Cuentos de pensión ( crónica)

 

Historias de pensionados (1)

CINCUENTA AÑOS VENDIENDO LOTERIA EN SINCELEJO.

 

Por ALFONSO HAMBURGER.

 

N de R.  En mi trasegar por toda la Costa, me tocó vivir en pensionados de Cartagena, Barranquilla, Montería y Sincelejo, donde se hallan todo tipo de historias. He aquí una muestra.

 

UNO.

 

Mi padre, Manuel Esteban Paternina, fue uno de los tantos colombianos que se iban por la trocha para Venezuela atraído por la dureza del Bolívar, moneda que en aquellas calendas llegó a costar dieciséis pesos colombianos.

Vivíamos en Santa Rosa, Municipio de Chinú, Córdoba, donde cumplíamos los deberes del campo. Sabíamos tirar machete, despaletar un veranillo, hollar un quemado, cortar leña, arrear agua, cultivar la tierra, con todos los arrestos. Mi padre se iba como jornalero a Venezuela y regresaba cierto tiempo después con los bolsillos cargados de plata y una grabadora para poner música.  Se dedicaba a beber ron y a escuchar música todos los días. Cuando se le acababa la plata le tocaba vender la grabadora para el pasaje. Se iba para Venezuela otra vez, dejando a mi madre preñada. Cuando regresaba con otra grabadora y los bolsillos llenos, ya mi madre había parido y el niño caminaba.

En eso de ir y venir de Venezuela, mi padre le hizo catorce hijos a mamá, pero nunca buscó un mejor vivir. Ella, María Mercedes Mercado, mi madre, fue más fuerte que papá y alcanzó a vivir 97 años. Murió en plena pandemia, pero no de covid-19, sino de una caída.

Mi padre, en cambio, dejó de ir a Venezuela cuando llegó Hugo Chávez al poder, entonces siguió su vida de jornalero en Santa Rosa. Un domingo que fue a recoger el maíz que había quedado entreverado en el arroz, fue atacado por una mica prieta. Esos micos, cuando los jornaleros eran bastante, se alejaban para la montaña, pero como ese domingo mi padre estaba solo, ese animal lo atacó a mansalva. Se trenzaron en una lucha feroz y desigual. Cada vez que la mica lo atacaba le cortaba la carne como si tuviera un puñal en sus garras.  Mi padre, en desventaja, se acordó de un machete que tenía recostado a una madrina y corrió a cogerlo, pero la mica se le pegó en los tendones, dispuesta a no dejarlo escapar. Papá alcanzó a tomar el machete y la degolló, pero él no pudo recuperarse de las heridas, pese a que fue operado varias veces, muriendo a los 76 años, seis meses después. Estaba desmentizado. A esas alturas, en las heridas todavía le sacaban pelos de la mica prieta.

 

DOS.

Yo, Manuel Paternina Mercado, el quinto hijo de la familia, llevo cincuenta años vendiendo loterías en Sincelejo. Tengo 70 años, cumplidos el pasado 15 de junio. Como mis hermanos mayores salieron andariegos, y mi padre pasaba en Venezuela, desde niño busqué la forma de ayudar a mamá. Desde adolescente empecé a vender cachivaches. Venía a Sincelejo y compraba cosas para revender en el pueblo. Nos rebuscábamos en las corralejas, donde vendíamos de todo. Allí aprendí a vender raspados. Era el ayudante de un amigo. Después me le abrí y seguí mi propio negocio. Se trataba de comprar un bloque de hielo, un cepillo de aluminio, un carro de madera y preparar el concentrado.  El raspado se vendía mucho por las calles para las olas de calor y dejaba, pero pronto hubo mucha competencia. Yo llegué a Sincelejo a vender raspados en una corraleja, pero no había para hospedarse en hoteles. Dormíamos en los corredores de las casas cercanas a la plaza de Mochila, y nos regresábamos al pueblo después de las fiestas, hasta que un día un amigo me invitó a su casa. Me dio alojó y me dijo que me quedara.  De día vendía raspado y por la noche otros productos, como el guarapo. Tuve por doce años un puesto de guarapo en el centro de Sincelejo, hasta que vi que La Lotería era buena, sobre todo porque no tenía series. Se ganaba bastante.  Busqué un primo que me atendiera el puesto de guarapo. Siempre el vendaje fue del veinte por ciento. En ese tiempo vendí dos premios mayores de la Lotería. Uno de la Sabanera y otro de la Lotería de Medellín. La sabanera pagaba un estimulo de 150 mil pesos al vendedor que vendiera el premio mayor. Con ese dinero me convertí en mayorista y reuní unos 600 mil pesos, con los que levanté mi casa.

Me casé con una paisana, con quien tuve mis cuatro hijos, todos hoy profesionales. Dos mujeres y dos hombres, pero el destino me cambió el día que tuve que irme de mi casa. Llevo unos ocho años viviendo solo. Ha sido duro, después de levantar una familia con tanto trabajo, quedar en la calle. Tuve diferencias con el hijo menor, que hoy es mi mejor amigo. El bebía mucho y alguna vez que llegó muy borracho, yo estaba viendo televisión en la sala, pero como no le abrí pronto, reventó la ventana. Me golpeó y me persiguió.

Las cosas empezaron a descomponerse porque mi mujer empezó a sangrar a cada relación, debido a una enfermedad vaginal. No quiso operarse. En cambio, un tegua terminó por complicar la situación. La enfermedad nos distanció, porque desde entonces no pudimos tener una buena intimidad.

Como la situación con mi hijo no mejoraba y cada vez que el se emborrachaba arremetía contra mí, decidí marcharme a la calle. Fue muy duro caminar por las calles sin donde acampar, pero un día vi un aviso en el barrio Majagual, que decía: “Se aceptan pensionados”.  Costaba 300 mil pesos, con las tres comidas y lavado de ropa.  Fui, tomé mi auto, que era donde yo sacaba a pasear a mi mamá, metí mi ropa y me fui a llorar a una pensión.

Fue duro. Pero uno tiene que irse acostumbrando a la soledad.

Empecé a cotizar pensión. Alcancé a  tener 750 semanas, pero ya el tiempo no me alcanzaba, por lo que tuve que negociar con el seguro: me prometieron 75 mil pesos por meses. Opté por sacar mis ahorros. Me dieron catorce millones de pesos.

La venta de Lotería, en la que llevo cincuenta años, cada día es más dura. Toca caminar la venta. Por eso de la serie no revienta mucho.  Yo me ayudo con unos cartones. Tengo amigos y conocidos a los que les presto dinero y con eso me rebusco.

En la pensión donde vivo soy ahora uno de los más antiguos. Por aquí pasa de todo. Pasajeros de una noche. Empleados. Viajeros. Estudiantes de pueblo.

Y como no podía quedarme solo, me conseguí una amiga con la que ya llevó unos tres años. Ella trabaja como muchacha del servicio en una casa de familia. Es interna. Como respeto a la Pensión, pedí el permiso para que ella me haga visitas conyugales y ahí vamos.

La vida es dura y hay que saberla vivir.

 

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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