena si avisarle a los padres y lo puso a lijar y a pintar muebles. Vivía en una pieza solo, donde escuchaba radio de noche, hasta que  en una madrugada oyó el reporte en un servicio social donde se decía que su familia lo  andaba buscando. Ese otro día pidió su liquidación y volvió a Sincelejo.

De recolector de basura, cuidador y lavado de autos, pasó a empajador de sillas ( Empajaba doce sillas por día), pasó a colchonero y pintador de muebles, hasta que en diciembre de 1978 regresó al Carmen de Bolívar. Tenía 20 años y estaba que se tragaba el mundo.

Fue allí, una tarde soleada que caminaba por el centro, cuando conoció de la fama de Alberto Peluffo, un hombre de la casa, quien había hecho furor a su regreso de La Guajira. Había regresado con plata, situación tan difícil de ocultar como la pobreza. Estaba gordo. Era pintoso, con sombrero fino en su cabeza y plata en el bolsillo. La era marimbera atravesaba transversalmente la sociedad colombiana y las camionetas Ranger irrumpían en el mercado con los conjuntos vallenatos.

—Me fui  a escondidas, dice, mientras toma a su nieto en sus brazos y lo mima con ternura.

Allá en la Guajira Arriba, donde nacía el contrabando,  fue caletero, o sea, la persona que se encarga de diseñar, sembrar, producir, empacar y hacer las caletas donde se esconde la mariguana ya prensada, lista para el mercado, con un fusil R-15 de 71 balas en la recámara y 71 en una canana. Se llevaron  siete trabajadores,  tres del Carmen de Bolívar, dos de San Pedro- la tierra de los mochacabezas- y dos de Palo Quemao, la tierra donde nació Alfredo Gutiérrez. Tumbaron, desde el mes de enero de 1979, 41 hectáreas de montañas, en un sector llamado La Sierra, del narcotraficante Adaulfo  Bolaño Mendoza, con quien convinieron el precio de un millón de pesos, que para la época era mucha plata. La tarea era tumbar la montaña, hachar, desmalezar, amontonar y quemar. Después del despalite el hoyado y el sembrado.  Una vaca costaba 25 mil pesos, de allí que era una buena plata, pero se podía morir en el camino. Duraron seis meses preparando la tierra.

Vivian tiempos emotivos, sin pensar en la muerte, cantaban y bebían.  Hacían café con panela y mariguana. Se emborrachaban en las caletas y poco salían  a los pueblos, por temor a que los mataran.  El 15 de diciembre de 1979 entregaron 600 bultos de mariguana prensada, listas para exportar.  Hubo problemas para la entrega del dinero, por lo que tuvieron que hacerle casería a Bolaños en Valledupar.

Aunque el patrón no se portó bien, el dinero alcanzó para terminar parte de diciembre en Valledupar, gozando con mujer y parrandas. El resto sirvió para pagar deudas. La familia ya andaba en estampida.

Al año siguiente la siembra fue mejor. Fueron 900 pacas de mariguana las que  cosecharon en La Sierra, pero sucedió la traición. Ariel fue dejado en la Sierra con un rifle R-15 con varios proveedores al cuidado de las caletas, con tres libras de arroz y sal. Mientras esperaba que llegara el patrón con el dinero prometido se quedó sin comida. Durante varios días se alimentó de raíces y de frutas de monte. Incomunicado por completo y sin dinero, se gastó cinco días para llegar a Valledupar, mal vestido, mal alimentado, a veces en chances otras a pie y encaró a Bolaños.  El narco le advirtió que su dinero se lo había envido, con Peluffo. Discutieron, pero Ariel siempre cargaba un ángel en su buen comportamiento.  Mientras estuvo en la fina El Higuital, cerca de Valledupar, donde esperaba el dinero, se hizo muy amigo de la madre del capo, a quien  le llevaba la comida a su cama. Ella se aquerenció con el muchacho y eso lo salvó.

A los cinco días de espera, mientras diciembre avanzaba, entre discusiones y voces altas, le armaron una celada. Inicialmente Bolaño le decía que tenía que volver a la Sierra por las pacas de mariguana encaletadas. Era para matarlo. Ariel se negó, a aquella tierra maldita no regresa ni a recoger sus pasos.

Al día siguiente Bolaño se presentó a la finca con alias Igno, el Ñau y el Bale, reconocidos delincuentes de la zona para amedrentarlo, pero Ariel cargaba el fusil para arriba y para abajo. Volvieron a discutir y Ariel alcanzó a descargarle una ráfaga, pero Bolaño fue veloz y se lanzó en el piso. Los sicarios quedaron perplejos y cuando iban a sacar sus armas, apareció la Doña madre de Bolaño en una camioneta. Conocidas las intenciones de su hijo, la valerosa mujer los había seguido hasta la finca y evitó una masacre.

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Plaza Alfonso López de Valledupar ( Foto web)

En Valledupar ella le entregó 120 mil pesos del millón prometido y Ariel se fue al Carmen de Bolívar a terminar de pasar año nuevo. A los dos meses no tenía un peso en el bolsillo. Sabía que si regresaba a Valledupar era hombre muerto, pero lo hizo y la mujer le entregó otra cantidad.

Esta vez sí sentó cabeza. Se puso a comercializar ñame criollo y espina para Magangué, pero descubrió que el mercado de Mompox era muy bueno, pues allá poco conocían este tubérculo. La libra de ñame espino costaba dos mil pesos más que el criollo, pero en Mompox todo lo vendía como si fuese de primera clase. Cargaban camiones de ñame para esa zona y en pocos años atesoró una pequeña fortuna. Ya no viajaba sino que encargaba al chofer del camión, Elmer Ballesteros, quien iba al depósito del Carmen donde estaba acreditado. El comerciante le enviaba camiones llenos a crédito con el chofer sin necesidad de firma. Pero en 1984 se presentó una gran tempestad que dejó a Mompox aislado del mundo. En ese tiempo ya no le llegaba un camión completo, sino la mitad, lo que fue desmejorando el negocio, pues pagaba el mismo flete, pero las ventas eran menos. Algo estaba pasando que no era normal. Tres meses después, cuando al fin se reestablecieron las comunicaciones, el dueño del depósito le dijo que estaba caído en varias facturas y que la cuenta iba por medio millón de pesos.   Ariel enviaba la plata con Ballesteros, pero éste no pagaba. Al final asumió la deuda y perdonó al bribón, quien hoy es pastor evangélico de siete iglesias.

En esas andanzas conoció a Libia García, una mujer que iba al depósito de ñame y ya había tenido un fracaso. Se enamoraron y se fueron a vivir. Pusieon una tienda.  Tuvieron dos  hijos varones, pero fracasaron porque el viejo  Liborio Apolinar Mendoza  Pedraza, su padre, no era gustoso. Decía que mujer que venía de otro algún resabio tenía.  Un día se dieron golpes y ella se fue a un pueblo lejano, donde uno de sus hijos, Xabier, se ahogó en una represa de Salamina.  Fue otro dolor.

Eran los tiempos en que  Ariel  bebía mucho, porque se había vuelto peleador de gallos y ella le reclamaba. Gallo al que le ponía el ojo era gallo ganador, pero fue de malas en el amor.

Después de una dura pelea,  en que Ariel llevaba tres días bebiendo, al regresar no la halló. Libia se llevó todo,  hasta desmanteló la tienda que le había puesto para que se rebuscara.

–A los seis meses me llevé a Sol, dice.

Allí si fue gustoso su papá, porque Sol Estrella Luna Meza ,  además de tener apenas catorce años, no solo era virgen, lo que era fundamental para ser casta, sino que era conocida en el vecindario. Su nombre completo ya era un poema: Sol Estrella Luna Meza, y era una negra hermosa, de ancho caderamen. La muchacha iba a la tienda que tenía con su ex y allí aprovechaba para darle la ñapa o en los descuidos de su mujer no solo le picaba el ojo o le tomaba las manos, sino que le servía de más. Habló con sus papás para que les dieran la mano. Establecieron el 24 de diciembre  de 1987 para el matrimonio. Eran tiempos en que Ariel destilaba el mejor aguardiente de contrabando de Los Laureles, la finca donde Vivian. No quería fiesta con Sol y no estaba dispuesto a esperar a diciembre, de modo que organizó una parranda donde puso el ron y las gallinas. Al término de tres días, en los que llegaron gaiteros y piteros, los suegros dormían de la borrachera, entonces se llevó a Sol para Sincelejo.

Regresaron para casarse en enero de 1988, le montó una tienda mas surtida que la de Libia y empezaron a vivir muy felices. Los años 88-89 y 90 fueron de progreso y felicidad, tenían más de cien gallinas, una cría de cerdos de levante, algunas vacas y terreno donde cultivar. Incluso, se llevaron a vivir a Xavier, uno de los dos hijos que tenía con Libia García. Pero aquella felicidad se truncó cuando en la zona apareció la guerrilla.

Las revueltas estudiantiles, que en San Jacinto habían motivado el desplazamiento voluntario del profesor Barraza y las organizaciones campesinas, tuvieron su efecto. Empezaron a aparecer los comités que invadían las tierras para propiciar a que el Gobierno las adquiriera a través del Incora  y las distribuyera en los campesinos. Ellos invadía y el Incora compraba. Los instructores de los comités iban metiendo la ideología comunista. Ariel integró aquel comité de tierras, en el que se afiliaron 43 campesinos. La primera finca grande que fructificó fue la de Don  Alfonso Montes, quien vendió unas 400 hectáreas.  23 campesinos fueron beneficiados y Ariel recibió 24 en el sector del Barro, de donde salió un día con las manos en la cabeza. Montes había alcanzado a vender otro lote a un Guajiro, quien construyó una piscina y puso luz eléctrica, hasta que un día halló su finca invadida de subversivos. La presencia de varios frentes guerrilleros, narcotraficantes guajiros y la falta de políticas de créditos del Estado, que dejó la zona sola, propició una explosión, en un terreno que ya venía minado por la guerra entre los Méndez y los Fernández.

DESPLAZADOS

A Sincelejo han llegado unos 150 mil desplazados ( Foto web)

 

Sincelejo, junio 8 de 2015, defensoría del pueblo:

 

La Defensoría del Pueblo en Sucre  pasó en los  últimos años del último puesto al once en la tabla de rendimiento nacional, gracias a la gestión de Franklin de la Vega.  A su llegada había veinte y ocho defensores públicos, ahora son setenta y ocho.  Trabajaban hacinados en una casa del barrio Ford, donde las victimas que iban a declarar eran re victimizadas. Ahora operan en una casa amplia, de corte republicano, con oficinas acondicionadas con aires integrales y una sala cómoda donde los usuarios se sientan a esperar su turno como si estuvieran en un banco, mientras ven televisión y toman tinto. Yo, por lo que veo, no tengo cara de víctima, aunque por dentro vaya destrozado. Soy blanco, pecoso, voy bien puesto, tengo entradas y gafas de intelectual, de modo que la señora de los tintos, al  verme sentado en uno de los cubículos donde atienden a las víctimas del conflicto, cree que soy un funcionario que acaba de venir de Bogotá.

–         ¿Desea un tinto, doctor?

Me dice la dama, mientras sacude los escritorios.

–         Por supuesto, le respondo. Gracias, amor.

Son las siete y media de la mañana (soy más puntual que novio feo) de este viernes cinco de junio, último día para hacer la solicitud en el registro único de víctimas, pues el lunes es festivo y el martes nueve, no habrá tiempo. Como las veintinueve personas que ya están sentadas en la sala de espera, yo he dejado esta diligencia para el último día. Solo hay una persona para atenderlos y en tiempos normales el promedio de atención es de cinco por día. Hoy, por orden mayor, hasta el chofer deberá registrar víctimas. Se estima que entre 1985 y 2011, que es el tiempo que ha determinado la Ley 1448, fuimos sujetos victimizantes de la guerra unos ocho millones de colombianos. Y muchos , como yo, no nos atrevíamos a dar la cara.

–         ¡Hay prioridad para los ancianos y las madres con niños de brazo!

La mujer de cabellos cortos y actitud militar, hizo resonar sus palabras en el salón y penetraron nítidas en el salón donde estoy esperando el primer turno. Pensé que iban dirigidas a mí. No soy un anciano, no soy mujer y por fuera no tengo rasgos de ser víctima, aunque por dentro esté roto. Pido perdón por haber usado mi condición de periodista reconocido para estar de primero.  Había quedado de último el día anterior(ayer), cuando se suspendió la atención, a las siete de la noche. El doctor me había recomendado que viniera hoy a las siete y media, para que me tomaran la declaración antes de las ocho, pero la funcionaria era más lerda que mi relato. Mi desplazamiento es toda una novela. En ese momento, la mujer amachada, la del pelo corto me incrimina, me pregunta qué hago allí, que quién me autorizó.

–         Usted no tiene cara de víctima.

–         Bueno, eso es lo que trataré de explicar.

En ese momento entra el Defensor del Pueblo, a quien le he contado ya antes mi novela.

–         No temas, que yo también estuve sentado allí y puse una demanda penal contra el propio Salvatore Mancuso, jefe de las AUC, me dice, para calmarme, porque en ese momento estaba a punto de desistir.

Vega le hace un guiño a la mujer de actitud militar, que se aleja y toma su silla.

No solo había estado toda la tarde anterior haciendo la cola, pero sentado en el propio despacho del Defensor del Pueblo, sino que esta mañana fui muy puntual. No obstante, cuando llegué a la sede, ya había en la puerta por  lo menos veinte personas, para tomar su turno. Sus caras eran de gentes sufridas, como cadáveres ambulantes, que copaban las escaleras y parte del andén, en la terraza, y bloqueaban la puerta. Por la rejilla de hierro,  protegida de un candado, vi a la mujer que aseaba los pisos, la misma que me comparó con un doctor.

–         Y usted Viena a trabajar acá, ¿ verdad?

Me dijo. Y agregó: “Es que se parece a los doctores que trabajan acá  ¿Desea un tinto? Y bien que me caía, porque no había desayunado.

Ella, creía que iba a una entrevista laboral y no a una denuncia como víctima.

–         ¿Y el celador?

Pregunté al anciano enorme y robusto que lideraba el pelotón que había madrugado a tomar los turnos.

–         Está orando en esa sala.

–         ¿Orando?

–         Sí.

Me acordé que yo era una de los ocho millones de víctimas del conflicto en Colombia. Aunque provenía de Los Montes de María, no había llegado con gallinas muertas ni vivas, entonces, mientras esperaba el turno, pensé en mi día anterior, en segunda persona, porque a pesar de todo, también era desplazado en el amor:

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Epilogo.

En la víspera del martes aciago, Esperanza había vuelto a sus andanzas espiritistas que la llevaran a pistas contundentes de la infidelidad de  Santiago Alfonso, quien a su vez andaba con sus amigos, en una exhibición de carros antiguos. Era un puente festivo y ella había entrado en shock de celos, montando  guardia desde el viernes. El domingo para amanecer lunes, la mujer no durmió en la noche persiguiendo lagartijas de las que se deslizan por la pared, vigilantes y acompasadas. Decía que eran brujas que le inyectaban demonios en el cuerpo, mientras mostraba una especie de chupones verdes y espantosos.  Santiago había llegado desecho de sus actividades sindicales y se había tirado en la cama con ropa y todo, pues ella le había vaciado la cartera en la mañana y no llevaba un solo peso, de modo que tuvo que esperar hasta las tres de la tarde, cuando repartieron unos pasteles. Fue el desayuno, apenas.  Serían las tres de la madrugada ( él soñaba en lontananza) cuando ella encendió todas las luces de la casa y prendió los televisores, no tanto para iniciar su batalla contra aquellas animalejas satánicas que parecían anunciar el fin del mundo, sino para molestarlo, pues su sueño era tan profundo que no había dudas de haber hecho el amor con la otra. Tomó la bomba para matar insectos y arremetió contra la lagartija cebada en el cuarto nupcial, que fuerte y severa, apenas se movía, abriendo unos ojos brillantes que parecían pedir auxilio. El animalito cayó al piso, pero sus signos vitales eran notables. El insecticida no parecía afectarle en lo mínimo por el rocío que ella le daba una y otra vez, mientras gritaba:

–         ¡Eres una bruja, muere, muere, maldita!

El lunes festivo Esperanza se perdió del hogar mientras el resto dormía. No preparó desayuno ni dejó nada dispuesto, de modo que Santiago Alfonso no halló nada en la nevera. Las niñas, fieles a sus trasnochos en la web, seguían durmiendo a pierna suelta, indiferentes.

Casi a las doce del mediodía,  Esperanza  apareció con signos distractores de haber mercado. Muy seguramente había vuelto a sus andanzas con las médium que visitaba, tras la pista de mujeres con las que andaba su marido.

 

-¿El viernes tenían en la cartera 4 billetes de 50 mil, qué los hiciste?

 

Santiago había recibido ese dinero, pero nadie debía saberlo. Esperanza no tenía por qué saber de dónde ni quien le había dado el dinero, pero lo cierto era que ya a esa hora, no tenían un solo peso.

–         Y lo peor, es que a la niña no la dejaran entrar a hacer los exámenes, porque no hemos pagado, dijo.

Por la noche del lunes la niña entró en cólera. Santiago Alfonso había arrasado con los pocos alimentos de la nevera. Ellas regresaron de donde la abuela y Esperanzas lanzó un cuchillo contra su marido, que a duras penas alcanzó a esquivar. Llevaba cuatro horas pegado en la computadora, supuestamente comunicándose con los clubes de chicas fáciles, de los que tanto abundan en la web. Se levantó furioso para golpear a la agresora, pero solo lo hacía para asustarla. La menor se interpuso:

–         Tú, papá, que golpeas a mamá y te denuncio en la Fiscalía.

Era la primera vez que el bebé se levantaba contra su padre e iracunda subió las escaleras. Entró en su habitación, dio un portazo  y se atrancó. Sin embargo, cuando Santiago subió a su habitación para acostarse, la escuchaba, muerta de la risa, chateando con sus amigos. ¿Acaso aún tenía el espíritu de Charlie Charle?

Por falta de pago, no iba a entrar a hacer exámenes. De modo que el martes la niña siguió encerrada, la mamá se fue a su trabajo y Santiago pereceó un poco, escuchó las noticias funestas de siempre, revisó sus correos, se bañó, se arrodilló en el baño, pidiendo  a Jesucristo que lo desatara de  viejos pactos  familiares y encomendó a sus hijas. Pasadas las ocho de la mañana caminó al parqueadero. Observó su viejo auto y le pareció más viejo que nunca, pero no lo revisó. Tenía ya tres días de estar parado en el lugar, a sol y sereno, desde que los acomodados del  conjunto se habían apoderado de los cupos con techo. Siendo copropietario del conjunto, le habían sometido a usar el parqueadero de visitantes. Encenedió el motor que carraspeó, lento, con desgano. A la tercera vuelta de la llave, el motor anduvo. Le dio en reversa y notó que el motorr cascabeleaba. El carro andaba pesaroso, con un temblor extraño.  Aun así salió a la avenida y se enrumbó a la Troncal de Occidente. Por momentos soltaba la cabrilla y el viejo automotor tiraba a la derecha. Supuso que las llantas estaban desniveladas. Tomó la carretera Troncal, encendió el radio, sintiendo que ahora el carro sonaba extraño, como si una llanta estuviese desinflada. Se hizo a la derecha, bajó  y revisó. En efecto, la llanta  delantera, del  lado derecho, estaba pinchada. El carro había avanzado unos  300 metros en el aro, destrozando los neumáticos. Su mente se le embotó. ¿Cómo se desvaraba?  No llevaba un solo peso en la cartera ni tenia a quien   llamar por un préstamo. Sus compañeros de oficina ganaban  tres veces menos y a esa hora ya estaban de limosna.  Era martes nueve de junio. Su mujer no cargaba celular. No tenía llave para regresar y entrar en la casa para sustraer monedas de la alcancía.  A doscientos metros había una llantería, pero la última vez,  le había quedado debiendo el servicio porque no había vueltos. A veces daba la impresión de  ser indiferente con todos, de ser engreído, pero en el fondo era distracción. No se le grababan nombres ni caras. De hecho el llantero sí que lo iba a identificar. Muchas veces estuvo tentado a llevarle esos dos mil pesos al hombre, pero nunca sacó el tiempo ni el rato. Cuando pudo no quiso y ahora, tendría que darle la cara al hombre, para que le acreditara otro servicio.  Estaba bloqueado mentalmente, porque ni siquiera se le ocurrió que llevaba una llanta de repuesto. Llamó a su bebe, de seguro ya se la habría pasado la rabia por lo de anoche, pero su celular se iba a buzón. De hecho estaría durmiendo.

Llamó a un compañero de trabajo. Tampoco tenía un  solo peso. Revisó uno a uno a sus amigos y no halló uno solo que lo pudiera desvarar. ¿Había sido tan mal amigo que no le quedaba uno solo? Al  fin decidió acudir al llantera de la esquina y solo llegando se percató de que llevaba una llanta de repuesto. Lentamente, para no terminar de moler el neumático, recostó su viejo auto en la acera, mientras  el joven llantera terminaba de atender a otro cliente. Abrió el capó y se dio cuenta de cuanto olvidado tenía su auto, con libros enmohecidos, facturas, muñecas de sus hijas y desperdicios enredados con la llanta de repuesto, un viejo gato y una llave para soltar las tuercas. La llanta de respuesta estaba casi desinflada y aunque se hubiese desvarado con ella, de nada hubiese servido, porque cuando intentó soltar la primera tuerca, no pudo. Estaban como selladas. Puso la llave en la tuerca y le dio con el pie, pero la llave se partió. El llantera vino en su ayuda con un gato nuevo y una llave más vigorosa, pero aun así las tuercas estaba selladas y no cedían. Al fin, el joven pudo bajar la llanta e incrustar la otra, después de echarle aire.

Mientras veía el mozo cuadrar la llanta, pensaba cómo le iba a pagar, cuando no tenía un solo peso en el bolsillo. ¿Acaso el joven leía como para pagarle con uno de sus libros? Nada. Acá la gente no dejaba de comerse una libra de carne por comprar un libro.  Fue donde pensó que dejaba la llanta e iba al cajero, pero sabía que en el cajero no tenía depósito.  Al fin le dijo al joven que esperara allí, que en quince minutos regresaba por la llanta.

El llantero tendrá que esperar, quizás lo que esperan las víctimas, porque de ocho millones de admitidas por el estado, todavía no se llega al millón de atendidas administrativamente.  La mayoría, han sido desplazados por el amor.

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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