Crónicas

Cinco años sin Julio Fontalvo!

EL ADIÓS AL CANTOR DEL RÍO.

julio
Por Alfonso Hamburger

El viejo le apretó la mano al muchacho y se fue quedando poco a poco, con su mirada larga, apacible, de tristeza, lo miró por última vez e hizo una pequeña mueca, un rictus de bostezo. Cerró parcialmente los ojos. Aun con la mano caliente, el muchacho mantuvo un largo rato la suya en la del viejo, observándolo en silencio. Con la otra mano acarició su frente sudorosa y terminó de cerrarle los ojos. Con suavidad se deshizo de su mano que parecía acariciarlo, como queriendo quedarse con ella para siempre. Miró el reloj: era el 23 de abril de 2014, 7:29 minutos de la noche. El joven tomó parte de la manta arrugada y terminó de taparlo hasta la altura del cuello. Observó la galería de fotos sobre la pared desnuda, en bloques sin repellar. Su viejo sonreía al lado de la fama, abrazado con los grandes: Jorge Oñate, Rafael Escalona, Poncho Zuleta. Leyó la frase en una de las fotos en un recorte de prensa enmarcado, amarillento: “Se volvió a crecer el río” y salió.
La sala le pareció más sola que de costumbre. Apagó el televisor que hablaba solo, como en aquel 20 de enero, en que su padre se había quedado dormido con una de las películas en que se entretenía, cuando entraron los periodistas y lo sorprendieron en su tremenda soledad. Mientras el ganadero festejaba con cuatro bandas de vientos su mejor porro, el compositor yacía abandonado a su suerte. El joven salió a la calle en penumbras, caminó dos casas sobre la vía peatonal y tocó el timbre en la siguiente. Su mejor vecino apareció en escena con el control del televisor en la mano.
– Apaga el televisor, que mi padre ha muerto.
No hubo necesidad a otras palabras, como si esperasen aquel desenlace desde hacía días. El vecino apagó el televisor desde el umbral, se metió el control en el bolsillo del pantalón y sin despedirse de nadie, salió a la calle, para acompañar al muchacho. Los dos hombres empezaron a hacer los preparativos para el sepelio. Mañana sería otro día.

II

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Ahora Julio Fontalvo Caro está en el ataúd que aprisiona su gracia y detiene aquel rio crecido que solo él supo secar, pero que hacia crecer cuando le daba la gana. La sala de velación está repleta de caras lánguidas que miran sin mirar. Entro como si yo fuese un sonámbulo y las caras me son borrosas, aunque familiares. Sigo entre los olores de flores de muerte- no sé por qué siempre las coronas me huelen a lo mismo-, siento ganas de estornudar, pero me aguanto. Entrecierro los ojos y reprimo respirar, como cuando nos hundíamos en los charcos del arroyo, con la nariz tapada, y ya estoy frente a la caja definitiva, aquella que aprisiona al cantor del corazón. El maestro luce vertical, elegantemente vestido, con su bigote blanco perfectamente recortado. Luce una camisa guayabera amarilla y un pantalón de terlenka blanco y sobre esa cabeza famosa un sombrero fino. Su expresión es delicada, como si durmiera plácidamente, no se ven muecas de un mal morir ni de un mal vivir, sus manos son largas y finas, como las de un oficinista. Sus dedos son largos y sus uñas pulidas, parecen las de un cirujano de la música. Es el cadáver de un hombre digno, que se amó a sí mismo, que salió a los doce años de un pueblo sin abolengos musicales, sin referentes más allá de la banda de Plato, que llegaba los 13 de diciembre, día de Santa Lucia, y que desde que se descolgaba en el arroyo del Mico, iniciaba su tanda larga, aquella que hacía levantar hasta los muertos. Su misión, sé ahora que estoy parado ante la gracia del que duerme plácidamente, era, cuando salió de Las Palmas, que una de sus canciones fuera éxito nacional. No una, dos, tres, diez, 20, no sé cuántas canciones le dieron la vuelta al país y otras al mundo, pero Julio Abel- como le decíamos en confianza- logró su meta de ser grande entre los grandes, y ahora que abro los ojos para enfrentar a los deudos, me aniquila aquella timidez de los sentidos pésames, las piernas me pesan como si fuesen de barro de laguna, entonces miro al muchacho que anoche le cerró los ojos. Pienso que su crianza no fue en vano, porque en los últimos meses, viejo y muchacho, fueron uno solo, logrando darse las manos días y noche, como cuando eran niños y retozaban en los aguaceros por las calles de las Palmas.
Nos abrazamos sin timidez. Le di las gracias por quererlo. Por comprenderlo y por acariciarlo en los últimos momentos.
Miro alrededor y veo un hombre fileño que ha viajado desde anoche por lejanas tierras. Proviene de la legendaria Guajira, porque siempre fueron andariegos. Nómadas. No tengo que preguntarle. Es igualito al hombre que duerme plácidamente, sin pecados, en la caja que detiene sus ríos. Es idéntico y es fatalmente distinto. Quien yace en la caja fue famoso, reconocido. A quien miro y me mira, con aquella timidez que espanta, es un hombre anónimo, desecho, sin la gallardía del hombre que ha tratado de tragarse al mundo, el zaramullo, el que anunció que de anciano bailaría aunque fuese con un bastón. Me le siento al lado, mientras miro a las mujeres, como a todas las mujeres que van al velorio, grises y taciturnas, sentadas como vírgenes, entonces empezamos a dialogar. Ellas Razan una oración por Julio Fontalvo, que aun en esas tablas que lo aprisionan, parece mandar,

III

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¡Como vuela el tiempo! Han transcurrido ya cinco años de aquella escena y calculo que el tiempo nos va empujando contra una pared. Los amigos se van muriendo. Otros se van alejando y nos vamos quedando solos, subyace el recuerdo. Murió Mario Paternina y murió Diomedes Díaz. La nostalgia nos asalta. Nace la tristeza. Se fueron Nacho y Calixto, también Martin Elías.
Como si estuviera vivo, recuerdo que Julio muchas veces se presentaba en mi oficina, en el sector de Las Peñitas, con sus bigotes blancos bien pulidos, impecablemente vestido, con sombrero de fieltro y su hablado bajito. Antes de salir de su casa, en el Barrio Las Margaritas, se miraba en el espejo y le hablaba a su reflejo. ¡Como amaneciste de guapo amor, se decía, mientras se acicalaba el bigote y se ladeaba el sombrero. Y remataba, ponte pila, que hoy te mereces una buena hembra. Y después que salía con la hembra prometida, se iba a mi oficina a echarme el cuento. Se calumniaba, decía “estoy comido”, “estoy harto”, se comparaba con aquellos burros que masticaban cascarones de maiz en la orilla de una cerca, mientras una pollina le metía la cabeza por debajo, y el zote masticando indiferente a los requerimientos de su hembra. No es que el burro sea marica- decía- lo que pasa es que ya está harto, está ahíto, hastiado de sexo.
– Bueno, así estoy yo ahora, Pocho, me acabo de tirar a una hembrita!
Aquellos gustos se los daba cada cierto tiempo, cuando la lerdura de las regalías se los permitía.
No se apegaba a nada, más allá de sus canciones. Decía que después de la primera vez, ya la mujer no tenía nada más que explorar. La cuestión se volvía rutinaria. Su vida, aparte de su mujer y sus hijos, era la música. Siempre llevaba una grabadora Seyko plástica, de color blanco, en la que silbaba sus imágenes musicales. A veces la musa lo asaltaba en altas horas de la noche o de la madrugada, entonces se levantaba y grababa, silbaba la idea.
Aquella grabadora yo se la regalé. Y a su vez a mí me la había regalado en Cartagena un abogado de apellido Fonseca, a quien le gustaba publicar sus casos judidiciales.
Tres años antes de morir me prestó un CD con una compilación de canciones suyas, con el que hice un programa en Unisucre y murió recordándome que se lo devolviera. Unos días antes de morir fui a visitarlo. Estaba muy delgado. Ya no se levantaba. Y antes de preguntarme por mi familia o por mi saludo, me dijo algunas cosas casi inteligibles. Lo hacía con interés, mientras me manoteaba. Era recordándome el CD.
Cuando salió de Las Palmas, a quince kilómetros de San Jacinto, siendo un niño, acompañado por Esteban Montaño, su único interés era que una de sus canciones fuera éxito nacional y a fe que lo logró.

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Alfonso Hamburger

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