Crónicas

!Ante el cadáver de mi madre!

SEÑO VIÑA

Virgina Fernández de Hamburger( 1931- 1988)

Ante el cadáver de mi madre.

Por Alfonso Hamburger

Como en “El extranjero”, aquel viaje para encontrarme con el cadáver de mi madre desde Montería- hoy hace 30 años- fue muy difícil. Es la misma sensación del río que teme entrar al mar y antes de volverse mar (no tiene otra alternativa) echa una mirada atrás y ve los puentes, los arroyos, las llanuras y las peripecias y las travesías que hizo para llegar a mezclar esas aguas. La figura más remota de ella, mientras miraba la sinuanía por la ventanilla del bus, fue una madrugada en Bajo Grande en que se puso un jean ( fue la primera mujer que vi en pantalones largos y aquello me causó una sensación extraña, como si ella fuese mi novia) y la recuerdo con la agilidad en que se montó en el caballo y después escuché, mientras bajábamos Loma De Vásquez rumbo al Sitio de San Jacinto, el golpeteo acompasado de la recua de mulos y su tos leve, porque era asmática y la madrugada la afectaba. La luna acompañante era presa de unas nubes de corcovao. El viento frió golpeaba mi rostro imberbe. Y ella me llevaba entre su vientre amoroso, como si fuese una hamaca, y la tejuela de la montura.

Aquel día tres de febrero de 1988 yo había tenido una jornada de reportaría agitada en el aeropuerto Los Garzones de Montería, donde fuimos a recibir a Margarita Brum Brango, primer reina internacional de Colombia, cordobesa que había ganado el reinado mundial del Turismo, en Fitur, España. Mientras mi madre desfallecía en las manos de un médico en San Juan Nepomuceno, yo iba en La Caravana de la victoria, rumbo a Montería, totalmente anónimo de lo que me iba a afectar para el resto de mi vida. Es el dolor más intenso de un hombre.
Yo había llegado a Montería el 16 de agosto de 1987, a encargarme de la oficina de El Universal en Córdoba, region que atravesaba por una guerra demencial. Estábamos en manos de la guerrilla, que asolaba pueblos enteros. Abandoné San Jacinto en plena procesión del patrono , a las cuatro de la tarde,  con el dolor de mi alma. Pero el periodismo es intenso y pronto se olvidan los peligros. El panorama de violencia era tan amenazante- la familia había sido extorsionada con unos pasquines y ya habíamos abandonado Bajo Grande- de modo que cuando me dieron la noticia que nadie quería darme, pensé que el muerto era mi padre, que habían atentado contra él. Vittorio Marrugo, gerente de la compañía, dejó que me reposara, que descargara el material periodístico y despues me la soltó de una. Murió tu madre. Fue como si me golpeara una electricidad que me dejó mudo. Apenas entreabrí mis labios para darle las gracias. No habían pagado el salario, pero Marrugo me adelantó lo suficiente para viajar. No volví a articular palabra sino cinco o seis horas más tarde, cuando arribé a San Jacinto. El bus- hice trasbordo en Sincelejo- demoró más de lo esperado. Entre Montería y Sincelejo viajé con una mujer hermosa a mi lado, y siendo tan enamorado no le dije ni pío. Ella solo veía mi sollozo y mi cara apretada, pero no me preguntó nada, mientras yo aparentaba control e indiferencia. Como el río que va a entrar al mar, revisé toda mi vida: el colegio en Bajo Grande, el día que un bus me fracturó la posibilidad de ser futbolista profesional y como a ella la tuvieron que atender primero que a mí, porque cinco horas después del accidente aun yacía tirado en un hospital de caridad, y como me comió a besos antes de desmayarse, porque mi pierna izquierda estaba volteada totalmente y desmigajada por las llantas traseras de un bus de la Línea Murillo, en Barranquilla; recordé- según contaba ella- la vez que fueron a escoger una gallina para un sancocho y mi madre estaba mareada por unas cervezas que se había tomado, cuando le preguntaron cuál eran las de ella y respondió que las gallinas moradas, sus reglazos y cocotazos, sus oraciones, sus recomendaciones, su dolor, sufrimiento y preocupaciones por todo y por todos, su lamento por Tio Ramón y sus borracheras eternas, quien había perdido su anillo matrimonial por ir donde las putas; su celo por la tienda, su pedaleo en la maquina Singer para tener los uniformes de “Atlético Viña” antes del desfile inaugural del campeonato de fútbol, su desvelo por sus 167 ahijados, por  sus comadres, sus rezos  y su puntualidad en el colegio y el rigor de sus primeras comuniones y su rectitud. Su patriotismo en las fechas nacionales, su salud adorada bandera. Era toda una autoridad de la moral y las buenas costumbres.

Cuando llegué a San Jacinto eran las diez de la noche y me sorprendió la desolación de la cancha de la bajera, el aullido de los perros y el trinar de los grillos en el cañito. El viento estaba quieto. No se escuchaba ningún tipo de música. Tampoco había movimiento de gente. Yo me había imaginado la casa enremolinada, como el día que  me arrolló el bus, en que era tanta la gente dentro de la casa, que mi madre no hallaba una muda de ropa para Álvaro Andrés y al fin fue tía Rita quien la acompañó en aquel Jeep que se tragó la vía en tres horas; pero no, en el puente del Pocho  apenas habían dos muchachos sentados en las barandas. Seguí caminando en silencio con la imagen de mi madre tallada en la memoria. El extranjero había salido de una cárcel- pensé- y yo venía de una caravana de fiesta. Pasaba con extrema facilidad del fandango con el que recibimos a la reina, al velorio de mi madre. Y lo que más me impresionó fue la desolación de la inmensa sala. El ataúd de mi madre estaba solo, como en abandono. ¿Dónde estaban sus ocho hijos? Me detuve frente a su cadáver hermoso, intacto, con aquella sonrisa de felicidad en la comisura de sus labios (ella había cumplido con Dios y con su pueblo). Tenía puesto un vestido con el que siempre la recuerdo, el mismo que tiene en su mejor fotografía, azulito claro, con encajes ( ese era el color de su predilección, y era goda pura) y por la nariz le brotaba un hilillo de sangre. Le habían puesto algodones, porque el infarto fue brutal. Su corazón amoroso había estallado a las dos de la tarde, en brazos de un médico. La contemplé un buen rato, como si conversara con ella, como si mirara un río,  y la vi tan serena y pura, con su maquillaje intacto, sus pómulos de porcelana, sus labios como para una fiesta, y la vi tan real y tan viva que fui sintiendo un alivio extraño, después caminé el resto de la casa , el pasillo de la mata de parra ( había que tomar taxi para llegar al último kiosco ronero del fondo) , entré al último cuarto, donde Viery Judiht tracuteaba un baúl… me abrazó, mientras me decía: “Pocho hemos perdió lo mejor de la familia”, pero como el resto, no había estridencias en el dolor; después empezaron a parecer de los diferentes cuartos el resto del mundo. Uno de ellos fue mi padre, hombre recio y mandón, de actitud militar, a quien vi sollozar mientras me abrazaba y después leí, años después, en una de sus agendas inmancables, los rasgos más elocuentes de poesía pura: “Fue el día más triste de mi vida”. Había expuesto, con sus letras de trazos firmes y torcidos, todo su romanticismo. La amaba aunque era duro para expresarlo, como campesino rustico que es. Creo que solo faltaba Álvaro Andrés, que andaba por Bogotá y ya se había retirado del sacerdocio. Era, sin duda, el más preparado para la liturgia.
El día cuatro de febrero, a las tres de la tarde, el pueblo se desgajo a darle el último Adiós. Ocho centinelas vestidos de blanco escoltamos aquel ataúd que recorrió las calles de San Jacinto, ante unas veinte mil personas que la acompañaron. Allí entendí la importancia del acompañamiento. Aquella expresión de amor por mi madre nos dio un refresco. Ya el dolor era menos, porque entendimos que ella, en sus apenas 58 años de existencia, había cumplido como madre, como esposa, como hermana, como amiga, como consejera y sobre todo como maestra. El pueblo le rendía un homenaje a su Seño Viña del alma. Ella se había ido en avanzada para proteger el camino de su pueblo y de sus descendientes.
No hay muerte justa. Pero creo que Dios no quiso que ella presenciara aquel túnel oscuro que se apoderó del pueblo. Su corazón amoroso no estaba preparado para ninguna de las muertes que asolaron al pueblo en los tiempos de guerra. Dios prefirió llamarla a su diestra, para traspasar las barreras del tiempo y ser eterna.
En la misa, con lleno a reventar, el sacerdote del pueblo, Javier Cirujano Arjona, que la tenía entre sus más fervorosas colaboradoras, desde los tiempos de Bajo Grande, cuando hacían detener la profesión para bautizar un niño, se jaló tremendo sermón de la modernidad. Por primera vez lo entendí, con su discurso existencia lista, al mejor estilo de Ortega y Gasset. El tiempo es estático. Somos nosotros los que pasamos por el tiempo. Nosotros trascendemos el tiempo.
Ahora, treinta años después, con el deber cumplido, no nos toca más que agradecer a nuestro pueblo y sellar, como descendientes e hijos, el más fervoroso compromiso de preservar su legado y entregarles a nuestros hijos el apellido limpio que nos legó.

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