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!Carmelo Torres, otro grande en la Fiesta de la Cumbia!

CARMELO UNO

CARMELO TORRES, LA ENCARNACI0N DEL JUGLAR
¡Carmelo Torres, otro grande en la fiesta de la cumbia!

Por Alfonso Hamburger
Cierto día que Carmelo Torres Mendoza viajaba de Plato para Barranquilla, el bus en que iba se varó a la altura de la bomba de gasolina, en San Jacinto.
Para coincidencia del destino, una vez los pasajeros se bajaron a sacudirse el fundillo y estirar los huesos oyó unas notas de acordeón que provenían de una de las casas vecinas.
Algunos pasajeros se mostraron indiferentes y otros desesperados porque el daño iba para largo, menos Carmelo, que prestó atención a aquellas notas almibaradas, entre guarachas cubanas , cumbias montañeras y sones sabaneros. El ambiente era de ebriedad y de pernicia, pero se percibía bien para su estilo de vida. Tenía intuición de gato en asunto de parrandas.
Torres era un negrito de ojos de ardilla y dientes de ñeque, de orejas ariscas- quizás de venado-, que sin vacilar caminó hasta llegar a la parranda y se puso a observar desde la orilla, un poco tímido y medio aturdido por el viaje.
El hombre que tenía el acordeón en el pecho, delgado y de mirada rajada, con una mata de pelo de futbolista argentino, recibió el trago, se lo tomó, escupió el resto y se sentó, sin notar que el recién llegado le quería quitar el instrumento con los ojos. Debía ser Cristóbal Fernández, por el cinturón grueso que abrazaba su cintura.

El hombre que tenía una cámara de fotografía en el pecho, con una borrachera de tres días, hacia reír a todos con sus ocurrencias. Se paraba como militar, vidriaba los ojos, caminaba de aquí para allá y de allá para acá, dispuesto a cantar: Debía ser Manrique.

– Ven y te toco mis canas, Cristóbal, dijo el de la cámara, arrimándose, guitarra en mano.

Miguel Manrique, el tipo de la cámara, insistía en estrenar una canción que iba a llevar al Festival de Arjona, que a duras penas había ensayado con su guitarra, mis canas, la que acababa de anunciar.

– Ya no soy ni sombra cuando yo era parrandero, tarareó silbándole la música a Cristóbal, que no se desprendía del acordeón. La parranda llevaba tres días con sus noches y los impertinentes estaban descamisados y con el estrago de la pernicia en sus rostros.

El recién llegado calculó que si esta parranda ya no era ni sombra de las de antes, había llegado al pueblo más parrandero del mundo. San Jacinto, en esa década de los setenta, atravesaba su mejor momento musical. Los gaiteros mayores estaban vivos y Adolfo Pacheco, Ramón Vargas y Landero estaban construyendo su mejor obra cultural.
Además, quienes atesoraban aquella parranda suicida, eran varios de los músicos emergentes: Cristóbal Fernández, Miguel Manrique, Rodrigo Ortega, Cerdo Fallo, Pekín Romero, Rodrigo Rodríguez, tocaban para matarse en la piña. La peleara rebullía de gracia.

De pronto la mano de la servida se alargó y el recién llegado no sólo saboreó el primer trago de ron en la tierra prometida, sino que en menos de lo que canta un gallo, se vio abrochándose el acordeón en el pecho. Una vez repicó la caja y cantó la guacharaca, sus notas limpias, picadas y certeras, con una rutina propia de los de aquel lado del río, recogieron a los perdidos, despertaron a los que dormían y aquellos que ya casi se mataban en la monotonía de las notas de siempre, pelaron más el ojo.

– ¡Ajá y este mojoncito de donde salió!, exclamó Miguel Manrique, que se abría como el mejor después de Adolfo Pacheco, estrenando aquella bohemia callejera que lo haría famoso, guitarra en mano.

Si yo fuera Gabito diría que Torres tocó y tocó hasta quedarse en San Jacinto y que el bus lo había dejado. No, porque en lo mejor de la parranda, que acababa de reinventarse, llegó el ayudante del bus:

–¿Ajá, Carmelo y te vas a quedar?

El bus estaba listo otra vez. Carmelo selló su pieza, cerró el acordeón, se lo entregó a Cristóbal Fernández y corrió al bus, dejándolos con aquella fregantina en el corazón.

– Compadre, no se vaya todavía, le gritó Manrique.
Pero que va, el tipo que los había descrestado con su nota pura y esos repiques cortos, se fue como una exhalación. Por el momento, la parranda entraba en la monotonía, pero apenas empezaba su fiesta, porque los desquites estaban por venir. Después, el negrito cabeza de clavo que acababa de irse, les repicaría sus notas y sus cantos, casi hasta el fastidio.
II
Carmelo Torres Mendoza había nacido un 13 de marzo de 1951, con siete hermanos más, en Canutal, un corregimiento de Ovejas, de aquellos azotados por la violencia de los comienzos del mundo. Y fue por esa maldita violencia, ocurrió que a sus cinco años de nacido, sus padres tuvieron que emigrar a la región de Plato, de fama nacional porque allá un hombre mirón se había convertido en Caimán. La tierra de Antonio María Peñaloza se había convertido en un refugio, que en su parte montañosa recogía a los tabacaleros que huían de la guerra que iban y venían o se asomaba en Los Montes de María la alta.

Por años, Torres fue Plateño, luego San Jacintero, pero sólo ahora revela que Ovejas es su patria chica. La misma guerra le arrancó a uno de sus hermanos. La misma guerra que lo llevó lo trajo, porque Torres, con esa trompeta de pecho engarzada con correas de cuero, se pertrechó en medio de la guerra, para salir airoso del otro lado del túnel.
III
Aquella vez que Carmelo Torres viajaba para Barranquilla, no iba solo. Lo acompañaban su hermano menor, Hernán Torres Mendoza, en la caja. Y los hermanos Vides, de Takamocho, ambos ya difuntos, en la guacharaca y los timbales. Había aprendido a tocar acordeón ya crecido, oyendo la fama de Pacho Rada y de Andrés Landero, pero su estilo era más vallenato que bajero o sabanero. La parranda de San Jacinto le había quedado sonando. Tocaba por todas partes en el Caribe, pero necesitaba una escuela, por eso, de regreso a Plato dejó que sus músicos se fueran de largo y se bajó en la tierra de la hamaca, donde apenas quedaba el reguero de desperdicios de la parranda.

– Ellos apenas acaban de irse, pero llegue donde Cristóbal Fernández– le dijo Piero, el de las artesanías del Almacén Bogotá, quien se había percatado de la maroma.
Carmelo era brioso de abarcas. Llevaba poco equipaje, en el que el acordeón solía ser suficiente para desvararse. Enrumbó los pasos a La Gloria, en la parte opuesta, donde vivian casi todos los músicos de San Jacinto. Allí compartían el pozo de los escupitajos parranderos con Landero, Manrique, Pacheco, Los Romero, Cable de Buque, y tantos otros. El joven forastero de 23 años que apenas iba a cumplir el otro mes- arriaba Enero- era delgado y de mirada atenta. Había llegado a la mina de la música, en su mejor momento, y había llegado para quedarse, porque en la Cooperativa artesanal, días después conoció a Ruby, la muchacha que le robó el corazón y con la que unió su vida para siempre. Entonces si se volvió San Jacintero.
IV.
En los años ochenta el mundo empezó a descomponerse en San Jacinto. En abril de 1983, secuestraron a Guillermo Quiroz Tiedjen y lo mataron. Su cuerpo a medio enterrar fue hallado con un letrero que decía “por guerrillero”. Allí empezamos a vivir un mundo incierto, en el que solo nos unía la parranda.
De los tres personajes, que dos meses antes de su secuestro fuimos a arrancar una mata de yuca fresca en la finca la Estrella solo estoy vivo yo, quizás para contar el cuento. Guillermo caminaba a mi lado, machete en mano. Y al otro lado marchaba Álvaro Arrieta Caro, risueño, mamador de gallo, con el costal en el que íbamos a recoger la yuca. Yo apenas servía para acompañarlos y poco entendía de sus ideologías. Más bien yo era un bohemio estúpido que estudiaba periodismo en Barranquilla sin saber para qué iba a servir eso.

– Caramba, Ticher,– le dijo Álvaro—ahora ya eres un burgués con tierra!

La Estrella era apenas unas hectáreas para recreo, en la parte alta de las lomas de la Cruz de Mayo, para los lados de Tumbaburro. El Ticher, que era alto y un poco desgarbado, de pocas palabras, frunció el ceño, sabiendo que aquellas palabras llevaban veneno.

Al regresar al rancho recién parado, de palma nueva y troncos retoñados bajo sombra, ya allí estaba Carmelo Torres Mendoza, quien nos seguiría acompañando en tantas parrandas en medio de la refriega absurda. Guillermo y Álvaro murieron en la guerra y Carmelo y yo un día nos convertimos en un bulto de azúcar. La Diabetes, que es una muerte larga y dulce, nos abrazó.
V
Al principio Carmelo me caía gordo. En las parrandas recogidas teníamos que hacer recolectas para el licor. En algunas oportunidades, cuando ya se me había agotado el pasaje para Barranquilla, el propio Carmelo empezaba a echar versos para ponernos en evidencia. Nos trataba de gorreros y no contento con eso, se paseaba garboso con el acordeón en el pecho, restregándonos las notas del palo de mango o de la Margentina. Era engreído y parrandero, tan desprestigiado como aquellos músicos que de tanto tocar entre nosotros para pertrecharnos de la guerra, se volvían tan monótonos e inciertos, que nadie creía en nadie. Tampoco nadie creía en mi periodismo. Y tan serios que eran nuestros padres, decía la gente. Y en medio de aquella tragedia, la mayoría nos desplazamos.
Pero Carmelo Torres Mendoza, así sin segundo nombre, estaba para grandes cosas. Entre parrandas interminables de noches oscuras se fue codeando con los mejores de San Jacinto, hasta tanto, que antes que la cabeza se le convirtiera en copitos de nieve, ya se había convertido en maestro. No fue fácil romper la duda. Carmelo luchó y luchó, al lado de los gaiteros, para trascender aquellas parrandas improvisadas, que eran el fogueo de todo juglar.

En ese trayecto iban muriendo los juglares antiguos y Carmelo Torres con el resto se fueron convirtiendo en los músicos emergentes de San Jacinto. Nacieron sus dos hijos. Y un día Carmelo se vio con la nota pura de Landero, entonces le descubrieron una diabetes avasallante, silenciosa y perversa, que acalló el ímpetu de su parranda eterna, pero nunca se le engarrotaron las falanges de sus dedos.
Carmelo voló en el mundo con los juglares.

Finalista de los premios Shok e integrante de varios conjuntos, Carmelo fue organizándose con un sector de los gaiteros, puliendo la nota de Andrés Landero.
Después de recibir muchos honores y premios, Torres fue inmortalizado por el maestro Adolfo Pacheco Anillo, quien se solidarizó con la enfermedad compartida, en el merengue sabanero: La diabetes de Carmelo, con la que definitivamente, fue confirmado.

LA DIABETES DE CARMELO
Autor: Adolfo Rafael Pacheco Anillo.
Ritmo: Merengue sabanero.
I
Si vas de pronto a la tierra mía
Dile a Carmelo que yo en Curramba
Me acuerdo siempre de las parrandas
Que con Ramón y Landero hacía
Pero se fueron como los días
Igual que Toño en otra ocasión
Ya no se escucha con emoción
Porros, merengues y sones bonitos
Solo le quedan a San Jacinto
Las notas tristes de tu acordeón
II
Se quedó Praxisteles Agamenón
Ese distinguido compositor
Se fue Ramoncito, Rodrigo y Napo
José, Eduardo Lora, Juanpa y Eduardo
Aquí me encontré a Anaxímenes Mario
Con el yo grabé en el sesenta y cuatro
Se quedó Manrique, esa gran promesa
Se fue Néstor, Cristo y Poncho Muletas.
Ayer el bus de Pablo trajo un recado
Que sufren lo que yo y tanta gente
Que la insulina no es suficiente
Pero no importa vivos estamos
Con las harinas mucho cuidado
Camina mucho no tomes ron
Que no se te suba la presión
Baja la grasa y deja la cosa
Porque es la enfermedad más sabrosa
Pero te rompe tu corazón.
III
Ay no pica, no rasca, no da dolor
Provocan los dulces de buen sabor
Ay te quita las ganas de trabajar
Mira que ricura de enfermedad.
Ay esta lección debes aprender
Ay yo sé que me darás la razón
Deja la angustia y preocupación
Eso que ahora le llaman estrés
Antes ambicionaba tener
Dineros y joyas igual que tú
Ahora ya me cambié de actitud
IV
Convivo con la naturaleza
Nada de vicios ni de riquezas
Primeramente esta mi salud
Alberto Carmona me recetó
Y solo tres Whiskies me tomo yo
Dejé las picadas de chicharrón
Y claro bajé de colesterol
Hoy vivo tranquilo y con mucho amor
Y dándole muchas gracias a Dios.
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