¿Cómo nació el Compadre Ramón?

    En esta foto aparece Ramón Vargas con su acordeón, frente a Gabo y Armando Zabaleta, en el primer festival vallenato itinerante de Aracataca, 1966. La idea se la robó Valledupar y la impuso desde 1968.


Así nació el compadre Ramón. (II)



Doy gracias a Facebook, que me recordó a un año exacto, mi compromiso de esculcar en la memoria de un gran San Jacintero, Luis Ramón Vargas Tapia, a quien no se le ha reconocido lo grande que fue y que sigue siendo en la bella música de acordeón.
Hecha esta aclaración, prosigo con estas memorias:
El nombre de Ramón Vargas, el compadre Ramón, Ramón Chancleta- como le decía en intimidad mi madre- siempre fue familiar en mi familia. Vargas fue nuestro vecino cercano. Apenas nos separaban los patios que se encontraban con sus colas, entre la calle diecinueve o Yuca asá y la Veinte o calle de Las Flores. Cuando nos venimos de Bajo Grande, en 1974, en pleno furor de las canciones de Ramón Vargas y Adolfo Pacheco, con Oye, Te Besé, en tu puerto soñé, allí estaba Ramón, con su humildad y su sencillez, su nariz suigéneris, uno de sus rasgos sobresalientes. Y después, su casa quinta pegada al cementerio de La Bajera , en la calle La Fuente ( la 21) antes de llegar a La Variante, cerca de Hilda Lora, fue vital en el proceso musical en el que hervía San Jacinto. Allí se celebraban memorables parrandas y piquerias, donde confluían San Jacinteros y juglares de todas partes que llegaban al taller de Ramón, quien había regresado al pueblo después de darle varias vueltas a Colombia con su talento. Era la década de los 70, la mejor del folclor San Jacintero, el de La hamaca grande, las ferias artesanales, las corralejas en la plaza y porque nuestros más grandes juglares estaban vivos. Con la muerte de Juan Lara, en 1984, hasta la de Toño Fernández ( 1988), José Lara y Andrés Landero ( 2,000), empezaron los golpes a nuestra juglaría.
Adolfo Pacheco, nuestro más grande referente, fue un hombre muy afortunado. Por un lado recibía el influjo en la personalidad engreída de Toño Fernández, quien nos dios el arquetipo, el molde orgulloso de ser San Jacintero; la fuerza interpretativa de Andrés Landero y la destreza de Ramón Vargas para pulir la música. Vargas tomaba una pieza maluca y la hacia bonita, dice Adolfo. Fue Monche Vargas el más moderno acordeonista de Bolívar en todos los tiempos.
Ramón Vargas, que era cuatro años menor que mi madre y cinco mayor que Adolfo Pacheco, no se dio la importancia que tuvo como músico grande, esa persona que recibía un carbón en bruto y devolvía una joya. Así lo contempla Adolfo Pacheco, quien reconoce su silencioso aporte a su obra y con quien hizo una pareja inmortal, con el que grabó 9 LPs en Codiscos, bajo la guía del maestro Alfredo Gutiérrez, quien era director artístico de la firma antioqueña.
El Monche Vargas no recogía su arte del suelo. Su Padre Felipe, fue un artista.
Además, fue el artífice de que canciones de Adolfo Pacheco, como El Viejo Miguel, lograran la voz adecuada para trascender. No solo es el personaje de La Hamaca Grande, sino que pasó al viejo Miguel de paseo a Merengue.
Ramón fue tercero en el Festival Vallenato del 73, donde estaba tan presionado que en la final no le salía la voz. Y aquello lo confesó en una entrevista que le dio a Numas Armando Gil en Barranquilla, ante de su fallecimiento, el 6 de noviembre de 1997, tres años antes de que muriera Andrés Landero. ( Continuará)




Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

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