El rostro de los ausentes(I)

Desplazados por el amor (I)

Hay algo descompuesto en mi interior. Debe ser una especie de tuerca floja que no encaja en mis emociones, una especie de miedo. Es como una costra de inseguridad que me aturde, que me lleva a parajes del pasado. Son como imágenes inasibles, que se me revelan por instantes fugaces, en soleadas luminosas, por milésimas de segundos, como si soñara despierto. En los últimos tiempos se me presentan con más frecuencia.  Voy manejando  mi auto y me dejo llevar por esa creciente  azarosa y se me olvidan los peligros de la calle: con el viejo que cojea, la mujer escuálida que atesora la bolsa del almuerzo y el auto destartalado que también fue último modelo alguna vez, son los instantes en que me dejo llevar de Dios y sólo él conduce mi existencia. (A. Hamburger)

Por Alfonso  Hamburger Fernández.

Sincelejo, Sucre, Colombia, domingo 15 de abril 2017. Por la tarde.

Llueve sabroso en Sincelejo. Con gracia. Llueve limpio, sin brisas. Sólo un trueno lúgubre y lejano empaña las cortinas del tiempo que se alzan sobre las colinas cercanas, hacia el Sureste, rompiendo el ritmo de las aguas sobre el techo. Chorrea el canal del desagüe.  Los niños que patean un balón pequeño se divierten correteando sobre la cancha recién mojada. Adalgiza Mendoza, La mujer de rostro triangular y marcados rasgos indígenas  que tengo al frente me mira con insistencia, mientras amenizamos con la palabra el cumpleaños de Pablo Fernández, quien llegó desde San Jacinto a esta ciudad exactamente el 20 de enero de 1973, poco antes de que el mundo empezara a desbaratarse. Siente antes de que se cayeran las corralejas.

“Yo vine a esta ciudad el 13 de febrero de ese año, en plenos carnavales, tenía apenas 14 añitos”, dice Adalgiza, mientras se recoge el cabello graciosamente.

Fueron los últimos festejos del Dios Momo en Sincelejo, porque una balacera entre marimondas que dejó dos muertos selló para siempre las carnestolendas. No obstante, eran tiempos de paz. Se vivía sabroso, como esta lluvia que nos enternece.

Adalgiza apenas se presenta, pero ya me ha mirado varias veces, como queriéndome decir: “Heme aquí, soy una desplazada de los tiempos de Los Méndez, cuando el Carmen de Bolívar empezó a descomponerse”

Fueron muchos los desplazamientos, por la naturaleza, por la violencia y por el amor; por el desgobierno. Son variadas las guerras (De bandas, guerrillas, paramilitares, amoríos frustrados, desolación, narcotráfico y dispersión) en medio de un estado lerdo. Pero al fin, solo la unidad familiar, regada por el mundo, nos da la felicidad. La posibilidad de buscar mejores tiempos.

Mientras llueve nos miramos y mientras  va escampando  Adalgiza nos introduce en la ardiente historia de Los Montes de María, con epicentro en aquellas montañas febriles, descritas por Lucho Bermúdez como un edén donde  las  mujeres con sus miradas nos asesinan como puñales, donde el toro salta a la arena y  hasta el más cobarde se en guapetona. Es una tierra pionera de la violencia que arropó el país, pero también epicentro del amor. Aquí confluyeron  la modernidad y la violencia como forma del desarrollo. Aquí hubo de todo: Se dio  la primera exportación del país con el tabaco negro, pero también el empalamiento como método de tortura, desde la escena en que un garrochero a caballo en banderilla a un amarrador de  a pie,  hasta la masacre de sesenta y seis  personas en tres días sangrientos donde los asesinos bebían aguardiente y tocaban las gaitas sobre la sangre caliente, en El Salado. Pero también nació el porro y su forma rebelde de bailarlo contradiciendo las manecillas del reloj. Toda una ideología del indio y el negro, para contradecir la cultura imperante. En el centro el blanco europeo y ese ingrediente de la picardía y el negocio: el árabe. Esa mezcla hizo del nativo de esta región a un hombre color miel, trabajador, bebedor de ron y mujeriego, presto a la aventura.

Aquí nace la historia.  Adalgiza mece su inmensa cabellera azabache con rayitos naturales y sus tetas flácidas que se asoman por el escote de su vestido al agacharse, a los 63 años, revelan que ha exprimido el amor y que ha amamantado lo suficiente como para sufrir y sobrevivir a la tragedia. Es la vida que sigue triunfando a pesar de los pesares.

Tiene cuatro hijos, tres pujados en medio de la lucha en este Sincelejo donde  habitan ciento cincuenta mil desplazados- el 33 por ciento de la población es víctima del conflicto- y la última, de 21 años, ya parida, recogida de un hogar derrotado a sus dos años de nacida,  hija de su hermano Ariel de Jesús, cuya mujer se le fue con un guerrillero al que le había tendido la mano. Ellos, los guerrilleros,  llegaban, empezaban por pedir agua y después mataban la mejor gallina. Cuando estaban aquerenciados querían cargar con los hijos de los raizales, para entregarlos a la guerra. Y de añadidura, enamoraban a sus mujeres. Y algunas, como Sol Luna, mujer de Ariel de Jesús Mendoza, se fueron con ellos, dejándolo todo. Después los hijos eran repartidos en la familia, una especie de concertación, como en los tiempos de Alejo Durán.

Se ha contado tanto sobre esta situación de desplazamiento, pero pocas veces se trató el tema del desarraigo cultural del amor, la traición y la infidelidad, que para el hombre se convirtió en una subcultura admitida, pero que en el caso de la mujer se traduce en una especie de castigo.  El hombre se va para la guerra o la parranda, que muchas veces es lo mismo, mientras la mujer queda en el hogar, cuidando a los niños, cocinando, lavando, leñando, y su deber es guardar la espalda del guerrero. De lo contrario, será lanzada a patadas. Su desprestigio es inminente. “Boga porque sí y boga porque no”.

Ahora ya ha escampado. El ritmo de las gotas en el tejado es más lento, los niños siguen detrás del balón, se escucha el festivo grito de gol.  El domingo languidece y la historia queda revoloteando en mi mente. Adalgiza me ha dado su número de celular. ¿Cómo es eso de que un guerrillero al que le dio alojo acabó con el hogar de su hermano Ariel?

Cancha del Barrio La Campiña, en Sincelejo.

II

Cartagena de Indias, Junio de 1990Pensión de Mayito Bárcenas. Piso Cuatro del edifico La Torre, sector La Matuna.

Recuerdo la fecha porque se jugaba el Mundial de Italia 90 y aquel gol del Fredy Rincón a Alemania nos puso a soñar. En el momento del gol, cuando Rincón iba a patear, se fue la señal del viejo televisor. Supimos que era gol por la explosión de júbilo en todo el sector. Al regresar la señal, los jugadores colombianos celebraban en una pirámide humana. Nos abrazamos sin distingo de región.   Vivíamos apelotonados en aquella pensión maloliente, donde confluíamos gentes de todo el país. Guajiros que vendían mariguana, sobrevivientes de la tragedia de Armero, montemarianos y sabaneros nostálgicos del suero y el queso. Sin pensarlo, todos éramos desplazados de alguna manera. Por momentos, el festival del gol, nos hacía olvidar quienes realmente éramos.

Después vinieron las cervezas y los cuentos. Uno de los  huéspedes era un muchacho larguirucho, de bigotes, cuyo nombre se me borró con el tiempo, oriundo del Carmen de Bolívar, de la misma tierra de Adalgiza, donde se desarrolló la más grande  y sangrienta disputa  entre familias del mismo cuño,  entre Los Torres y Los Fernández.

Y el muchacho narró así:

Cierto día, caminaba yo por el centro del Carmen de Bolívar pateando las piedras, cuando de repente me encontré con mi tío Jorge Méndez. Tenía yo apenas doce años.  Mi tío, que iba con su hecho pensado, se sorprendió al verme y me preguntó  qué hacía yo por allí, a eso de las once de la mañana. Le respondí que iba a hacer un mandado. Entonces me dijo: mira, marica, corre y vete a tu casa y te encierras, porque voy  a matar al agente   Calle.  Este era un carabinero de la Policía montada, famoso porque había generado terror en el territorio asolado por la violencia. Llevaba varios muertos en su carabina temeraria. Convidaba a los cuatreros a pelar una vaca y después los traicionaba. Tapaba los cadáveres con el cuero de la res hurtada.  Yo corrí a mi casa, ubicada a unos cuatrocientos metros del sector de El Mamón, porque sabía que Tío Jorge era de armas tomar. No alcancé a llegar cuando escuché los disparos.

–Ya lo mató, pensé, y saz me guardé en mi casa. Atranqué la puerta y le dije a mi madre, hermana de Jorge, que habían matado al agente Calle. Nos atrancamos durante días.  Había orden de la Policía de acabar con la banda de Los Méndez. Todo el que llevase este apellido, era objetivo de la guerra.

Lo supe después, dijo el muchacho, empinándose otra cerveza, al tiempo que relataba, ya sin miedo:

Mi tío llegó al billar, allí cerca de la Iglesia, en pleno centro del pueblo  y apenas puso sus pies en el lugar observó que el agente Calle estaba jugando billar con otra persona, con el fusil recostado en la pared.  “Calle, vengo a matarte, así que recoge la carabina y defiéndete”, le dijo mi tío. El agente Calle se puso verde del susto, mi tío era el hombre más veloz que hubo en la región con el revólver. El carabinero trató de agarrar el arma, pero estaba tan nervioso que se le cayó.  Mi tío, antes de que lo recogiera, le pegó tres tiros. Por mucho tiempo los sesos del agente Calle quedaron marcados en la pared del billar, sobre la imagen de unas modelos semidesnudas que adornaban aquella cantina.

III

Sincelejo, abril 17 de 2017.

Barrió El Cortijo.  2:00 PM. No fue tan fácil hallar la residencia de Adalgiza, porque vive en un callejón peatonal, en un sendero de casas  sin entrada vehicular, como si quien  diseñó el barrio no hubiese pensado en que la ciudad iba a crecer. Ella salió a esperarme en la tienda de la esquina. Una verja alta protege la casa. Se nota que una mano diligente riega el jardín.  Nos acomodados en una sala calurosa donde un abanico pequeño pelea con el bochorno de la siesta  y por seis horas nos pusimos a revisar la historia del desplazamiento de su familia, hoy desperdigada por todo el Caribe y Venezuela. Incluso en el interior de Colombia. Me interesaba Ariel de Jesús, su hermano menor, quien había llegado a  Sincelejo con una carga de aguacates por la mañana y postergó su retorno al Carmen para atenderme, pero ella hablaba como una lora. Mientras Adalgiza narraba Ariel se ponía las manos en la cabeza, como si llorara.  Estaba que se contaba solo.  Entre los dos rectificaban fechas, así que este es un registro real de los hechos.

Adalgiza quiso empezar por el episodio que dividió la historia de El Carmen de Bolívar en dos, el enfrentamiento entre dos familias, lo que generó más de doscientos muertos entre unos y otros, propiciando el segundo desplazamiento de los habitantes. El primero había sido por la naturaleza, cuando el arroyo Alférez anegó la región de El Bledo y sus abuelos tuvieron que dejar sus tierras y salir con las manos en la cabeza. Fue tan desastroso como el Joan  de 1988, cuando conocí a María Teherán, otra historia paralela. Ella vive hoy en Estados Unidos y  hoy tiene ideas de derecha. Le dice Papi a Álvaro Uribe Vélez.  Poco a poco el pueblo se fue polarizando. La guerra de los Mil Días, también era otra historia por contar.

“Yo estaba como de cuatro o seis años”, dice Adalgiza, mientras muestra la fotografía de su madre, Carmen Arroyo Berrio, una mujer súper hermosa, que parió trece hijos a tres maridos distintos. Eran los tiempos en que la corraleja se levantaba en el sector de Gambotico, donde hoy hay se levanta una cancha sintética. Era el día de la Virgen del Carmen, patrona de la ciudad,  16 de Julio de 1962. En el mejor momento de la torada, un garrochero de a caballo, de la familia Fernández, (árabes conocidos con el remoquete de  turcos), le  metió su garrocha a un amarrador de a pie. Fue la primera víctima de los Méndez.  Ezequiel Méndez, capataz de las fincas de Rafael Frieri, quien tenía una pelea con  Los Fernández, bajó del palco donde presenciaba la torada para apaciguar los ánimos, pero fue golpeado y luego  salió en su caballo. Terminada la tarde en disturbios,  fue perseguido en un vehículo Jeep, calle arriba, como en una película del viejo Oeste. Fue ultimado a tiros y a machetazos. Y después le pusieron el freno del caballo en la boca. Le echaron tierra en los ojos. De allí en adelante empezaron a matarse unos a otros.

Siendo del mismo tronco, los Mendoza se dividían en dos; unos que provenían del campo, del sector de El Bledo, campesinos trabajadores, que tenían una finca con tradición, Gibraltar. Y   otros que eran deditos parados, hediondos,  que vivían en el marco de la plaza. Los hermanos de Adalgiza se rebuscaban en la corraleja, de modo que aquella vez uno de los mayores tenía una venta de guarapo con  limón en los alrededores de la corraleja, en compañía de  Jorge Góngora, quien estaba casado con Aura, la hermana mayor.  La muerte de dos personas en un pueblo tan pacifico generó una revolución. La gente corría de un lado para otro. Su hermano Arquímedes, para protegerla, botó el guarapo y la metió en  el tanque, mientras pasaba la revuelta, que jamás pasó, porque fue el principio del desastre colectivo. De allí jamás paró la guerra. Hasta las  coplas decimeras fueron silenciadas en aquel pueblo que Lucho Bermúdez describió en sus cantos como un Edén.:

– Toda la fiebre de sus montañas, las llevan ellas bajo e sus ojos.

Llega la fiesta de la patrona
ahí va la chica guapa y morena,
el toro criollo salta a la arena
y el más cobarde se enguapetona.

Bajo Grande, San Jacinto Bolívar. 19 de Abril de 1970.

Ese día, al frente de la Iglesia fue asesinado el Inspector de Bajo Grande, Ramón Ortega Arroyo.

Desde aquel domingo aciago  hasta la fecha nunca gané una elección. Siempre mi voto rebelde es distinto. Quizás no busco ganar sino marcar una expresión.  Yo era un niño de diez años y es la primera elección presidencial que recuerdo. De niño ya nos habían inculcado las diferencias entre rojos y azules. Y nos dábamos puños por eso. Los hijos de Abelino Escobar, hombre pobre, carpintero, eran liberales. Los hijos del Inspector de Policía y la maestra de escuela, éramos godos. Mi padre imponía el orden con una carabina en el hombro. Mi madre enseñaba el catecismo, los himnos patrios e izaba la bandera. Eran simpatizantes del General Gustavo Rojas Pinilla. Hablaban maravillas de su mandato, en el que encendió la televisión por primera vez y puso a votar a las mujeres. El general había entregado un buldócer a cada Municipio, que después cayeron en manos de los gamonales de turno, quienes se los gastaron haciendo aguadas en sus haciendas particulares. El Frente Nacional estrenó la corrupción. Pero lo que más destacaba mi padre, quien solo soñaba con tener agua helada, un abanico para echarse fresco y buenos caminos para sacar los productos del campo, era la transparencia del general, su popularidad, su palabra. Ese era el hombre.

Todo nos llegaba por radio, alrededor del cual, bajo un palo de abeto, se reunían a escuchar las noticias. Cada reporte de la Registraduria, donde el general iba ganando por amplio margen, eran oleadas de festejos, mientras se servían el trago.  Después todo se apagó y ese otro día ya no teníamos presidente. Apareció un tal Misael Pastrana Borrero, a quien en San Jacinto le habían lanzado pescado podrido un mes antes.

Desde aquel domingo de abril, empezamos a perder la paz, en un pueblo donde no  había ocurrido un solo muerto en cien años. 

Sincelejo, abril 17 de 2017.

Adalgiza habla como una lora: quiere comenzar por su historia, pero le sugiero echar atrás. ¿Cómo es eso de que su madre tuvo trece hijos con tres hombres distintos?

Ella, Adalgiza, embutida en una licra ajustada, se levanta del piso y narra con encanto:

La vieja, su madre,  se llamaba Carmen Arroyo Berrio, natural de Arroyo Arenas, un paraje que no aparece en el mapa. Era muy bella, de tez clara y lucía  una cabellera que le caía como una cascada sobre las nalgas.

Allí mismo, en la pared, está la foto  familiar en blanco y negro y ya veterana, muestra rasgos de reina.

Adalgiza prosigue:

Mi madre tenía quince años cuando a casa de sus padres se presentó un negro maluco llamado Abigail García, quien curaba picaduras de serpientes y ya era un hombre mayor de 40 años.  Llegó con una bolsita de manigueta y una muda de ropas, sin un centavo en los bolsillos. Pidió alojo por un día, pero se quedó tres.

– Componía hombres para mujeres y mujeres para hombres. Los hacia enamorarse perdidamente.  Sacaba entierros que caminaban y era difícil localizarlos, dice Ariel, sentado en la mecedora, metiendo la lengua por primera vez. Yo vi- dice- como capturaron un frasco, quebrado accidentalmente por el barretón mientras  buscaban  un entierro, en el que había sal, pimienta, café, tierra de cementerio y cabellos de muerto.

Por esos días estaban lavando la ropa, donde se entretenían las mujeres durante tres días. A Abigail  se le iban los ojos viendo a la muchacha, de modo que en la primera oportunidad le dijo: “te alistas que mañana te vas conmigo”, a lo que  ella le respondió con una burla: “Estarás harto, cabo”… y tras hacerle una mueca, se perdió en el patio profundo.

Al tercer día Abigail tomó sus motetes y se despidió y tras de él la muchacha le siguió perdidamente. Dicen que le echó brujería. Tuvieron dos hijos en tres años de mal vivir, en los que uno de los menores falleció, como si se lo hubiese ofrendado a Lucifer.

Interesado por el relato, que parece mágico, le pregunto a Adalgiza qué pasó con el brujo, entonces interviene Ariel:

–¡Se lo llevo el coco!

El Coco en Los Montes de María es el mismo Lara, un espíritu maligno que le mete candela a las casas y le echa tierra a la comida.

Abigail sacaba empautos, peleaba con los espíritus.  Alguna vez en Turbaco, cerca de Cartagena, fue a socorrer a un hombre poseído por demonios infernales, pero no pudo con aquella cosa que se le transfundió y cayó rendido. Desde entonces empezó su decaimiento. Ya no podía con su alma.  Acudió a su hijo mayor, para que le ayudara a sacarse aquel espíritu. Abigail  le indicó que construyera una troja con el árbol de trébol de cuatro hojas y un madero de Santa Cruz. Lo envió a la montaña con una lista de plantas mágicas. Hicieron una fogata debajo de la troja y le echaron humo varias lunas, hasta que pudo recuperarse, pero ya no fue el mismo. Cierto día en que fue a buscar agua al pozo, una mano misteriosa (El Coco según Ariel) lo haló a lo profundo, donde lo encontraron ahogado.

Allí comenzó un desquiciamiento o psicosis colectiva, una especie de malignidad en el amor, quizás la misma que atacó después a centenares de muchachas que caían convulsas, al parecer porque habían sido vacunadas contra el papiloma humano. La verdad nunca se supo.  Había un hombre de mucho dinero llamado Donaldo Cohen, quien llegó a tener sesenta hijos con muchas mujeres.  Cohen le echó el ojo a Carmen, ya separada del brujo, y le hizo seis hijos. Ya eran siete. Después llegó a su vida su hombre definitivo, Liborio Apolinar Mendoza Pedroza, con quien completó trece, todos, sin duda entregados a la guerra que nunca quisieron ni escogieron. A ellos les tocó sobrevivir en medio de un ambiente sabroso para la parranda, fértil para el amor, pero trágico para la guerra. El mal del amor se había metido por todos los costados del Edén que había imaginado Lucho Bermúdez en sus bellas canciones.

Como las mieles que dan sus cañas
tienen tus hembras los labios rojos,
toda la fiebre de tus montañas
las llevan ellas dentro’e los ojos.
Tierra de placeres, de luz, de alegría,
de lindas mujeres, Carmen tierra mía. (Carmen de Bolívar, porro).

 

Bajo Grande, San Jacinto, Bolívar,  Sep. 11 de 1973.

¿Cómo habré de olvidar aquella fecha? Aquel día pasé toda la mañana, a mis trece años, “cajoneándole” al ganado en el arroyo de Frio de Perros, la hacienda de mis abuelos, que lindaba con terrenos de El Carmen de Bolívar. La tarea era sacar agua del pozo con un balde y depositarla en un cajón de madera, donde abrevaba el ganado. De esa manera las reses no dañaban el bebedero con sus pezuñas. Mientras echaba el agua al Careto, aquel caballo barcino que bajaba cada cinco días y se bebía cinco latas, escuché los disparos que venían entretejiendo y sacudiendo montes hasta entonces dormidos. No era usual oír esas ráfagas en un pueblo donde solo habían matado a una persona en cien años. Aquello sonó lejano, como triquitraques de la Navidad. Cuando llegué a Bajo Grande, al mediodía, mi padre, que no se separaba del radio, estaba escuchando la noticia sobre el golpe de estado a Salvador Allende, en Chile. Y por la noche, porque nuestras noticias viajaban en burro, llegó la información de que el agente Calle y otros carabineros, habían dado de baja a cuatro hombres de una sola familia cuando descuartizaban una vaca, en la finca “Pelo Encuero” o “Lo Verán”, que a línea recta, estaba cerca de Frío de Perros, donde yo le echaba el agua al ganado.

Los supuestos cuatreros eran vecinos nuestros.  José Medina Maestre, uno de los muertos, había estado tres días antes en nuestra tienda, mamando gallo, después de su retorno del Cesar donde había ido atraído por la bonanza del algodón. También cayeron Sixto y el Goyo Medina. Y un cuarto muerto que no recuerdo su nombre.  Habían acordado con el agente descuartizar la vaca, pero cuando ya habían terminado Calle rompió el acuerdo y los coció a plomo. Los cadáveres fueron envueltos en el cuero de la res y exhibidos en la plaza pública de San Jacinto, para escarnio de la gente.

La familia fue estigmatizada por siempre y jamás se aclaró el asunto. Fueron condenados a vivir  como abigeos salvajes. Aun muchos años después, siguen enlodando sus apellidos. No hubo perdón ni olvidos.

Para esa época ya el mundo empezaba a descomponerse. Unos meses antes el mismo agente le había decomisado el revólver con patente que tenía mi padre, quien tuvo que ir a buscarlo a Cartagena.

Años antes, mientras empujaba un carro varado en la puerta de su casa en San Jacinto, murió de un infarto Carlos Guette, uno de los hombres más ricos de la región, quien dejó  miles de hectáreas sin testamento. Los Méndez y los Torres, enemigos de los Fernández, ante la persecución de las autoridades, se refugiaban en el área rural. Por los lados de “El Siete”  y  “Cuba”, colindantes con El Carmen de Bolívar, que eran terrenos casi baldíos en litigio por aquella herencia en disputa, había ganado cimarrón sin ley.   Los fugitivos llegaron con varios animales y los apastaron en terreros de mi padre. Recuerdo un mulo albino, que veía más de noche que de día, motivo por el cual se llevaron detenido a mi padre. Mi madre lloraba. El dedo del vecino nos acusaba, pero al día siguiente, quedó libre. El mundo se enrarecía. La guerra nos husmeaba.

Aquella imagen de mi padre, cabestreando al mudo albino, echado por delante por los carabineros, se quedó en mi memoria como uno de los episodios más amargos de la guerra que apenas despuntaba.

 Sincelejo, abril 17 de 2018

“Yo fui rebelde desde niña”, dice Adalgiza, ahora mimando a su primer nieto de dieciséis meses, un niño rubio y bien plantado, a quien acaban de traer de la guardería. Ariel, quien lleva el nombre de su abuelo, es hijo de la niña abandonada por Sol, la mujer que se fue con un guerrillero y los dejó concertados. Adalgiza la crio como si fuese su última hija, y ahora, a sus 21 años es madre soltera. Es como si todos se hubiesen contagiado de esa epidemia de mal de amor. Todos, en absoluto, se abandonaron. No sirvieron para nada las cascaras de huevo que ponían en las trojas del tabaco para espantar el mal de ojo, que era tan peligroso como si pusieran  a arrear agua  a una recién parida.

Pero más rebelde era Berenice, la mayor, quien siempre quiso ser maestra. Ya El Carmen de Bolívar se había vuelto insostenible. La temible Rosca Azul, un grupo de limpieza social, antes que apareciera la guerrilla, desolaba las calles desde las seis de la tarde y el Edén de Lucho Bermúdez se convirtió en un pueblo fantasma. Nadie volvió a sentarse en las terrazas de las casas a conversar ni a recibir la brisa fresca de La Cansona. Se acabaron las tertulias del parque. La madre de Adalgiza era partidaria de que sus trece hijos estudiaran. Por eso Arquímedes, uno de los hijos mayores, se graduó de bachiller en San Jacinto, en la Escuela Vocacional Agropecuaria y se enganchó con el ICA.  Para las mujeres, que eran mayoría, el futuro era más incierto. Las parían y las criaban para que buscaran marido y siguieran pariendo. Quizás de ese modo- pariendo a montones- podían sobrevivir a las pestes y a la guerra. Más a la guerra que a las pestes. Liborio Apolinar Mendoza, el vástago mayor,  quien alcanzó a vivir casi hasta los noventa años y murió extrañamente, era del parecer de que sus hijos debían acompañarlo en la hacienda Gibraltar, en la parte baja, que contaba con ciento sesenta  cabuyas, es decir unas ciento veinte hectáreas legales, donde criaba ganado y sembraba por cantidades. También era corredor de tabaco. Financiaba a los campesinos, quienes le vendían  la cosecha a buen precio, exclusivamente.  Manejaban la romana, un sistema de peso que controlaba el corredor.  Berenice se vino a Sincelejo una vez tuvo gracia de mujer, con el deseo de matricularse en la  Escuela Normal Superior de Señoritas, apoyada por Carmen, su madre. No fue admitida, de modo que se matriculó en el colegio de  Juanita García, para estudiar comercio y secretariado contable. Como nativa de un pueblo altivo, era entrona, de modo que logró rápidamente empleo en la compraventa de un paisa. Un hijo del comerciante se enamoró de ella perdidamente y le propuso matrimonio.

Llega la gente y a manantiales
corren los besos y los rumores,
y unos ojazos ensoñadores
nos asesinan como puñales. ( Lucho Bermúdez)

Adalgiza le siguió los pasos, volándose de su casa el trece de febrero de 1973, cuando apenas tenía catorce años. Los primeros años estuvieron del tingo al tango. Las echaban de las pensiones solo por llegar media hora después o porque el cine  Apolo de Sincelejo se había extendido más allá de las diez de la noche. Cuando las dejaban en la calle no se echaban a llorar, armaban su murga en los parques, donde entonaban cánticos y protagonizaban  parrandas. Alguna vez se iban donde Ruth Cohen, la otra hermana,  quien había montado una tienda esquinera en el Barrio Camilo Torres. A veces se acostaban a la una de la mañana, porque los guineos (platanillos criollos) que no se vendían en el día, en la noche eran convertidos en bollo de plátano. Así que de madrugada salían al colegio, caminando, porque no había servicio de transporte en aquel Sincelejo entrañable.

Así terminaron sus estudios de bachillerato. Adalgiza entró al Hospital Regional (hoy HUS) como ayudante de enfermería y allí se pensionó. Por ello nos encontramos en casa de Pablo Fernández, quien también hace parte de la Asociación de Pensionados de Colombia.

Mientras el Carmen de Bolívar y el resto de los Montes de María ardía en la guerra, con más de tres mil hectáreas despojadas, ciento sesenta y dos  masacres,  unos  quince mil muertos y desaparecidos, con más de ochenta mil desplazados, Sincelejo, que hoy tiene un treinta y tres por ciento de población víctima del conflicto, fue vital para surgir y ver la luz.  Los que se vinieron antes, empezaron a recibir a los que vinieron después huyendo de la guerra.

La radio siempre  fue vital para todos, era el WhatsApp de la época. Por allí Adalgiza oyó la convocatoria para el hospital regional, por allí escuchó la primera convocatoria para subsidios de vivienda por autoconstrucción, que eran unos lotes con servicios y entregaban dos piezas pequeñas para reconstruir.

Adalgiza vuelve al piso frío ,   abraza  y entretiene al nieto, mientras narra:

Todo esto donde hoy estamos tragándonos la historia eran pajas, montes embarbascados y de serpientes que se enroscaban en los patios. Quedábamos aislados del centro. Para tomar el bus de palitos teníamos que caminar a través de estas sabanas dos kilómetros.  Nos metimos ocho en los dos cuarticos. Allí dormíamos por turnos. Soñábamos lo mismo.

Y Ariel de Jesús, 60 años, hombre delgado, indio cano, de brazos largos y velludos, interviene:

-Menos mal que Adalgiza- dice Ariel- trabajaba de noche tres días seguidos, así que dormía de día y era un cupo más para el resto.

Cuando llegaban los desplazados del pueblo hacían una enramada y colgaban hamacas en el patiecito, donde secaban la ropa.

Así, añadiendo pitas con majaguas, fueron atravesando el túnel oscuro de la guerra.

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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