Crónicas

EL ROSTRO DE LOS AUSENTES (II)

EL ROSTRO DE LOS AUSENTES ( II)

GURRILLEROS

¡La guerrilla nunca dejaba huellas!

Sincelejo, 21 de abril 2017

Con las cuatro primeras cervezas del sábado, después de una sesión de trabajo comunitario, Ariel de Jesús Mendoza se desdobló demasiado. Con el último sorbo de la botella pidió cuatro más, tarareó un poco la canción del tocadiscos a todo volumen y expresó que apenas allí era donde su cabeza se iba a volver loca. Estaba vuelto otro, zaramullo, que no cabía en su pellejo. Ya no era aquél hombre enjuto que calculaba cada frase. La música y el licor eran entonces como una droga, un resorte.

Dicen que una sola bala es la que mata. Igual pasa con la cerveza también cuando se toma con emoción, porque con la primera le brillaron los ojos, entonces soltó más la lengua.  Todos en el Cortijo, barrio populoso de Sincelejo donde se recogieron desde los años setenta, lo conocían.  Sus sobrinos se encolerizaban cuando salían a la calle con él, porque en un trayecto de diez cuadras,  esas que separan a las viviendas de Berenice con la de Adalgiza, se gastaban varias horas. Todos los detenían para hablarle, para preguntarle o para pedirle favores. Fueron los tiempos en que viendo su popularidad y a sabiendas de que tenía un banco de datos envidiable, que había logrado casa por casa, en ciento setenta y dos barrios, de a pie, eso que ahora llaman caracterización, los políticos empezaron a explotarlo.  Y se sentía a gusto, importante. Pasó por las manos del entonces concejal Rafael Patrón, del grupo de los Magníficos, hasta caer en manos del tenebroso Yahir Acuña y Musa Besaile, vecino de Los Ñoños. Confiesa que   fue incluido entre los cien líderes sociales más destacados de Sincelejo. Se reunieron en un pomposo hotel y les leyeron la cartilla. Las cuentas de votos por líderes eran magníficas. Metió un proyecto para cría de cerdos por mil quinientos millones de pesos, asesorado por un hermano especialista en el tema. Fue el único proyecto no aprobado. Se presentó dónde estaban los directivos y  éstos le dijeron que el proyecto no pasó porque era muy pequeño y así a ellos no les servía. Tenía que pensar en proyectos superiores a veinte mil millones de pesos, para cuadrar las arcas.

– Me di cuenta de que esa es la política de acá, los tipos van montados en el negocio, dice Ariel, antes de un nuevo pedido de volantonas. Así les dicen a la bebida mas antigua de Colombia, que tiene un ave sagaz de etiqueta.

Mientras traen las otras cervezas y los vallenatos parecen rompernos los tímpanos, y el mozo sobrepasa la verja para servirnos, pasan dos  jóvenes harapientos bajo un sol que tuesta el pavimento roto. Me  hace seña para que le acerque el oído y habla bajo en medio de la música:

– ¡Esos que van allí son atracadores!

A la sexta cerveza, Ariel baila solo, ya los ojos le brillan ( le cambian de luces) y  la voz no es la firme de esta mañana, es cuando llega Adalgiza, vestida de rojo, de parrillera en una moto. A nuestro lado, en otra mesa, varios mototaxistas, algunos con tatuajes, otros con aritos, han pasado de la cerveza al aguardiente. Adalgiza trae una sonrisa de quinceañera y se ve ágil en la moto. La invitamos a que se arrime a la mesa. El ambiente es subido. Ariel insiste en mover el esqueleto y se precia de ser el capataz de todos estos  barrios. En reiteradas ocasiones se levanta del puesto y va donde los jóvenes departen. Adalgiza consume su cerveza, se levanta y se va.

– No te fíes del joven que tiene el casco. Eso es un parapeto. Todos son atracadores, me dice Ariel, al oído, porque la música ensucia la comunicación.

A esa hora, dos de la tarde, las vísceras gruñen. Es hora de irnos. El ambiente del barrio parece pesado. Tiempo de cruces.  Es cuando Ariel me pide dinero para servirles una ronda de cerveza a los vecinos,  porque es bueno tenerlos de este lado. Sincelejo ya no es el  pueblo pasivo de hace cuarenta años. Ahora atracan de día y de noche y todo hay que  tenerlo en cuenta. Nos despedimos.  Atrás queda esa música pegajosa, que pudiera ser el preámbulo para la nota roja de mañana en los periódicos.

***

San Jacinto, año 2010.

Cantina La Trampa, diagonal donde El Curita.SAN JACINTO PLAZA

San Jacinto, en el centro de Bolívar, fue uno de los Municipios mas afectados ( Foto Manro)

Antes de que Gustavo Petro tomara al aguacate como símbolo de su campaña presidencial ya este fruto era simpático entre nosotros. Mi padre, mamador de gallo a su  modo, decía que hambre debía tener la primera persona que se aventuró a comerse uno de estos frutos. ¿Cómo sabía que no era veneno? Se preguntaba. Su aspecto, cuando está verde, cuyo cuero es reluciente y su textura de piedra, no da para pensar en otra cosa, que su carne es venenosa. Pero no, nuestro aguacate es un pan con mantequilla que se deshace en la boca y no se le vino a prestar atención sino hasta que empezó a escasear. Primero no se podía sacar porque los Montes de María estaban sitiados por la guerra. Se pudría en los árboles. No se lo comía ni el golero. En otras era porque los caminos eran malos y no se metían ni camperos jalados por cadenas a la alta montaña. Y en otras, cuando la producción era hereje en que los precios  bajaban, se pudría sin ventas. Era mejor echárselo a los animales. Siempre se sufría por algo. Y por último, se regó el chisme de que los árboles habían sido fumigados por una extraña avioneta que sobrevolaba esos cielos azules de noche, entonces empezaron a morirse. Fue durante la guerra más ardiente, en los dos gobiernos de Álvaro Uribe, en donde hubo fuertes combates para sacar a la guerrilla, que se había concentrado en la parte más alta, en La Cansona, cuando las cosas se pusieron graves para los subversivos en el Caguán y el Meta. Se habla de unos siete mil guerrilleros que vinieron de otras zonas de Colombia y se refugiaban bajo los aguacates. Según Ariel Mendoza, la prensa no registró reiterados hechos ocurridos en La Cansona. Alguna vez hubo combates de paras con la guerrilla, con sesenta y nueve bajas de las AUC que jamás aparecieron en los registros oficiales.

– Solo se salvaron cuatro paramilitares, dice Ariel. Y eso porque se camuflaron en la gente, agrega, mientras se empina otra cerveza.

Dice Ariel  que sacaban los  muertos y heridos en sacos por montones, colgados en los helicópteros oficiales. La gente los veía, se escondía y callaba.  También, en el año 2010 llovió tanto, que las barricadas y zanjas de la guerra fueron borradas por la erosión.

Hasta el Mono Jojoy estuvo en la zona. Tenían una base militar. Hicieron una reunión con el ELN  en la finca de Néstor Montes y en el rancho que Ariel había   abandonado en su primea huida. Allí uno de los puntos fue combatir a los correntones, nombre con el que designaban a los guerrilleros de la Corriente de Renovación Socialista, CRS, quienes aparentemente extorsionaban a nombre de  Las Farc y en ELN.  En el medio de aquella disputa del territorio, estaban los campesinos, que de una u otra forma, participaban obligados en la guerra. Al menos cocinándole gallinas a las cuadrillas.

***

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Las reuniones familiares se convirtieron en un punto de apoyo para distensionar la guerra ( Album familiar)

Aquella vez yo había llegado a San Jacinto a visitar a mis padres y me estaba jugando unos chicos de buchácara en La Trampa, diagonal  a Donde el Curita, cuando se me acercó u hombre de cuya cara no me acuerdo. Era un hombre con vestimentas oscuras y arrugadas, de abarcas, pero joven, quien se dirigió sabiendo que yo era el periodista del pueblo. Me dijo, vea, señor periodista, el mal que estos gobiernos le han hecho a estos pueblos, nos vamos a quedar sin un solo árbol e aguacate, porque los están fumigando, no es hongo ni nada de eso por lo que se marchitan los árboles, es porque una avioneta los está fumigando con eso que se llama glifosato. En esas, atormentado por el imperativo deseo de orinar me fui al baño,  y cuando regresé, como si se tratase de la vigilia de un sueño, aquel hombre de cuyo rostro más nunca me acordé, ya no estaba.

Recuerdo ahora que trato de hilar esta historia, como si estuviera tejiendo una hamaca multicolor, que en la última entrevista con Ariel Mendoza, al calor de las cervezas sabatinas, que los árboles si fueron fumigados con la intensión de despejarlos y poder ver desde el aire a los guerrilleros, que como hormigas, acampaban bajo sus frondas, en momentos que el gobierno de Álvaro Uribe los venia arrinconando.

Hoy, después de recorrer a pie todos los barrios pobres de Sincelejo, conociendo la historia de los desplazados, Ariel retornó voluntariamente a su parcela Los Laureles, en el sector del Barro, donde están intactos los recuerdos de  Sol Luna, su ex mujer, y se dedica a excavar metro a metro para ver si encuentra las pacas de dólares que se sabe están enterradas por esos parajes. Quiere ser rico en sus últimos años.

Lo único que encontró, hace algunos meses, fueron unas tulas llenas con vestidos  camuflados y en otros andurriales desperdicios de campamentos: latas de atún, botellas y minucias de desperdicios de la comida. Le pregunté para que enterraban esas cosas y me responde con mucha sabiduría, mientras escupía un buche de cerveza:

–  !La guerrilla jamás deja huellas!

***-

Vereda El Barro, primeros meses  de 1990.

GUACATE

El aguacate, un fruto de la ideología regional. ( Foto A. Hamburger)

Las tardes en la zona eran frescas y convidaban al juego de dominó y arrancón. Mientras el astro rey  se escondía muy rápido, convertido en una bola de candela arriba de los cerros, grandes y chichos escuchaban las radionovelas de Kalìmàn y Arandù. Habían pocas cosas en que divertirse, por eso era muy fácil darle rienda suelta al sexo, aun con las burras. La gran cantidad de niños sin escuela era impresionante. La población infantil fungía como un hormiguero. El señor Nicolás Lora Quintero, asqueado por la situación de analfabetismo, fue el de la idea de poner una escuela para aprovechar aquel material humano.  Surge Edilberto Mendoza Arroyo, hermano mayor de Ariel,  el  primer bachiller de la familia, quien había cursado sus estudios en el EVA, Escuela Vocacional Agropecuaria de San Jacinto. Les llamaban escuelas de banquetas, porque el profesor daba sus clases en ranchos de palma o cuando menos bajo la fronda de los árboles.  Usaban maderos de uvita y de guácimo para las bancas donde se sentaban los alumnos y mucha imaginación. Se matricularon veinticinco alumnos, entre ellos doce adultos. Y arrancaron.

A la par iban llegando personajes que impulsaban comités de usuarios y adoctrinaban a los campesinos.

Entre 1990 y 1991, Ariel Mendoza Arroyo, quien era muy fácil para aprender, fue comisionado varias veces, la primera por ocho días, en la preparación de una nueva Constitución Nacional. Cultivos ilícitos, drogadicción, democracia, entre otros temas, se volvieron comunes en su agenda. La droga generaba dinero y violencia, era el pensamiento de aquellas asambleas inoficiosas.

Aquella vez, según Ariel, quedaron como unos payasos, y algunas cosas hoy las califica como una idiotez.  De nada valieron los aportes de los campesinos, que perdieron el tiempo, porque sus aportes no se reflejaron en la  nueva Constitución.

Y la que se aprobó,  poco a poco  la fueron cercenando.

“Pero el bocado más grande, fue en el Gobierno de Uribe, sostiene, mientras sigue la parranda.

II

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Ariel Mendoza, foto reciente ( A Hamburger)

Mientras  Ariel viajaba, las relaciones con Sol Luna se diluían. Los gallos, los viajes a Bogotá, las parrandas, los fueron apartando. Discutieron. La golpeó. El mismo la llevó al hospital para amainar el daño. Duraron cuatro meses separados. Su padre, que había sido motivante en la relación, intervino y en esa situación tuvieron tres retoños.  En 1994 nace la última hija con Sol y al año  la familia es repartida. Adalgiza toma la niña como suya. Hoy es una madre soltera de 21 años, con un retoño juguetón.

La región de los Montes de María se seguía descomponiendo. La nueva constitución y en especial la elección popular de alcaldes fue incrementando la violencia local. El narcotráfico  metía sus tentáculos en la sociedad colombiana. Cuando se exportaba tabaco no solo fermento llevaban las pacas, dice el médico Manuel Rivera, investigador participante, quien entra en el relato. En la zona habían por lo menos cuatro grandes fincas con pistas de aterrizaje, por donde exportaban la droga, entre ellas Las Yeguas, en el Salado, escenario de una de las masacres paramilitares más horrorosas de la historia. Los aviones iban llenos de tabaco al Meta y cuando regresaban solo traían la mitad. ¡Por qué no hacían los viajes sin escala a Usa?

Es el tiempo en que llega el contacto con Fabio Ochoa, quien adquiere la finca Guamacho, en Galerazamba, Atlántico.  La misión de Ariel Mendoza fue reclutar macheteros en la zona para desmonte. El veinticinco de enero de 1995 alistó los motetes, ya presionado por la guerrilla, que se le metía en el rancho, y se fue. Dejó donde los vecinos veinticinco gallinas y un gallo a medias. Estuvo como capataz en la famosa finca “Las Palomas”, por dos años. El globo tenía quinientas hectáreas, que estaban desorganizadas, con doscientos volcanes, como atractivo turístico. Ariel mandaba en doce obreros que había llevado del Carmen de Bolívar y doce más de Repelón, Atlántico. Ganaba 260 mil pesos y su mujer- que tenía una excelente sazón-  se rebuscaba cocinándole a las  cuadrillas: 24 obreros. Ya en esa época los Ochoa estaban en el negocio, pero las autoridades todavía no los consideraban peligrosos.

De allí salió por indisposiciones de un guajiro, hasta caer en manos del empresario Roberto Dacaret, en la vereda Tabla, más allá de Cien Pesos, atendiendo setecientos novillos de engorde. Su labor era pagar a los trabajadores, pero había arreglado mal y solo duró ocho meses.  De allí se fue a Luruaco, donde empieza a trabajar con William Raad, como obrero. Es cuando Sol Luna vuelve a quedar embarazada, pero trata de abortar y se complica. Ya hedía y los gallinazos sobrevolaban el rancho. Tuvo que vender lo poco que había adquirido para salvarla. Ella estuvo muchos meses en el Hospital Universitario de Cartagena. Al final, con tres hijos y las manos en la cabeza, llegan a  Sincelejo, donde se agudizan los problemas de infidelidad. Un sobrino descubre a Sol con el dueño de una panadería, donde ella iba a comprar el pan en las tardes.  Hugo, el muchacho desplazado, a quien habían recogido en la casa que pagaban por cuotas al Gobierno, descubre a Sol acaramelada con el panadero y trata de aprovecharse de la situación. Le invita a que salga con él o la echa al agua. Es cuando deciden regresar al monte, a la parcela Los Laureles ( Incorada) que habían dejado para irse con Los Ochoa. Transcurría el año 1999. Aquello ya estaba bien caliente y sucio, el monte devoraba todo. Duraron tres días quitando la maleza que se había apoderado de las casas. Las noches eran para matar mosquitos. No había nada, solo tristeza. Las veinticinco  gallinas y el gallo  que dejó al partir fueron devorados por la subversión que llegaba y se apoderaba de todo.  Su hermano Arquimedes le enviaba un litro de leche diaria, mientras empezaba la siembra. Presta un millón doscientos mil pesos para rearmar el negocio de la tienda.

Ariel Mendoza, a los 41 años, con tres hijos legítimos y otros por la calle, empezaba de nuevo, después de darle varias vueltas al mundo. Se conoce con Vicio Penca, de San Jacinto. Inician una competencia de tiro, con una carabina de balines de juguete. Ponen paquetes de galletas Balkan de 18 unidades como premio al mejor tirador. Inventan torneos de bola de trapo, montan una chaza. Hacia 2001, mientras la disputa por el territorio avanzaba y  Álvaro Uribe empezaba a proponer su nombre para la presidencia de Colombia, ya tenía nuevamente la tienda surtida, cien gallinas ponedoras, cuatro gallos, diez vacas  paridas y un toro; yuca, ñame, plátano y ajonjolí.

Es el momento en que llega una persona, al parecer insignificante, a quien le decían despectivamente El Guerrillerito. Era de apariencia frágil- peso lástima- y en presunción de inocencia. Su estrategia fue llegar vendiendo pescado, que a veces dejaba a crédito para recoger la plata en ocho días y con eso se ganó la confianza de la gente. Resultó ser un miliciano de las Frac, que llegó a hacer inteligencia y terminó llevándose la flor.

Ariel, conmovido con la situación del Guerrillerito, se lo llevó a su parcela. Picaron  dos hectáreas de monte para sembrar. Le guardaban el almuerzo y la cena.  El flojo, dicen en la zona, come caliente.

Las relaciones entre Ariel y Sol ya no funcionaban. Ella fingía estar enferma cuando la solicitaba. Ariel se daba cuenta de que por las mañana, cuando ambos salían para el trabajo, al Guerrillerito siempre se le quedaba algo olvidado, que una grapa, que una rula, que el sombrero, entonces se devolvía. Era para verse y amarse con  Sol, con quien llevaba un romance clandestino.

Ariel bajaba de la montaña los domingos al Carmen de Bolívar a hacer mercado, dejaba la bestia  donde la señora  Cafam- Anita Cafongo- y de allí se iba a pie al centro. Hasta que el 9 de marzo  de 2002, día de la madre, al parecer Sol se hizo un auto secuestro. Aquella vez ella se brindó voluntariamente para ir por el mercado. La bestia que le había aperado con esmero la vieron amarrada a un árbol durante tres días. Ella apareció llorando el martes siguiente. Narró una película a la que le faltaban pelos y fundamento, según Ariel.

La misma mujer del Guerrillerito se le presentó con las cartas que Sol le enviaba, donde planeaban sus citas y sus escapadas. Aquella vez, Sol había permanecido con su amante en un hotel de San Juan Nepomuceno, mientras el caballo seguía amarrado a un árbol.

Ariel fue sereno, no pensó en matarla. La envió al pozo donde acarreaban el agua con los niños para que se bañaran. Caía la tarde. Mientras los niños jugaban, la llamó aparte y le mostró las cartas.  De todos modos, duraron otro tiempo juntos, hasta que ella resolvió irse. La envió  supuesta mente a Bogotá, con varias gallinas vivas y otras muertas.

Ariel Mendoza recuerda claramente que Sol se marchó un 19 de marzo de 2003, porque él cumple el ocho de ese mes y ella no quiso irse sin celebrarle el cumpleaños número cuarentaicinco.  Pese a ser descubiertos, el Guerrillerito los seguía visitando, jugaban cartas y bebían, hasta que en una noche, cuando el licor se les había subido a la cabeza, Arquímedes descubrió que el amante de Sol hacia trampa, entonces relucieron puños y rulas. Casi ocurre una desgracia.

Ella, con algunos argumentos fuertes se fu para El Luruaco, donde vivía su madre, dejando a sus hijos repartidos. Allá vivió con su amante unos años, hasta que se fueron para el Arauca y después para Venezuela. Allá se abandonaron y ella se vino al Carmen de Bolívar, donde atiende una fonda, con muchos kilos de más. Pese a su gordura, su cuerpo sigue siendo atractivo, dice Ariel, a quien todavía le brillan los ojos cuando la recuerda.

Empezaban, a ser todos, desplazados por el amor y el desamor, a vivir encuentros y desencuentros.

III

 

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Ariel Mendoza, en sus mejores años, con una de sus sobrinas, hoy en Armenia. ( Album familiar)

 

El cuatro de marzo de 2003, irrumpieron varios guerrilleros a la finca de Ariel Mendoza, pidiendo agua. Bebieron. Descansaron. Después pidieron gallina. Comieron.  Duraron cuatro días con sus noches. Querían a los dos niños, hijos de Sol y de Ariel, para adoctrinarlos e incorporarlos en las filas de las Farc. La niña estaba en manos de Adalgiza, en Sincelejo.

Ariel se niega a entregar a sus hijos, de diez y doce años, respectivamente, y logra salir a las volandas, dejando su finca nuevamente, sacando apenas lo necesario para unos días. Volvió a refugiarse en Sincelejo, donde se dio cuenta que como él, había ciento cincuenta mil personas, que debían organizarse para reclamar sus derechos. Es cuando inicia sus labores de identificación y caracterización de su gente.

Entretanto, su mujer aventuraba en Venezuela. Sol llevaba el mismo destino de su madre, a quien habían enviado a Medellín para separarla de un amor prohibido. Se había enamorado del hijo de un hacendado, con quien tuvo a Sol en plena adolescencia, quien fue entregada a unos familiares. Desde entonces Sol fue la niña dada, que usan no como a la hija amada, sino como la que hace los mandados, lava la ropa y barre los patios.  El ciclo de esclavitud a través del desplazamiento iba de generación en  generación. Los hijos de Sol con Ariel, en medio de la guerra y del amor, fueron repartidos entre sus hermanas residentes en Sincelejo. Nunca dejaron de amarse, pese a las dificultades. Se  han salvado en parte por la unidad familiar. Lo que es con uno, es con todos.

 IV

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El señor Mendoza Pedraza, vástago de la familia. ( Album Familiar)

Así como Abigail García, quien se había raptado a Isabel Arroyo con brujería, murió en extrañas circunstancias, tragado por los espíritus de un pozo donde fue a acarrear agua en Turbaco, miembros de la familia también murieron en forma extraña en el transcurso del desplazamiento.

El desarraigo se presentaba en varias formas, incluso en las nietas que un día fueron cautivas de una especie de psicosis colectiva, atribuida al parecer- pero nunca aceptada por el Gobierno-  a las vacunas contra el Papiloma Humano. Se  desmayaban y parecían poseídas por espíritus malignos.

La primera en morir fue Augusta, una de las mayores, quien se había residenciado en Sincelejo en los años setenta. Ella estaba casada con Rafael Góngora, quien fue el que metió a Adalgiza en un tanque para salvarla durante las revueltas presentadas en el Carmen de Bolívar, al desmadrase la corraleja, cuando se inicia la guerra entre los Méndez y Los Fernández.

Augusta, quien se dedicaba al comercio y era una mujer saludable, fue con la familia al sepelio de su tío Marcelino Mendoza, en el año 2008, al Carmen de Bolívar. Los sepelios allí todavía son caminatas largas, porque no hay servicio de funerarias y los velorios se hacen en las casas de las víctimas  o familiares. Dos cosas sucedieron. Ella tuvo un disgusto con un hombre que le debía un dinero y quien se negaba a pagarle. No se sabe que pudo haberle hecho el tipo, porque no volvió a ser la misma. Y durante el sepelio llovió, de modo que todos se empaparon. Augusta  regresó a Sincelejo con un fuerte dolor en una pierna. El dolor le duró un mes. Se le pasó a la espalda. Cuando la llevaron al médico, debido a las vueltas engorrosas de las citas, ya le faltaban dos vértebras, como si algo corrosivo las hubiese devorado. Nunca se supo de qué murió. Dejó dos hijos, uno de ellos hoy testigo de Jehová, hallando en las escrituras una forma al menos de enfrentar el licor, en el que habían caído todos, como medio de escape.

Mientras relata la situación, Adalgiza, quien cree que el tipo que le debía la plata pudo haberle echado un mal, llora.

Ella, Adalgiza, se acuerda  que exactamente, a los dos años de haber muerto Augusta, murió hijo mayor de esta,  Arquímedes Góngora Mendoza, de 28 años, casado, y padre de un niño de dos años. Su muerte fue sumamente extraña y hoy es una incógnita para la familia.

Aquella vez, refiere Ariel, a “El Negrito”, como le decían en confianza a Arquímedes Segundo, se le salía la alegría hasta por los poros. Era el doce de octubre de 2010, para amanecer trece. Estaban reunidos en casa de Adalgiza, con varios pechos hundidos de aguardiente, oyendo música y bailando.  Arquímedes Segundo bailaba, gritaba, imitaba a Diomedes Díaz y servía el trago. Ariel se quedó dormido, lo trasquiló y le echó maicena. Ya a las cuatro de la mañana Ariel se fue a acostar, rendido del cansancio. La fiesta siguió hasta las cinco de la mañana, cuando solo quedaba Arquímedes Segundo y un primo, quien se lo llevó en su moto, pese a la advertencia de que iban muy borrachos. “El Negrito” no se mató en la moto. Al llegar a su casa, lo vieron por veinte minutos tocando en la puerta, pero su mujer, al parecer profunda por el sueño o molesta por su ausencia, no le abrió oportunamente. Enseguida se acostó a dormir sin decir nada y sin sospechar que aquella fue su última parranda.

A las seis de la mañana, cuando Adalgiza recibió una llamada telefónica, supo que era de calamidad. Enseguida se fue a casa de su querido sobrino. Cuando lo vio en la cama con ese aspecto de otro mundo, supo que no se salvaría.  El joven tenía la carne de gallina. Estaba hinchado y evidenciaba dificultad para respirar. Como enfermera profesional le dio los primeros auxilios e inmediatamente lo llevó en un taxi a una clínica, donde fue recluido en una unidad de cuidados intensivos. Murió poco después.  No se le hizo autopsia, a petición de su esposa, quien aún le guarda luto.

Su hijo, Adrián Esteban Góngora Gallón, 12 años, quien hace parte de una generación quizás más afortuna, es campeón regional de matemáticas.

VI

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Adalgiza Mendoza Arroyo,  juega con su nieto Ariel, en Sincelejo. ( Foto A. Hamburger)

Mientras juega con el nieto sentada en el piso, Adalgiza lagrimea un poco. Las muertes extrañas de sus seres queridos (sus padres no fueron la excepción), en medio del desplazamiento, la ponen reflexiva. Es posible que estén pagando un karma de sus antepasados. Su padre era una especie de brujo de la tribu. Recogían los rezos de los antepasados para defenderse en el trópico, donde se decía habitaban espíritus del mal, como Lara y María Leoncia, y en donde los entierros con tesoros y maleficios caminaban, por eso era difícil hallarlos. El abuelo le había dejado cosas ocultas a su papá, que a su vez había recibido del bisabuelo, cofundador de los Gaiteros de San Jacinto, dice Adalgiza.  Teofilo, el gaitero, de piel negra, tocaba la gaita sin cabeza y el tambor sin cuero y era cuando mejor se escuchaba. Les mataban el gusano a las vacas desde la distancia con rezos. El que mayores cosas sabia para defenderse de sus enemigos, era el de mayor respeto. Tenían secretos para pelear, se ponían en las muñecas los niños en cruz y la fuerza en sus manos era descomunal, hasta para tomar un ternero de dos años a pulso  y dominarle con una sola mano.

El abuelo rezaba las equinas de la finca, dejando una sola para que se escaparan las serpientes. Las que no lograban salir se volvían mansas y se podían cazar con las manos. No solo  les mataban el gusano a los animales con rezos y curaban el mal de ojos con cáscaras de huevos engarzadas en la punta de las trojas que servían de semilleros al tabaco. A su vez, aquel tabaco negro calentado con leña siete cueros para que pareciera dorado, se habían convertido en la primera exportación de Colombia, como la gaita fue en materia musical, pero no solo exportaban la hoja del tabaco, porque la mitad conllevaba otras cosas. Allí el mundo empezó a enrarecerse y no había un solo ápice de progreso que no llevara inmerso la violencia.

 

 

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Alfonso Hamburger

Alfonso Hamburger

Celebro la Gaita por que es el principio de la música.

2 Comments

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